¡Emergencia! (Covid-19, estado de emergencia y contagio I)

Eduardo García

La vida transcurre con normalidad hasta que algo deja de funcionar, hasta que surge algo que nos tambalea y la desestabiliza. Esto ocurrió de manera anunciada con el violento arribo del virus SARS-COV- 2 y la respuesta de los gobiernos para contener su propagación, generando un cambio en las dinámicas sociales e individuales en las que nos desarrollábamos, desde el ámbito laboral hasta el contacto familiar.

La actual situación en la que nos encontramos se presenta como un estado de emergencia que señala un punto complejo de coyuntura. Estamos en un momento de rupturas y continuidades que se manifiesta por causas que se venían arrastrando y que dejará afectaciones en nuestro futuro.

En nuestro vocabulario cotidiano la emergencia se refiere a algo problemático, algo que se presenta de manera alarmante poniendo sobre la mesa una situación que no se tenía prevista, lo cual es correcto, pero quizá sea un término del cual podamos obtener mayor profundidad. En primera instancia el tema de la emergencia se refiere a la aparición de lo nuevo; refleja aquello que no siempre puede explicarse de manera sencilla y mecánica, como si fuese algo misterioso que debería ser sometido al sistema operante o ser desechado como algo erróneo.

En el idioma francés, la palabra emerger significa “distinguirse” o “sobresalir”; en inglés el vocablo indica principalmente “urgencia”; en su raíz latina viene del verbo emergere que significa “mostrarse”, “aparecer”, “salir a” o “salir de”; y, ante todo, en cualquiera de estos idiomas se mantiene la imagen de algo que asciende.[i] Lo emergente es lo que brota, lo que se deja asomar, algo que irrumpe en la tranquilidad de la superficie y nos introduce en la urgencia que antes permanecía latente.

Todo estado de emergencia contiene altos grados de contingencia e incertidumbre y depende de un contexto con ciertas condiciones: de que las piezas necesarias se encuentren acomodadas de cierta manera en el momento adecuado. Si alguno de los elementos necesarios no se encuentra adecuadamente, el evento emergente no se presenta.

Este concepto sostiene la tesis de que el todo es más que la suma de sus componentes; aquello que no se puede reducir una vez que emerge. Es algo que no es posible explicar desde los elementos que lo constituyen y por tanto es algo impredecible.

Considerando esto, podemos dar cuenta de que la vida se encuentra plagada de continuos momentos de emergencia que generan miedo a quienes los padece inesperadamente. No tenemos certezas de cómo hayan surgido estos momentos, solo contemplamos que se presentan abruptamente removiendo el orden de la normalidad en el que las cosas habían funcionado. La vida se va reconfigurando cada que nos sobreponemos a aquellos momentos que ha atravesado el umbral de un contexto que funciona de manera estable.

Para los individuos en sociedad la emergencia se presenta regularmente como algo catastrófico porque ante su llegada difícilmente se sabe cómo operar. Es aquí donde nos volvemos más vulnerables, sin embargo, la emergencia es inherente a cualquier sistema (desde los biológicos en sus niveles más básicos, hasta los sociales, culturales y ambientales). Se trata de un mecanismo mediante el cual se generan nuevas complejidades, y dependiendo del tipo de repuesta, pueden convertirse en una tragedia o en una oportunidad creativa.

Un estado de emergencia puede ser pensado como ese umbral entre un estado de normalidad y otro que muchas veces busca mantener una continuidad. Aunque el sistema en su conjunto se muestre como inalterado, todos los elementos que lo conforman se encuentran ya trastocados, adaptados, resilientes. En este punto nos encontramos. Frente a la emergencia que nos acontece por la llegada del SARS-COV-2, ¿cómo cambiaremos?, ¿con qué herramientas contamos para hacer frente a esta contingencia?

Pensemos en un ejemplo que la mayoría conocemos. En cualquier unidad de transporte público (ya sea metro, metrobús, autobús…) se encuentra un letrero que dice “rómpase en caso de emergencia”, regularmente acompañada de un martillo con las instrucciones para usarlo. Esto nos habla de que lo emergente está latente en cualquier trayecto cotidiano, su potencial acontecimiento es permanente, aunque no se sepa en qué momento preciso va a suceder. Tampoco se sabe qué tipo de contingencia acontecerá, si será un choque, un incendio, una complicación médica o quizá un asalto, sin embargo, lo importante es que ante algo que no se sabe cómo es, ni qué forma tendrá, se toman medidas genéricas que posiblemente ayuden a mitigar un poco la incertidumbre de lo que pueda venir. Si bien no se pretende que con ese pequeño martillo se solucione el problema, al menos aminorará los daños o ganará un poco de tiempo en lo que se encuentra una solución.

Así nos encontramos en este momento ante la declarada pandemia. Estamos en el momento en que la ventana debía romperse, pero no sabemos dónde está esa ventana, ni contamos con un martillo. Si acaso, contamos con medidas dictadas por el Estado que nos organiza y administra para ganar tiempo y encontrar una solución médica, guardándonos en casa, pues esto reducirá (de manera real) los contagios.

El estado de emergencia siempre es transitorio, siempre se disuelve. Nunca es permanente, no obstante, alcanza un nuevo orden que nos presenta nuevas condiciones con las que debemos lidiar. Si la emergencia que nos aborda en este momento es debido a un virus, quizá no alcancemos a tener una respuesta por el origen exacto de esta situación, pero podríamos poner atención en las condiciones que permitieron que sucediera, y, sobre todo, el conocimiento de que aquello que ha emergido nos puede dar herramientas para pensar a futuro en el estado próximo de una nueva normalidad.

Ciudad de México, 22 de mayo de 2020.


[i] Fagot-Largeault, A. “La emergencia”. Filosofía de las ciencias, México, FCE, 2011, p. 558.

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