Los encierros imaginarios de la angustia

Rafael Ángel Gómez Choreño

De entre todas las formas en que podemos sentirnos atribulados, la angustia es quizá la que puede causarnos los más profundos estragos morales y afectivos. De hecho, el estar angustiados es un estado de ánimo que puede llevarnos muy fácilmente al ensimismamiento y a la correspondiente ruptura de la mayoría de nuestros vínculos sociales —incluso con mayor eficacia que el encierro sanitario que se nos ha impuesto en estos largos días de cuarentena— porque es la experiencia misma de estar vivos la que de pronto se nos ha estrechado sin previo aviso e ineludiblemente.

Ahora bien, tomando en cuenta el tipo de angustias que ha estado provocando la actual pandemia que todos sufrimos de un modo o de otro, me parecen especialmente significativas tres formas de estrechamiento de la experiencia de la vida humana porque se han magnificado de un modo muy específico al vincularse con el miedo a la enfermedad y la muerte.

En primer lugar, vale la pena tomar en cuenta que estar angustiados provoca un cambio de enfoque en la mirada, es decir, en el modo en que somos capaces de prestarle atención a lo que sucede a nuestro alrededor. Pues no sólo se trata de una modificación significativa de lo que somos capaces de ver, sino de lo que dejamos de ver debido a los cambios que sufre nuestro pensamiento cuando estamos angustiados. En dichas circunstancias, la mirada angustiada se extravía, se queda sin orientación y sin enfoque, porque la mente —que es la que suele guiar a la mirada— de un momento a otro se satura con todo tipo de absurdas expectativas producidas por el flujo desordenado de interminables imágenes e imaginaciones que generamos libremente, sin ninguna mesura, volviéndose incapaz de enfocar su atención en algo concreto o específico. Se trata, por tanto, de una especie de ceguera parcial que afecta, sobre todo, nuestra percepción de los espacios abiertos en que podemos movernos o en los que de hecho solemos movernos cotidianamente. Es por esta razón que la angustia se ha relacionado frecuentemente con una cierta ansiedad claustrofóbica, pues al ya no poder percibir los espacios en donde podríamos movernos o en dónde de hecho acostumbramos a movernos todos los días —más por la obnubilación de la mente que por la ausencia real de estos espacios— empezamos a sentirnos atrapados en los estrechos espacios imaginarios de una mente confundida y agobiada. Además, a este estrechamiento espacial se suma rápidamente la parálisis o inacción que semejante estado de angustia va provocando lenta e ineludiblemente, mientras que, por otro lado, esta experiencia también propicia la invención imaginaria de complejas sensaciones asfixiantes y opresivas que terminan de volcar toda nuestra atención sobre nosotros mismos, sobre lo que le sucede a nuestro cuerpo abatido, siempre a punto de colapsar, casi por puro instinto de conservación. Por eso no me sorprende que la mente desactive una buena parte de los complejos procesos de su inteligencia racional, para privilegiar su inteligencia biológica más básica, pues en dicha circunstancia —aunque parezca ridículo— lo más importante consiste en ser capaces de seguir respirando.

En segundo lugar, quizá por esto mismo, al estrechamiento del espacio le sigue la angostura de la experiencia del tiempo. Pues al entrar en este estado de angustia, no hay para la mente más que pura inmediatez espacial y temporal. Sólo hay presente, pero éste, por cierto, se limita al aquí y al ahora más elemental de un cuerpo desesperado. Es entonces que toda experiencia de “estar vivos” se ve profundamente afectada porque todo empieza a funcionar según la creencia de que estamos viviendo bajo una permanente amenaza de muerte, especialmente porque la angustia cancela de golpe, o poco a poco, todas nuestras expectativas de vida. Deja de haber futuro porque la mente, en medio de su angostura, no puede seguir inventando o proyectando “futuros posibles”. Y en el fondo, por las mismas razones, la mente angustiada tampoco puede activar ni recuperar la memoria de pasados remotos o cercanos para construirle sentidos emergentes a una vida dañada por el más simple miedo a morir. La mente angustiada, de hecho, incluso deja de percibir el presente como experiencia del tiempo debido a esta pérdida de recuerdos y expectativas. El síntoma más claro de este estrechamiento de la experiencia del presente es la creencia exagerada de no tener tiempo: la prisa permanente. Pues no hay tiempo que alcance o sea suficiente para quienes de hecho se sienten desesperados, en principio, por una cierta incapacidad de moverse. Esta impotencia, sin embargo, no sólo implica una pérdida de las potencias o las fuerzas del cuerpo, no sólo es abatimiento o pérdida de la inteligencia racional, sino que también es o se convierte en una paulatina pérdida del sentido de la vida y en una acelerada anulación de la voluntad de vivir; por eso esta impotencia no es más que renuncia, apatía e indolencia frente al hecho mismo de estar vivos y sentirnos vivos.

Finalmente, el estrechamiento realmente grave que resulta de todo lo anterior es el estrechamiento de los afectos, que es resultado de la angostura de todos los espacios de la interioridad, de la pérdida o renuncia a la experiencia de una vida interior, que nos sirve y es indispensable no sólo para experimentar la vida o todo lo vivo, sino para experimentar en todas sus variantes posibles el hecho mismo de estar y sentirnos vivos. La angustia, pues, termina produciendo las formas más extremas de la tribulación del alma porque implica un paulatino sometimiento o sujeción de los afectos a la desesperación, en primer instancia, pero después también a la desesperanza.

En estos días, esta sutil diferencia ha cobrado mucha importancia para mí, especialmente porque me ha permitido comprender que la angustia siempre es resultado del más simple miedo a perder la vida, ya sea la propia o la de los seres que amamos. Pero sin perder de vista que, al terminar su despliegue, la angustia termina convirtiéndose en un mal mucho mayor, pues el miedo a la muerte por fin desaparece, pero por las razones equivocadas, ya que se convierte en la certeza de que todos habremos de morir y de que no hay manera de evitarlo. Esto es un grave problema porque provoca el desmoronamiento moral, espiritual y simbólico de todas nuestras expectativas de vida, lo que propicia el rápido deterioro de nuestra capacidad para gozar la vida, hasta perder por completo la esperanza de que habremos de sobrevivir o de salir ilesos frente a los duros embates de la enfermedad y la muerte.

Es así que, tras mucho meditarlo, por fin he decidido admitir que siento miedo de enfermar y morir, de ver enfermar y morir a las personas que quiero, ya que quiero frenar o interrumpir el gran estrechamiento que ha generado semejante estado de angustia en mi vida cotidiana, ya que no es más que el resultado de querer evitar lo inevitable. Hoy me queda claro que la peor manera de enfrentar una pandemia es tratar de negar su eficiencia para afectarnos a todos los seres humanos por igual. No sólo en lo que se refiere a ser susceptibles por igual al contagio, sino también en lo que toca al modo en que nos afecta anímicamente.

Ciudad de México, 18 de mayo de 2020.

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