Contra la biopolítica. Nanología: hacia una filosofía de lo pequeño

Arturo Romero Contreras

Arturo Aguirre ha señalado algo crucial en esta pandemia: la escala del agente. El virus está en una escala nano, pero produce efectos en escalas meso y macro biológicas y culturales. Es este salto lo que más nos descontrola, pues atraviesa diagonalmente diferentes modos y escalas del ser. Ya solamente el virus se encuentra en una incómoda posición entre lo vivo y lo inerte: él se replica, no se reproduce. Este extraño comportamiento nos recuerda que lo humano es también así, mixtura de escalas y de regiones. El lenguaje, por ejemplo, no disimula sus parecidos con el virus: se trata de un código de información que infecta los cuerpos vivos y que se reproduce a través de ellos, colonizándolos. El lenguaje como sistema es ciego, se replica a través de los hablantes y los fuerza a vivir a través de él, a expresar lo más íntimo por medio de una máquina anónima. Por ello el lenguaje tiene una dimensión inconsciente: no opera en el espacio y dimensión de nuestras percepciones consciente. El virus tampoco lo vemos, sino sus efectos, que neciamente quisiéramos separar en puramente biológicos y puramente culturales.

En tiempos de pandemia, el término de biopolítica parece más socorrido que nunca. En efecto ¿qué vinculación más obvia entre la vida humana y su administración que en estos momentos, cuando los Estados toman grandes decisiones sobre las poblaciones, su salud, su vida y su muerte? Pero aquí deberíamos detenernos y, antes de salir a aplicar nuestras teorías biopolíticas a esta situación inédita, reflexionar sobre lo convincente de sus supuestos. Como siempre, sus autores, Foucault, Agamben o Esposito son más que la versión estándar del concepto, pero son también sus fuentes inequívocas. Nos moveremos en el uso estándar del concepto, pero no faltarán algunas referencias esporádicas a aquellos.

La pandemia del coronavirus nos muestra que el término de biopolítica está fundamentalmente rebasado. No es que sea incorrecto, sino más bien parcial y unilateral.

En primer lugar, parece suponer una idea de Estado como instancia unificada, soberana y con intencionalidad, como si se tratara de una institución todopoderosa y homogénea. No es difícil ver los efectos de Hobbes aquí. Pero los Estados contemporáneos están muy lejos de operar de esa manera. Aquí se hace preciso atender a la crítica de Poulantzas a Foucault; los Estados no solamente son actores, sino también arenas de lucha política en sí mismos. En ellos tienen lugar despliegues de fuerzas divergentes. Además, no parece haber distinciones elementales entre Estado y gobierno. O entre los diferentes brazos del Estado: ejecutivo, legislativo, judicial. No solamente vemos pugnas entre estos brazos, sino dentro de las propias cámaras o dentro del ejecutivo. Se ha hecho lugar común denunciar las esferas cerradas en que se constituyen los sistemas de partidos (la partidocracia), pero se olvida que los partidos operan con grupos empresariales, poderes fácticos, movimientos sociales, tianguis, mercados, asentamientos irregulares, etc. Resulta pues una ficción o una caricatura representarse hoy al Estado como una instancia unificada que puede ejercer su poder de manera vertical. Si éste funciona, es porque se inserta en un entramado mucho más amplio, que se funda en acuerdos de otro orden. Mucho más lejos fueron Negri y Hardt al reconocer que una lectura de la política requiere siempre ser enmarcada en un marco global. Su idea del orden mundial (que hoy vemos en radical reconfiguración) reconocía ya al menos una estructura tripartita: un gobierno de uno (monarquía) ejercido por E.U. como potencia militar; un gobierno de pocos (oligarquía) ejercido por un puñado de empresas transnacionales; un gobierno de muchos (democracia) constituida por la sociedad global (ONG, medios de comunicación, internet).

El paradigma biopolítico parece saturar el espacio social con dos actores, el Estado y la población, que bien podría ser enmarcado dentro de la distinción marxista clásica entre los trabajadores y el Estado como instrumento de clase burguesa, sin la cual éste no poseería ninguna personalidad. Sin embargo, la biopolítica no parece conceder al mercado ningún sitio, no al menos al nivel del Estado, cuando éste tiene sus intereses solamente en función del capital. Es por el mercado que el control estatal se transforma en nuestros tiempos en la dulce seducción por el consumo. Una visión centrada en el Estado es ciega al papel del mercado, gracias al cual el orden social deja de ser un mecanismo externo de dominación para entrelazarse con nuestro deseo y aspiraciones, lo imaginario (nuestras representaciones sociales) y lo simbólico (el vínculo por medio del dinero). El Leviatán-Estado habla el lenguaje de la soberanía, del poder sobre la vida y la muerte y la excepción. El Behemoth-mercado, en cambio, habla el lenguaje de la producción, del trabajo, del goce y de la circulación. Del entrecruce se obtiene circulación de cuerpos, deseos, mercancías y capital a partir de estructuras que se aplican y se replican en el juego del poder.

Este entrelazo sobrepasa el papel meramente ideológico del mercado. Es en él donde nosotros nos convertimos en cómplices por medio del deseo y el goce. Esta complicidad, claro no es consciente, ni tampoco algo que esté en nuestra mera voluntad, sino que se aloja en estructuras psíquicas y biológicas estables. El Estado, por ejemplo, puede ser plenamente disciplinario donde no existe disciplina por parte de la población según sus propios criterios, sino que blandamente cede a los imperativos de las mercancías: cómeme, bébeme, úsame … y ¡disfruta! Igualmente, un Estado puede transformar la ciencia en mero discurso, es decir operacionalizarla con fines de manipulación cuando hay desinterés, desprestigio y desconocimiento de ella entre la población. Esto nos lleva al tercer punto.

El tratamiento de la ciencia como discurso y la teoría de las epistemes de Foucault no permiten ver a la ciencia como un conocimiento efectivo con capacidades técnicas muy concretas que sobrepasan el dominio de la subjetividad. La idea de dispositivo estaba llamado a rebasar las fronteras del discurso y el lenguaje, pero terminó confinada en una teoría de la subjetividad. La ciencia y la técnica actuales se dirigen a la manipulación, explotación y control de todo lo vivo en sus diferentes escalas. Aquí se vuelve insuficiente la oposición bios-zoé, al igual que las paradojas reconocidas por Agamben. Cuando se manipula el código genético o la membrana celular, o se trabaja con virus y moléculas fragmentadas y reconstituidas, ya no hay humanidad, sino vida en sus linderos con la materia. No se trata ya de la manipulación de lo sujetos, sino de la intervención quirúrgica en la materia en sus diferentes modos. El objetivo ya no es directamente la población, sino otra escala, esa que Aguirre llama nano. Lo humano no existe en todas las escalas, ni en todos los espacios. Foucault termina deteniéndose en el hombre, que tanto cuestiona, limitando doblemente a la biopolítica: a la especie humana y a su subjetividad.

Así, el concepto de Estado en la biopolítica cae por debajo del desarrollo histórico de los Estados actuales y de su operación a nivel global. Ignora la sinergia Estado y mercado y entre Estado y poderes fácticos. El Estado resulta una caricatura a la que se imputa unidad, dirección y consistencia, lo cual se sigue del unilateral interés micrológico de Foucault. Pero los análisis políticos locales son ininteligibles sin los análisis globales y viceversa. La discusión debe enmarcarse en la operación estatal en un orden mundial. La teoría del Estado que opera en la perspectiva biopolítica es también abstracta en tanto que no se inserta en la dinámica capitalista en general, con sus transformaciones, especialmente las que incluyen el trabajo inmaterial, el human intellect de Marx.

La amputación de la dimensión económica de la biopolítica termina reduciéndola a una visión existencialista del individuo que resiste heroicamente los embates de una sociedad anónima y uniformizante. Finalmente, lo bio, de lo biopolítico es solamente un fragmento de la potencia técnico-científica actual interesada en el control de toda la materia, desde lo inerte, hasta lo vivo y lo inteligente. El cuerpo humano y sus funciones no son la dimensión última que interesa al mercado. Lo más importante es que algo consuma y no seremos necesariamente nosotros, sino algo en nosotros. Y no hablamos del lenguaje. Cuando se conoce el ADN ya no se está en el cuerpo humano, sino en el terreno intermedio de la bioquímica. Las guerras de futuro serán más parecidas a una secuela negra de Querida, encogí a los niños.

En el límite los consumidores no seremos nosotros, ni nuestra consciencia, ni nuestra “subjetividad”, sino nuestras células e incluso meras moléculas, Gólems sintetizados en el laboratorio, pero no los cuerpos, no nuestros cuerpos. Esto exige salir del humano como referencia última. No en el sentido de Latour, donde consideramos a las cosas como actores de una gran red de relaciones, sino moviéndonos en diferentes escalas de lo existente, en donde se producen y reproducen sistemas estables que llamamos orden mundial. Es por eso que un bichillo que el virus es capaz de poner de cabeza nuestras vidas y nuestras distinciones entre lo inerte y lo vivo y lo vivo lo inteligente o entre la naturaleza y la cultura. Pero la nanología que nos aguarda, ciencia de lo pequeño y sus interacciones con otras escalas, es algo que todavía vemos nebulosamente.

Ciudad de Puebla, 18 de mayo de 2020.

Un comentario

  1. “El paradigma biopolítico parece saturar el espacio social con dos actores, el Estado y la población, que bien podría ser enmarcado dentro de la distinción marxista clásica entre los trabajadores y el Estado como instrumento de clase burguesa, sin la cual éste no poseería ninguna personalidad.” Tener esta idea sólo evidencia que se ignora todo el trabajo arqueológico y genealógico que realiza Michel Foucault para construir el concepto Biopolítica y sus diferentes implicaciones con la economía, el derecho, el poder, la libertad, etcétera. Dicho concepto sea de paso, es sólo una arista del diagrama construido por el pensador Francés que tenía el objetivo de crear ficciones discursivas que hicieran verosímil la explicación de ciertas prácticas de la libertad. Rompiendo con la fenomenología del siglo XX se cuestionó si en verdad era posibles una experiencia salvaje de la libertad lo que le llevó, también, a poner en entredicho los principios del existencialismo francés y alemán. Ambas cuestiones le harán profundizar en una lectura de la historia dónde distinguir entre lo real, el saber, la verdad y el conocimiento será necesario. La re-codificación de estas nociones le llevarán analizar cuestiones vinculadas con el saber, el poder y la subjetivación en aras de construir lo que él denominó como Ontologías del presente. Reconoció en ese sentido que ninguna categoría es inamovible y sustancial por el hecho de que pertenece a un apriori histórico. Foucault no está pensando en términos de esencia como lo marca la tradición metafísica moderna. Entonces, pensar en un espacio social compuesto por el Estado y la población se opondría a su “pensamiento.”

    “La filosofía, al menos desde Descartes, ha estado ligada en Occidente al problema del conocimiento. No hay escapatoria. Cualquiera que se crea filósofo, y que no se plantee la cuestión ¿Qué es el conocimiento? O ¿ Qué es la verdad?, ¿En qué sentido se podría decir que es un filósofo? Y a mí, que me gusta decir que no soy filósofo, en último término, si me ocupo de la verdad, soy, pese a todo, un filósofo. Desde Nietzsche esta cuestión se transformó. No se trata ya de saber ¿cuál es el camino más seguro de la verdad?, sino ¿cuál ha sido el camino temerario de la verdad? Ésta era la cuestión que se planteaba Nietzsche […] La ciencia, la imposición de lo verdadero, la obligación de verdad, los procedimientos ritualizados para producirla, atraviesan por completo toda la sociedad occidental desde hace milenios, y se han universalizado en la actualidad para convertirse en la ley general de toda civilización. ¿Cuál es su historia, cuáles son sus efectos, cuáles son sus imbricaciones con las relaciones de poder? Esa es la cuestión que me he planteado y que está relacionada con la verdad.”
    .
    Michel Foucault

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