Habitar en tiempos de Pandemia (VII)

José Antonio Mateos Castro

Hemos llegado ya a los dos meses de confinamiento y distanciamiento social.  Desde el 8 de mayo nuestro país entró en la fase 3 de expansión de la pandemia, desafortunadamente hay un incremento de contagios, de muertes, necesidad de personal, equipo y materiales médicos para atender a los pacientes graves de Covid-19. En algunas partes del país no se ha entrado en la fase de expansión de la pandemia pero de manera progresiva se irán incrementando las cifras. Esto implicará, sin lugar a dudas, crisis, retos políticos, sociales, económicos y sanitarios con los que tendremos que lidiar.

Créditos: BW image

Las medidas de distanciamiento social y de confinamiento voluntario, así como el sacrificio económico y de derechos fueron tomados como una responsabilidad moral en beneficio de la salud. Ahora, la cuestión será valorar si eran las únicas medidas posibles, las más eficientes o si se podrían haber modificado y aplicado como medidas precautorias con tiempo de anticipación. Eso seguramente se empezará a ver pronto, y se analizará y valorará a profundidad más adelante. Lo que sí podemos decir, es que los sistemas de salud se han mostrado precarios e injustos tanto en países ricos como en pobres. Lo lamentable también será saber si ya se tenía conocimiento de la situación que se avecinaba y se hizo caso omiso por parte de las autoridades de la Organización de la Salud (OMS) y los distintos gobiernos. De confirmarse, eso sí será verdaderamente trágico y muy lamentable.

A la par, otras pandemias –sociales– siguen vigentes desde hace mucho tiempo en el mundo y en nuestro país: nos referimos a la desigualdad social, a la pobreza, al hambre, a la injusticia, al acceso a bienes y servicios públicos de una mayor parte de la población que vive en situación de vulnerabilidad, y que se hace más evidente en este momento. En ese sentido, la crisis sanitaria ha permitido ver con más transparencia las contradicciones y carencias no solo en el ámbito de la salud sino también en el social. Ello tendría que llevarnos a valorar la importancia que tiene la sanidad pública y la justicia social en relación con la población, y a denunciar la falta de sensibilidad política y social de los gobiernos y de ciertos sectores de la sociedad.

Esperemos que este instante de peligro, de crisis y de lucha que habitamos no sea aprovechado para convertir un momento excepcional de emergencia en una situación permanente, con respecto a los derechos individuales, en aras de salvaguardar el bien común y salvar el mayor número de vidas. Esperamos también que nos demos cuenta que la cercanía y el reconocimiento de la vulnerabilidad no son necesariamente una relación de afectividad, tampoco de solidaridad.

Y sin embargo, el virus sigue desconcertando a los distintos gobiernos, que han actuado como han podido y no como deberían –consideramos–, ya que la crisis que se están enfrentando y enfrentamos no era algo para lo que se estuviera preparado. Menos aun para el desconfinamiento social, que sectores de la población están exigiendo ante la pérdida de sus libertades, ingresos y espacios labores. Después de la pandemia, tal vez no seamos más sanos con las decisiones que se han tomado hasta este momento, pero sí seremos menos habitantes en el mundo y en nuestro país, en nuestra colonia, y espero, que no en nuestros hogares. Porque el peligro más grande que se viene como sociedad será regresar a la rutina (Javier Sábada); a hacer lo que siempre hemos hecho en el ámbito público y privado, por eso nosotros somos un peligro exponencial más grande que el COVID-19, porque tendremos que acostumbrarnos a vivir con las pandemias. Aunque nuestro tiempo, nuestro presente está todavía entre paréntesis, algo habremos rescatar de esta experiencia de sufrimiento, dolor y muerte. Aunque reconocemos las múltiples muestras de afecto, de solidaridad y de humanidad por parte de la población. Y mientras, a quedarse en casa…

Tlaxcala, 16 de mayo de 2020.

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