La ciudad enferma

Giovanni Perea

La enfermedad es una condición inestable. Cuando estamos enfermos nos sentimos débiles, vulnerables, decaídos. En el sentido etimológico de la palabra, la enfermedad se revela como el estado de infirmeza, o sea, del que padece lo infirme.[i] De este modo, estar enfermo supone un estado de inestabilidad y poca fortaleza. El que está enfermo carece de firmeza y solidez.

La ciudad, si se quiere ver así, es como un cuerpo en constantes equilibrios inestables, tanto por su complejidad y diversidad múltiple, como por el espacio y tiempo que comparten la variabilidad de sus habitantes. Es común que pensemos a la ciudad como un gran cuerpo formado por miembros, que pueden ir desde lo humano, lo arquitectónico o lo orgánico de sus espacios verdes. En ese sentido, la ciudad también es un cuerpo que para mantenerse sano y firme, necesita suministros, energía y drenar sus desechos. Además, requiere generar sus propias defensas porque del mismo modo es propensa a ataques, a enfermedades, a destruirse o a morir.

Sin embargo, hay momentos, como los de la enfermedad, en los que la ciudad pierde ese equilibrio; se vuelve más inestable, débil e infirme. Aparece, entonces, una ciudad enferma. Y no, no es metáfora. La ciudad en una epidemia o en una pandemia, como la causada por el actual coronavirus COVID-19, se está enfermando en la totalidad de sus habitantes.

En la pandemia la ciudad se contagia y enferma; incluso, sin los equilibrios necesarios para su buen funcionamiento, puede, en algunos casos, morir lentamente. La pandemia actual acontece por la proliferación del contagio de habitante en habitante en un mundo interconectado. Se trata de un acontecimiento que enferma a la ciudad precisamente porque afecta en dimensiones comunes y colectivas. La ciudad la padece, y su padecer es compartido entre sus habitantes, ya sean niños, mayores, trabajadores, entre otros, sin importar la clase o estatus. Porque como en cualquier enfermedad, el sufrimiento del paciente es compartido con los familiares, amigos y con cualquier persona a su alrededor por los nexos humanos, afectivos y sociales. Compartición que se materializa en el cuidado, comprensión y atención del otro que padece directamente por estar enfermo. En suma, la ciudad, en lo inestable e infirme de la enfermedad, parece sostenerse a sí misma con el cuidado mutuo de sus miembros. Aunque en dicho cuidado también se jueguen el riesgo al contagio.

Por esta razón, el aislamiento para evitar el contagio es propio en el sentido común de quien busca protegerse, aunque en esta práctica también se pierda la condición ontológica de toda ciudad: la del contacto, promovido por ser y habitar en común con otros en un mismo espacio. La pandemia es una forma particular de daño a la ciudad, precisamente porque rompe y paraliza, a través de un miedo justificado, las relaciones interpersonales, que en el mejor de los casos quedan aisladas en las casas, o con la ayuda de la técnica de nuestro siglo, se median y mantienen a través de las pantallas de una interfaz de internet.[ii] En fin, la ciudad resiste con sus medios a que la pandemia no rompa nuestras relaciones.

Las epidemias a lo largo de la historia han tenido resultados mortales, pero sobre todo sociales. Es innegable que el actual coronavirus es un asunto meramente biológico de tratamiento clínico, pero igualmente permisible es señalar que la pandemia es propiamente política y social. Se trata de una potencial enfermedad cuyo contagio es un problema de relaciones interpersonales.

Las ciudades de todo el mundo, unas más que otras, se encuentran enfermas e inestables. De esto va la pandemia, en una concepción global de la ciudad[iii] en la que pretenden funcionar conectadas, aunque el resultado sea una crisis mundial. Las grandes, intermedias y pequeñas ciudades, paradójicamente se aíslan en su contagio comunitario, y sus elementos, que parecen habitar de manera coordinada,[iv] ahora se concentran para cuidarse, sanarse y no morir. Se resiste en lo posible a la inestable condición de un espacio social enfermo.

Lo que queda, mientras no haya vacunas o curas efectivas, a nivel de la ciudad, es apelar a la vieja premisa aristotélica de hacer de la polis una fortaleza,[v] aunque frente a una epidemia esto implique acotar las dimensiones de la ciudad en el repliegue y el aislamiento en casa. Configurando así una estrategia y fortalezas al estilo medieval, que prometen que la ciudad volverá, después de su cuarentena, a ser sana, fuerte y firme.

Barcelona, 13 de mayo de 2020.


[i] La palabra enfermedad vienen del latín infirmitas, negación o contrario del adjetivo firmus que significa fuerte, siendo aquello que es débil y poco sólido. Véase en DEEL, Diccionario etimológico español en línea. En http://etimologias.dechile.net/?enfermedad

[ii] Sobre la vida social en tiempos de pandemia, se recomienda de este blog “A través de las pantallas”. En https://pensarlapandemia2020.wordpress.com/2020/04/09/a-traves-de-las-pantallas-vida-social-en-cuarentena/

[iii] Cf. Saskia Sassen, The Global City, Princeton, Princeton University Press, 1998.

[iv] Ildefons Cerdà, Teoría general de la urbanización (1859), Barcelona, Ajuntament de Barcelona, 1991.

[v] Aristóteles, Política, 1265a.

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