Habitar en tiempos de Pandemia (VI)

José Antonio Mateos Castro

Hegel afirmaba en el prefacio de sus Líneas fundamentales de Filosofía del derecho[i] que la filosofía siempre llega demasiado tarde, ya que en cuanto pensamiento del mundo, aparece después que la realidad ha cumplido su proceso de formación. Cuando la “filosofía siempre pinta su gris sobre gris” es porque hay un aspecto de la vida que ha envejecido y con gris sobre gris no se puede rejuvenecer sino sólo conocer. Es así que la lechuza de Minerva (la sabiduría) emprende su vuelo cuando comienza el anochecer. Además, la filosofía tiene como objeto lo universal que se encuentra detrás del aparecer contingente. Y no se trata de que la filosofía pueda y deba ir más allá de su tiempo, ya que el filósofo (a) se instala en un tiempo y en un espacio que son suyos, pero para la filosofía, desde su punto de vista lo que importa es el modo en que se da su relación con ello (la actualidad). En ese sentido, la filosofía no debe inmiscuirse en asuntos contingentes, mundanos, pues es algo que no le concierne, aunque debe reconocer necesariamente su vinculación espacio-temporal, ya que ella es pensamiento de lo universal, pues sólo lo universal es verdad.

Sin embargo, también la filosofía de este lado del mundo es esperanza, un filosofar matinal, auroral (Arturo A. Roig)[ii], la mensajera del alba (Augusto S. Bondy)[iii] o una filosofía cenital (Horacio C. Guldberg)[iv] —un deseo humano demasiado humano—, un atreverse a dibujar un horizonte posible de un nuevo estar y habitar el mundo; una búsqueda de soluciones para nuestros problemas actuales, mundanos, contingentes, en suma, nuestros. Una filosofía que no sólo acompañe sino que también haga posible y provoque la formación de nuestra realidad, su rejuvenecimiento. El símbolo de la sabiduría desde esta perspectiva, no sería la lechuza de Minerva que levanta su vuelo al atardecer sino “la calandria que eleva sus cantos a la madrugada”, por eso, la filosofía tiene que “preparar la aparición del amanecer” (Raúl F. Betancourt) en nuestro contexto histórico-social.

En ese marco, desde inicios del 2020, el mundo ha estado enfrentando una nueva pandemia que toca y trastoca tanto a países centrales como periféricos y, que sin duda ha motivado no sólo a la investigación científica; a pensar y actuar sobre los aspectos económicos, sanitarios y políticos, -importantes sin duda- sino también a la reflexión filosófica. Ejemplo de ello son las múltiples publicaciones de libros, artículos, conferencias, entrevistas y proyectos como Pensar la pandemia. Philozophize with Face Mask. International Pandemic Project que coordina Arturo Aguirre, documentos que han aparecido a través de medios impresos y digitales. Pensadores (as) que desde su propia realidad concreta –periférica o central-  y con supuestos teóricos diversos definen, explican, orientan, problematizan, zanjan y buscan salidas a la crisis que habitamos hoy. Reflexiones que más allá de ser apocalípticas y pesismistas son un filosofar problematizador, de resistencia y denuncia ante una situación que incomoda; una filosofía que es una “actividad práctica para transformar el tiempo” (Betancourt), es decir, que se constituye en una praxis de la historia y del mundo y, en una fuerza innovadora que apertura nuestros horizontes posibles ante la pandemia que padecemos.

El COVID-19, sin duda, está transformando nuestra existencia, nuestra forma de convivir, de habitar el espacio público y privado, de concebir la vida y la muerte, así como nuestros valores y rituales más arraigados de nuestra historia. También ha puesto en crisis a los estados nacionales, a sus políticas públicas (privatizadas) mostrando sus deficiencias, además de las contradicciones sociales y económicas entre los que más tienen y los que apenas tienen un poco de aliento para sobrevivir, ya que ni siquiera su vida y sus cuerpos valen para este modelo económico neoliberal. Estos son sin duda grandes desafíos que se vienen y que seguramente tendremos que acostumbrarnos a vivir con ellos a partir de ahora. En ese sentido, las ciencias sociales, las humanidades y la filosofía, concretamente, siempre serán herramientas, no fines en sí mismos, indispensables en momentos coyunturales como el que estamos viviendo, porque las epidemias no sólo son fenómenos biológicos sino también sociales y humanos. Por tanto, las ciencias –sociales y humanas- muestran, por ejemplo, que la pobreza, la desigualdad social, las actitudes y los valores son las más de las veces una barrera para lograr que se cumplan plenamente las medidas preventivas en nuestros países. Los rituales y los valores tienen un sentido profundo para nuestras comunidades, pues son símbolos que orientan las acciones y brindan unidad, identidad, arraigo y solidaridad, lo mismo que fundamentan, también, las concepciones sobre la vida y la muerte.

Es así que la ciencia por sí misma es insuficiente para explicar las problemáticas y dimensión humanas, esta siempre necesitará de los saberes de las ciencias sociales, las humanidades y la filosofía en la medida en que nos ayudan a saber quiénes somos y a comprender el complejo mundo que habitamos. Y si pensamos en la Guía bioética publicada hace unas semanas en nuestro México, son precisamente aquellos saberes los que permitirían fundamentar los procedimientos y las decisiones a tomar en caso de que nuestro sistema de salud se vea rebasado, mostrando que no sólo los criterios médicos y técnico-científicos son suficientes para tomar decisiones, sino además se deberán tomar en cuenta postulados filosóficos (axiológicos, antropológicos, éticos, epistemológicos, etc.). De esta manera, nos hacemos cargo de nuestro tiempo, de “nuestras circunstancias”, de nuestro presente, de eso que Foucault llamó “una crítica permanente de nuestro ser histórico.”

Los saberes sociales y humanísticos atraviesan la multifacética actividad humana, además que reflejan la compleja relación entre el hombre y su realidad concreta, así como su manera de asumirla y sus peculiares apreciaciones. La tarea irrenunciable es la reflexión, problematización y apertura de horizontes posibles desde el “corazón del tiempo”, a ras de suelo, es decir, desde las carencias y contradicciones de nuestra condición humana y nuestra situación concreta.[v]

Ciudad de Tlaxcala, 6 de mayo de 2020.


[i] Hegel, Friedrich. Líneas fundamentales de Filosofía del derecho. Madrid, Gredos, 2010, p.24.

[ii] Roig, A. Arturo. “Bases ideológicas para el tratamiento de las ideologías”, Hacia una filosofía de la liberación latinoamericana, Bs. As, Editorial Bonum, 1973, pp. 220.

[iii] Salazar,  B., Augusto. ¿Existe un filosofía en nuestra América?, Argentina, Siglo XXI, 1988, p. 89.

[iv] Cerutti, G. Horacio. “Propuesta para una filosofía política latinoamericana”, en Revista de Filosofía Latinoamericana y Ciencias Sociales, 1, enero/junio, 1975, p. 69.

[v] Mateos, Castro. J. Antonio y Mario Díaz Domínguez, “La necesidad de las tradiciones filosóficas” en Los quehaceres de la universidad contemporánea: entre el humanismo y el neoliberalismo, México, UAT/ediciones monosílabo, 2017, pp. 149-150.

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