La mirada del amanuense: crónicas tardías de una pandemia II

Stefano Santasilia

Créditos: Cuartoscuro

A veces la lectura puede generar atascos. Como buen amanuense –o por lo menos tratando de desempeñar mi papel de manera decente– paso buena parte de mi tiempo en el estudio de los textos que hay que copiar. Pero estamos en el medio –¿o comienzo? ¿o parte final?– de la que llamamos pandemia. Algo que ha modificado nuestra percepción de la realidad que nos rodea despertando una obsesiva atención hacia valores latentes: sospecha, desconfianza, lejanía (una distancia cuya sanidad consiste en su dilatación). El mismo modificarse de la percepción ha sido la forma de nuestra entrada en la nueva dimensión de la existencia: la indiferencia, la subestimación, la atención intermitente, la comparación/diferenciación con la experiencia de los otros países, la condición de alarma… han sido sólo unas de las etapas que hemos atravesados. Etapas que consideramos verdaderas, pero nunca completamente… como si faltara siempre una pieza del rompecabezas para poder afirmar que de verdad podemos creer en lo que vemos. Como si lo que se ve fuese siempre el mensajero de una sola y simple verdad. En el vórtice de las interpretaciones cada quien trata de seguir la mejor ruta posible, ojalá haya de verdad, una sola. Pero se trata de un vórtice: hasta el más moderado intérprete, atento lector de todas las exposiciones, percibe su incapacidad de oponerse a la violenta corriente de las opiniones, sobre todo de las que preconizan el comienzo de una nueva época de liberación… o de destrucción. Y entre estas, como serpiente bíblica, se mueve silenciosa la tentación de la adaptación. De hecho, dentro del amplio abanico de las voces no faltan las que intentan leer el statu quo como la expresión de un estrato particular de la humana existencia. Antes que todo hay que recordar esto: que se trata sólo de la humana existencia… las otras no quedan atrapadas dentro de la atmosfera de peligro y pánico. Desde la posibilidad subrepticia de la adaptación se engendra la reflexión sobre el “estado de peste” (Josu Landa) o, aún más interesante, sobre la posibilidad de una “metafísica de la peste” (Sergio Givone). El nacer de este tipo de reflexión puede ser algo profundamente bueno o tremendamente negativo. El reconocimiento de un nuevo estado de vida determinado por el predominio de la necesidad de supervivencia con respeto al pleno desplegarse de la vida lleva consigo el latente peligro de la capacidad de sacar provecho de la condición actual. Afirmaba Confucio que el problema de la orientación de la acción y de la relativa solución de los conflictos se encuentra escondida en el esclarecimiento de las definiciones: para alcanzar la paz, hay que meter orden en el lenguaje. Por esta razón se vuelve tan urgente aplicar la distinción entre el “actuar según el esfuerzo de resistencia” y el “adaptarse a una nueva modalidad de vida”… y lo que parece sinónimo esconde en realidad una modificación fundamental de la intentio. Lo que parece más evidente es lo que permite la máxima manipulación del sentido: es precisamente a la luz de la intentio específica que las decisiones asumen un preciso valor vital. Toda la discusión relativa a la famosa Guía Bioética, evidente reflejo de una cuestión que no es relativa sólo al “estado de peste” –ni sólo a la localización territorial mexicana– sino que de este toma su máxima posibilidad de urgencia, remite exactamente al problema del quis iudicabit. Antiguo acertijo cuya soluciones nunca han sido capaces de satisfacer más que una o dos generaciones –cuando la solución se ha revelado máximamente persuasiva. Pero, se sabe muy bien, la persuasión es hija del contexto y a este responde con respeto a su posibilidad de validez. Lo que implica que, a pesar de su cara tranquilizante, la adaptación encarna la más peligrosa y criminal traición de la auténtica vida humana. Claramente se podría objetar que es precisamente gracias a la adaptación que la vida humana ha podido conquistar (en su sentido positivo y negativo), pero en la sencillez de esta afirmación queda ocultada otra vez una distinción lingüística (de sentido) fundamental. Lo que ha concedido a la vida humana todo su poder de distensión no ha sido la simple adaptación sino la capacidad de modificación, directo fruto del “actuar según el esfuerzo de resistencia”. Colocándose dentro de esta perspectiva se entiende la advertencia, lanzada por Roberto Aramayo, de no confundir una máxima de índole pragmática y coyuntural con un criterio ético. Pero ¿cuál sería la diferencia? La diferencia reside precisamente dentro del intentio que encarna también el límite de la acción impidiendo una transitividad automática que demasiadas veces ha sido disfrazada de necesidad político-social. Es posible que todo lo dicho lleve la mancha de un antiguo moralismo. A mí personalmente no me parece, si por moralismo entendemos una continua y profunda atención a la condición relacional (que claramente expresa una indisoluble dinámica de reciprocidad), pero para esto se necesita todavía una profunda educación cívica (precedida por una estético-ética). Pero otra vela se acaba y la punta de mi cálamo ya necesita ser perfeccionada, la oscuridad ya anuncia su llegada.

San Luis Potosí, 03 de mayo de 2020

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