Virus que habitan cuerpos

Giovanni Perea Tinajero

Herederos de más de dos mil años de tradición platónica, estamos acostumbrados a nombrar lo que está mal sólo porque carece de bien. En tal sentido, hemos concebido la enfermedad en términos de ausencia de salud y no como una condición distinta a la supuesta normalidad que supone el constante y regular funcionamiento o metabolismo de nuestro cuerpo. También se ha entendido que el cuerpo es un ente aislado que convive con otros seres, aunque en algunos casos puedan ser dañinos y arrebatar esa supuesta salud que se tiene. Lo cierto es que somos un cuerpo lleno de virus, bacterias, anticuerpos y cuerpos que se administran para habitarnos. En este sentido, somos un cuerpo lleno de otros cuerpos viviendo de y para nosotros. Cuestión que nos saca de una visión antropocéntrica que no nos dejaba ver que virus, bacterias, parásitos o humanos nos jugamos la vida para prevalecer vivos en una misma dimensión corpórea.

Créditos: AFP

En tal experiencia de vida buscamos estar inmunes, lo que supone estar dispuesto paradójicamente a enfermarse. Dispuestos a recibir con una vacuna un poco de virus, para que confluya entre cuerpos y se generen los anticuerpos para resistirlo. Exige, entonces, estar dispuesto a reconocer a otros agentes, potenciales amenazas o sorpresas, que puede hacernos más fuertes o matarnos. Quedar inmune supone arriesgarme, hacer resistir al cuerpo para que en dicho enfrentamiento se supere la fragilidad que nos es inherente desde que nacemos. En cierto sentido, vivir es ya resistir, pero no se trata de una resistencia pasajera, más bien, es el enfrentamiento constante con la intemperie del mundo. Bajo esta premisa entenderíamos que este cuerpo que habito no es sólo mío, más bien, soy este en conjunto con diversos microbios, bacterias y virus que me habitan y permiten seguir vivo.

El virus parasitariamente habita en otros cuerpos. Nosotros hacemos algo similar, vivimos de la tierra, la descomponemos y regeneramos para seguir viviendo, pensamos en salvarla sólo porque queremos salvarnos a nosotros mismos. El virus se mantiene de nosotros, nos necesita para seguir su camino en una rara y a veces mortal actividad que busca expandirse. Sin embargo, paradójicamente, si nadie resiste también el virus desaparece. Podemos pensar que estar sano o tener salud, de esa que implica sentirse bien, es promovida por un ambiente esterilizado, libre de virus y bacterias. Por el contrario, habría que reconocer que convivimos constantemente con infinitud de virus, que creamos las propias defensas y en ese sentido, la ausencia de enfermedad no es la ausencia del virus sino la incapacidad para aislarlos en el cuerpo.

Créditos: AFP

En el caso del COVID-19, como en su momento lo fue la viruela, la influenza, o el VIH, lo que más preocupa es enfermar, perder la salud, la vida. Y para ello necesitamos anticuerpos, defensas, antivirales… más resistencias. Se trata de una lucha con larga historia. Así, por ejemplo, durante la conquista y la colonización de América uno de los mayores invasores fueron los virus.[i] Antes de las vacunas, había epidemias enormes de viruela y sarampión que casi eliminan a la población indígena más rápido que cualquier colonizador, demostrando que la única diferencia era que no estaban listos. No conocían en anticuerpos ni ante los propios ojos la nueva enfermedad de los europeos. Con el tiempo se aprendió a reconocerlos y vino la asimilación (y también del virus).

Hoy en día, estamos en la búsqueda de patrones de resistencia. Se habla en algunos artículos de las propensiones susceptibles a enfermarse después de los contagios. Se dice desde lo racial que la gente de Asia tiene más bronquios que los escandinavos, que los niños aún en desarrollo están bien protegidos porque a diferencia de un adulto mayor, tienen menos bronquios.[ii] En cuanto al género, que las mujeres tienen menos propensión a enfermase que los hombres por las mismas razones fisiológicas. Causas que se exponen como determinantes azarosas e imposibles de cambiar, aceptando que la fisiología protege desde la propia raza, sexo o edad.

Volviendo a la cuestión ¿qué supone estar enfermo? Roberto Esposito reconoce que inmunizarse implica conocer al enemigo, dejar que entre, aprender de él y luego convivir un poco con su potencial amenaza. En algunos casos ponerlo en cuarentena por si se reactiva, en otros, eliminarlo, pero nunca negarlo.[iii] Una idea que implica volver a pensar al cuerpo y preguntarnos ¿qué es cuerpo?, ¿qué es un cuerpo enfermo o en contagio? En todo caso, ¿cómo lo tenemos, somos o habitamos, sanamente? En tal sentido, prestar atención al cuerpo y también al cuerpo del otro implica aceptar que vivimos susceptibles a contagios, aunque contagio no siempre sea igual a enfermedad. Da miedo enfermar y por eso nos cuidamos del contagio; se moraliza y en algunos casos discrimina a quienes lo tienen, dejando claro que el contagio es un asunto biológico, aunque la pandemia sea meramente política… (pero esto es otra historia). Sin tomar en cuenta que nuestro cuerpo es ya un cuerpo que administra virus, los neutraliza, inhibe y los combate, pero también, en algunos casos más lamentables, muere con ellos.

Barcelona, 29 de abril de 2020


[i] David Ruiz Marull, La epidemia que los conquistadores españoles propagaron por México, La vanguardia. 2018. En https://www.lavanguardia.com/cultura/20180116/4457762283/epidemia-conquistadores-espanoles-mexico-salmonella-enterica.html

[ii] Amanda Mars, El coronavirus se ensaña con los afroamericanos en Estados Unidos, El País, 2020. En https://elpais.com/sociedad/2020-04-07/el-coronavirus-se-ensana-con-los-afroamericanos-en-estados-unidos.html

[iii] Roberto Esposito, Immunitas: Protección y negación de la vida. Buenos Aires, Amorrortu, 2005.

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