Ineptos entusiastas, gente muy peligrosa. (Crónicas del Bicho VIII)

Jorge Novella Suárez

Para salir del aislamiento la responsabilidad ciudadana es imprescindible. Pedirle a la clase política lo mismo, hoy, es una quimera. El confinamiento, reclusión, dicen otros, nos ha enfrentado a algo nuevo y desconocido por todo el mundo. Ya señalé que en nuestro regodeo de primer mundo tardamos en reaccionar, otros países como USA, Reino Unido o Brasil eran escépticos respecto del bicho y sus secuelas. Así les va, lamentablemente, hay que decir. Ha dado sus frutos este estar en casa, los expertos a nivel mundial han considerado que era un modo de frenar la escalada del coronavirus.

Ya que estamos viendo luz al final del túnel, en algunos países como España, ahora tenemos dos cuestiones, en primer lugar, cómo hemos vivido este aislamiento, en qué nos ha afectado, si ha tenido elementos positivos o sólo negativos, etc. Cada uno es un mundo y así lo habrá vivido. Y, en segundo lugar, cómo transitar a la “nueva normalidad”, desescalar (otro anglicismo) lo han llamado.

A la primera cuestión, hay que subrayar que el lugar, el piso, la casa, dónde se ha pasado este período es clave, ahí hay también desigualdad, y mucho más para los sin techo. Esa  es la causa de que los ataques de ansiedad, agobios y demás, de todos, incluidos niños y mayores, estén entre las clases más desfavorecidas. Otros, como el que escribe, lo hemos vivido con cierto estoicismo, acostumbrándonos, sabiendo que el interés general es la salud pública, que es la de todos y también la nuestra. Hemos mezclado buenas dosis de miedo, incertidumbre, esperanza y cabreo, porque tampoco podíamos hacer otra cosa. Y nos hemos sentido impotentes cuando han fallecido personas que queríamos, amigos, familiares y no hemos podido acompañarles en ese trance. Sin duda, eso ha sido lo más duro. Pero podemos afirmar que en términos generales, salvo excepciones de algunos cafres y delincuentes, la ciudadanía ha estado a un nivel muy alto, al cumplir su responsabilidad social. Otros, no.

El Gobierno ha tenido y tiene una estrategia de comunicación nula y errática, tanto asesor, tanto gurú, no sabemos para qué. Hay que ser profesional, y si no, aprendan de Macron y Trudeau, porque Merkel es especialista en física cuántica y se nota cuando habla del bicho, mensaje corto, escueto, tocando los puntos clave, el resto para el comité de expertos. El presidente Sánchez mete unas chapas de media hora más preguntas. Es un hombre nada empático, y eso se nota mucho. Y más en directo y menos paternalista. No sabe cómo terminar sus alocuciones (por muy preparadas que se las den los aprendices de brujo de Moncloa) y empieza de nuevo.

La oposición es variopinta y singular. La reflexión crítica sobre las necesidades de la nación es sustituida por la división y el insulto, unos confían en los expertos, otros no. Como en los toros y en el fútbol, el público tiene división de opiniones. Torra, este Metternich del siglo XXI,  dice que una república independiente sería más eficiente (A ver si la Moreneta hace algo). Ni está ni se le espera, no gestiona, no quiere a la UME (luego la pide), como si las competencias en Sanidad y la inversión las tuviera “el gobierno de Madrid”, para más inri le han mentado “las provincias”, patidifuso se ha quedado el molt lamentable, más que honorable.

Casado sigue compitiendo con Vox por un espacio político (que no es el suyo) y que se torna en ver quien dice más improperios, sin ofrecer ningún tipo de alternativa a la cuestión que sea, sea duración del confinamiento, calendario para salir del mismo, etc. Podría ofrecer otros escenarios. Tampoco, es más cómodo instalarse en un discurso de bombero pirómano, en vez de agua, gasolina, y mucha. “Razón de establo” decía Gracián, no razón de Estado o interés general. Es una estrategia electoral con respuestas ideológicas a una crisis sanitaria. Para colmo, las CCAA que son las que tienen competencia en sanidad están al pairo, a ver si nadie se acuerda de la gestión que deberían de hacer, en una ceremonia de la confusión esperpéntica.

Y en eso estamos. Nosotros en medio, bastante vapuleados, cansados, cabreados, hartos de ver que no hay atisbos de llegar a acuerdos que son necesarios, parece que no les interesa. Esperando que Europa nos dé el maná  para salir de la crisis económica causada por el coronavirus (no por Sánchez). Los ciudadanos en  busca de la normalidad, por el camino de la responsabilidad, esperando que los marcadores (la asistencia sanitaria, la vigilancia epidemiológica, la identificación y contención precoz de fuentes de contagio y medidas de protección colectiva) en manos de la autoridad sanitaria, asesorada por los expertos, nos den el calendario que hay que seguir según provincias (perdón, territorios de las comunidades); ¡cuánta estupidez! que se lean el 141.1 de la Constitución Española. Un discurso político frente a la norma fundamental. Supongo que Guadalajara saldrá antes que Toledo, y Tarragona antes que Barcelona, las grandes ciudades se dividirán en barrios (digo yo). Pues eso, las provincias. La que se ha liado.

Mientras, en forma de bucle continúa la ansiedad espasmódica en los medios de comunicación, a la vez que la gente nos preparamos para, poco a poco, ir habituándonos a la nueva normalidad (término acuñado en España para la desescalada ante esta epidemia), que nunca será igual que antes, nuevos modos de estar, de relacionarnos, de desenvolvernos por los espacios públicos, hasta nuevas maneras de estar solo, diría Pessoa. Lo haremos lo mejor que sepamos y si nos equivocamos, volveremos a intentarlo por el bien de la inmensa mayoría.

Retornaremos a las calles en silencio, acordaros, no habrá tanto decibelio suelto. Hay demasiados muertos todos los días.

De fondo, se oyen gritos, jaleo, ¡y tú más!, improperios de todo tipo que harían sonrojarse a un legionario. Sabemos quiénes son, se les reconoce al vuelo por su decir y ningún hacer. “Son ineptos entusiastas, gente muy peligrosa” que decía el maestro Schopenhauer. Avisados estamos.

Murcia 30 de abril de 2020.

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