La piel del mundo

Eduardo Ledesma

“La vida es como el palo de un gallinero, corta y llena de mierda”.

Pintada en el retrete público de un bar del centro de Madrid

Desde el fondo de la garganta de la masa surge un pensamiento nada nuevo para la humanidad: “Esta crisis nos pone nuevamente ante nosotros mismos, es una lección que debe reorientarnos para realmente darnos cuenta de lo verdaderamente importante”. Como si el ser humano no hubiese asumido desde hace tiempo una supuesta tendencia “natural” a la “falta” de memoria, se dice las mismas frases hechas y autocomplacientes de siempre. Las mismas que se dijo después de la Primera y Segunda Guerra Mundial; las mismas que se dijo después de la tirada de las bombas atómicas en Hiroshima y Nagasaki; las mismas que probablemente seguirá diciendo para tratar de convencerse, nuevamente, de un cambio no posible porque no es capaz del mismo. Nuevamente el ser humano está ante el espejo de la obviedad, de aquello que ya sabe y prefiere olvidar.

Poco elegante forma de deslindarse de la responsabilidad de su porvenir, para achacársela a la masa de la cual es parte y culpar a los demás de su fracaso, en lugar de asumirla desde la raíz de sus propias acciones, ¿cómo no fracasar si se propone lo imposible? ¿Cabe esperar que la humanidad cambie? El filósofo de Köningsberg ya nos lo advertía en La paz perpetua y, de manera más profunda y acabada, en Ideas para una historia universal en clave cosmopolita. El ser humano es un problema debido a su carácter racional y la posibilidad del mal que éste implica. En cambio, nos creemos dotados de virtudes que no tenemos, haciendo de la ética y sus objetos de reflexión un conjunto de entelequias, como advierte el Sefaradí maldito en su magnífica Ética…

Si queremos un ejemplo del problema que somos ante la crisis actual, ahí están los millones de indisciplinados incapaces de sujetarse a las mínimas necesidades de una situación como la actual. La obviedad de los datos y hechos del presente inmediato producen en ellos desde pánico hasta indolencia. Seres humanos egoístas que por la satisfacción de privilegios decidieron generar acciones contrarias a la prevención y contención, y por los cuales se desató una fuente de contagio evitable, en relación con las cantidades esperadas ante la posibilidad de contención de la pandemia. No estaríamos ante tal paisaje si tan sólo estos necios hubiesen sido capaces de la generosidad y solidaridad necesarias, lo cual implica superar mezquindades y diferencias con los que tienen al lado. El problema es que éstas parecen más importantes que la vida de todos y, todo indica, la conciencia llega cuando la adversidad muestra su complejidad y contundencia ante los seres amadosy considerados más cercanos: la propia familia.

Alguien podría preguntar, “¿No crees que tú también, al esperar demasiado de los monos amaestrados que somos, caes en la trampa de la misma expectativa?” No es que haya esperado mucho de la humanidad, me estoy acostumbrando a lo peor en casos como estos porque, según nuestra historia ―sin negar momentos de generosidad y desapego de los cuales también hay noticia― es nuestra clara tendencia a la autodestrucción. Por ello, qué importante resulta desapegarnos de la expectativa idílica de un futuro mejor. Algo tan incomprensible como la ekpírosis descrita por los estoicos, al corresponder su lógica con la inconmensurabilidad de la naturaleza. Ver a la crisis como el fuego saneador que renovará al mundo resulta miserable. La crisis se evidencia como algo muy lejano a un fenómeno de la naturaleza. La crisis se evidencia humana, demasiado humana. Algo cercano a la ekpírosis de los estoicos incluiría toda la proporción correspondiente de la fisis y, por lo tanto, toda la justicia de la hybris, el fin de la especie humana. No se preocupen, también cumpliremos con tal destino.

Asumamos que somos el problema, el virus sólo cumple con el sentido de su vida. Los que hemos perdido el sentido de la nuestra asumiendo la zona de confort (o esclavitud) que significa que otro piense por nosotros (¡sapere aude!), aceptando que nos digan cómo vivir hemos sido los seres humanos.

“La mayoría son malos”, decía uno de los siete sabios de Grecia, Bías, el célebre juez de Priene al que el sabio efesio ―según Carlos García Gual― describía como: “El único inteligente de los siete”. En esta época en que hemos hecho de la mayoría toda una cultura y de la masa una habitación deforme y deformante, sería bueno preguntarnos si nosotros somos una de tantas enfermedades de la piel del mundo, como también lo sugería el filósofo de Röcken. Habrá quien considere estas palabras pesimistas, gracias por ello. El pesimismo como posicionamiento vital, una afirmación de La vida en el sentido más pleno de la palabra, es necesaria para realmente comprender la materialidad de lo que somos, nuestro problemático cuerpo vivo, con todo y nuestra “angélica” capacidad racional, manifestación de las condiciones implicadas en nuestro origen matérico, vínculo común con aquello que podemos llamar cosmos o naturaleza. Quizá desde este posicionamiento podamos hablarcon mayor veracidad y verosimilitud de lo que somos, animales. ¿No sería un primer gran paso dejar de hacernos expectativas no correspondientes con nuestra naturaleza? Mejor aún, dejar de confiar en esperanzas acerca de cualquier cosa. Sólo tenemos el presente, lo que sea el porvenir no importa mientras haya posibilidad del mismo.

Resulta importante comprender que, aunque nos sigamos equivocando y los mismos dormidos que participan del logos continúen en su sopor ―de éstos los que se creen despiertos son los más peligrosos―, estamos cumpliendo con nuestro destino, al igual que con su justicia y proporción. Sólo nos queda hacernos responsables de lo que depende de nosotros. Asumamos el sueño de los necios, alta posibilidad de nuestra humanidad. Lo importante, estar despierto para reconocer a quienes comparten la necesidad de la vigilia con la autoridad de quien atiende al logos con ejemplaridad. Aquellos que no viven en un mundo privado sino en comunidad. Ello exige el esfuerzo de comprender a los dormidos, derrotar la culpa del señalamiento y a la ridícula erección moral, para no dormirse como ellos y no dejar de habitar lo común que nos une, el logos del cual todos participamos. En algunos casos, puede llegar a ser más urgente entender su desesperación y angustia, incluso su letal egoísmo. Comprender que no dejarán de ser parte de nuestras vidas, de lo común. Bien decía otro de los siete sabios, el que es considerado el primer filósofo, “Todo está lleno de dioses”.

Ciudad de México, 29 de abril de 2020

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