El coronavirus y el nuevo imaginario social de la muerte

Luis Roca Jusmet

Como sabemos la muerte es un significante que se inscribe en un imaginario social. Philippe Ariès es, como sabemos, autor de un libro que es un clásico en el estudio de la muerte en Occidente. 

Quiero centrarme en los cambios que se están iniciando en nuestro imaginario con respecto a la muerte, a partir de este acontecimiento que estamos viviendo con el coronavirus, que significa una ruptura con lo anterior en muchos aspectos.

Créditos: EFE

Nuestro imaginario sobre la muerte (me refiero al de las sociedades liberales occidentales) contemplaba varios aspectos. Por un lado, la muerte desaparece de la vida social. Todos los rituales que rodeaban el hecho de la muerte en las sociedades tradicionales desaparecen en la sociedad moderna. La muerte no se imagina como un tránsito a otro estado. Esto significa que la muerte ya no puede ser imaginada en positivo, como un hecho. La muerte es el final y sólo es imaginada por los que quedan vivos. Imaginada en un sentido muy preciso, que es que la persona muerta es un cuerpo inerte, pura materia sin vida ni espíritu. El muerto ya no es nada y sólo permanece en el recuerdo. Se cumple la propuesta de Epicuro: no morimos porque ya no somos sujetos, ya no existimos. De esto ya se ha hablado y no voy ahora a profundizar.

En lo que sí voy a entrar es en el imaginario sobre las causas de nuestra muerte, entendida pura y exclusivamente como un hecho biológico. Cada vez más la muerte se entiende como algo que depende de causas internas, exceptuando el caso de las guerras. Aunque hay muchas muertes que dependen de accidentes de tráfico esto se vive como algo excepcional, como mala suerte. Pero las causas principales de la muerte en nuestras sociedades son (y esto está muy presente en nuestro imaginario) el cáncer y las enfermedades coronarias. Y está presente que esto es una combinación de causas genéticas, ambientales y hábitos personales. Lo genético es involuntario pero propio, los hábitos son propios e involuntarios. Y lo ambiental es un problema social difuso. Pero a partir de ahora en nuestro imaginario la causa de nuestra muerte es un mal encuentro con el otro. El otro, el semejante, como portador de lo mortífero. Y no sólo esto sino que es un encuentro imprevisto. El cáncer es un proceso. Un infarto de miocardio es repentino pero se supone que el que lo padece ya conoce los factores de riesgo. ¿Qué significa esto? Que si el cáncer y el infarto dependen, en parte del azar (lotería genética) y en parte de uno mismo (hábitos), el contagio por el coronavirus depende de un mal encuentro, que es una cuestión de azar, y de la propia responsabilidad. La diferencia es que en el cáncer y en las enfermedades coronarias se da más peso a lo genético (azar, mala suerte) y menos a la responsabilidad. Pero lo que ocurre ahora es que uno se va volviendo cada vez más responsable de este mal encuentro que debe evitar. 

Créditos: AFP

Todo esto tiene dos caras. Por una parte, podemos considerar que hacernos responsables de nuestra salud es hacernos más responsables de nuestra vida, por tanto más emancipados. Pero, por otra, puede ser vampirizado por la ideología liberal que hace recaer en cada individuo toda la responsabilidad de su vida: “gestiona bien tus recursos como si fueras una empresa”. Si pierdes, la responsabilidad es tuya.

Quizás sea una nueva etapa de la biopolítica: cada cual es responsable de su enfermedad y cada cual administra su vida y su muerte.

Barcelona, 29 de abril de 2020

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