Distanciamiento social y Zozobra

Carlos Alberto Sánchez

San José, California, USA

(Trad. Sarah Zanaz)

Ya me imagino que los filósofos y las filósofas de cada rincón de la filósfera (philosphere)se están aprovechando de la ocasión para discutir sobre la naturaleza filosófica del distanciamiento social. Varios ángulos nos permiten tratar este tema, pero quisiera tocar brevemente este en particular: los obstáculos que el distanciamiento social representa en nuestros esfuerzos para compartir el sufrimiento humano. 

En Estados Unidos, los Centros para el Control y la Prevención de las Enfermedades (Centers for Disease Control, CDC) definen el distanciamiento social como sigue: “significa alejarse de lugares muy concurridos, evitar las congregaciones masivas y, al ser posible, permanecer al menos a 6 pies (2 metros) de distancia de otras personas”.

En la práctica, distanciamiento social es sinónimo de separación forzada entre individuos, implementada recurriendo a amenazas, miedo, intimidación, coerción o sugestión. Nos instan a separarnos para no correr el riesgo de morir o de matar. Algunos de nosotros no nos podemos separar por completo, así que la separación no lleva necesariamente al aislamiento total. Para otros, el distanciamiento social realmente significa aislarse, aislarse completamente. Cuando John Dunn escribió que nadie era una isla, lo más probable es que no pensara en la pandemia actual. Nos repiten con mucha insistencia, que ser islas es justamente lo que nos salvará. Pero cuando filósofos como Husserl o Levinas hablan de intersubjetividad, creo que realmente piensan que el estar-los-unos-con-los-otros es la mejor manera de ser humano; la mejor circunstancia que nos permita compartir nuestros pensamientos y nuestro sufrimiento humano. 

Por experiencia propia puedo decir que el hombre que me salvó la vida está actualmente hospitalizado: tiene cáncer en sus huesos, en su sangre, en su hígado y en su cerebro. Nadie puede visitarlo, nadie puede estar allí con él para devolverle su generosidad, para atestiguar de su vida, para atestiguar de su muerte. Nadie puede escuchar sus últimas confesiones antes de que la oscuridad lo cobije; y nadie puede hablar de sus propias ansiedades ante la muerte. Es una tautología decir que nos moriremos solos, pero el distanciamiento social significa que mi amigo ni siquiera tiene la opción de tener testigos.  Claro, los médicos y las enfermeras le verán exhalar su último suspiro, pero su testigo es un tipo de testigo distinto: esta fuera de contexto y vacío de conexión. El distanciamiento social cuestiona esa conexión, ¿qué es?

Según Emilio Uranga, nuestra accidentalidad significa que nuestra humanidad es, en esencia, incompleta; peor, esa incompletud significa que siempre extrañamos y que, en consecuencia, siempre estamos en un sufrimiento y en una tristeza constantes. Le da el nombre de zozobra a este sufrimiento. Zozobra, dice, es “una tristeza íntima” (Análisis del ser del mexicano, p. 89). Pero esa misma zozobra, ese mismo sufrimiento, esa misma tristeza, también son lo que permite conectar y comulgar con los demás, lo que nos permite salir de nuestra soledad y colmar la distancia metafísica que nos separa; la comunión sirve aquí de punto de referencia: Uranga escribe:

Los corazones zozobrantes y apenados yacen en una oquedad penumbrosa, pero desde ahí están alertas. Repárese en la combinación de opacidad y lucidez. Sumergirse en la originaria zozobra parece ser un movimiento que lleva hacia lo oscuro, hacia la anulación de la conciencia, pero en el punto extremo de entrega a lo crepuscular brilla no alerta, la antena sutil presta a recibir el mensaje” (p. 87).

En otras palabras, zozobrar nos permite viajar de nuestra isla a otras islas y poder conversar con otras soledades. La zozobra nos permite estar todos juntos. Uranga dice:

La zozobra no es otra cosa sino el desnudo esqueleto de ese vaivén universal que hace comunicar a las criaturas de todo género unas con otras (pp. 86-87).

¿Cómo conversar con otras zozobras en las condiciones del distanciamiento social? ¿Cómo compartir mi tristeza con mi amigo agonizante? ¿Cómo puede él compartir sus miedos conmigo?

¿Acaso no hay un problema filosófico planteado aquí? Nos conminan para evitar reuniones, mantener distancia entre nosotros, de aislarnos. Creo que el problema filosófico aquí es que el distanciamiento social degrada los lazos de intersubjetividad que hemos creado a fuerza de historias sociales, culturales y personales; estos lazos se están estirando hasta su punto de ruptura, las líneas de comunicación están saturadas y tensas.

Creo que estamos intentando convencernos que podría ser peor. Que, con las redes sociales y la tecnología, quedarse en contacto es más fácil que antes; pero se siente como si estas cosas no fuesen suficientes, como si faltara algo: la posibilidad de compartir nuestro sufrimiento con otro ser humano. Podemos usar Zoom tanto cuanto queramos, nuestra zozobra permanecerá aquí donde está, sin salida, incomunicable y desesperada. Uranga escribe:

La situación está delimitada con extrema claridad. Cuando la intersubjetividad está interrumpida y las dos soledades se amurallan en el dudoso prestigio de su insularidad, el proceso de dilapidación del ser se produce con un movimiento de pendulación, vertiginosa y zozobrante. En este caso la zozobra opera como verdadera sangría, como hemorragia. Nada ni nadie puede protegernos de la consunción. En la soledad se palpa la suprema impotencia de nuestro ser, la impotencia o imposibilidad de poder con él, de comprenderlo, de prenderlo (pp. 93-94).

Ruego porque mi amigo aguante hasta que termine todo esto y que el distanciamiento social vuelva a ser nada más que el tema de los escritos de estudiantes de filosofía. Si aguanta, entonces iré a verle, en silencio, a aproximadamente un metro de distancia; allí se sentirá como si fuese comunicación de verdad. Allí, pues, eso resultará familiar: 

La zozobra está representada como un movimiento de acarreo del sufrimiento ajeno. Y esa forma de comunicación y de comunión no es pasajera, forma un hábito, no muere al momento para dejar su lugar a una impenetrable apatía, sino que se arrastra a lo largo de toda la vida, como si la herida de la comprensión de lo extraño nos gravara una vez más de modo definitivo (p. 91).

San José, California, 20 de abril de 2020.

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