Compañera de vida

Eduardo Ledesma

La palabra “intruso” remite a la incomodidad de una presencia. Un ente que altera el orden de una habitación, de un espacio y, por lo tanto, de un tiempo. Se trata de lo que no debe estar, lo que no debe ser, en la medida en que está equivocado o puede estar en un lugar inadecuado. La intrusión duele, es invasión. Algunas son deliberadas y evidentes violaciones, emergencias dolorosas que nos asaltan hasta el desconcierto. Las sufrimos en la medida en que nos sentimos limitados por ellas, haciéndose evidente la confusión, la impotencia y la incomprensión de dicho fenómeno.

Hace no mucho, Jean-Luc Nancy escribió un libro con el título de El intruso. Paradójicamente, se trata de una muy amable lectura, breve (alrededor de cincuenta páginas) que hablaba de lo que para él había sido una experiencia de intrusión, el trago amargo de necesitar un transplante de corazón, un órgano ajeno para sobrevivir, el cual su materia inmediata debía aceptar para seguir en este mundo. Dicho órgano provenía de una mujer negra, alguien que representa una diferencia importante con él, hombre blanco proveniente de uno de los países-paradigma de la civilización occidental. Se trataba del corazón de una migrante que, después de su muerte, había hallado ciudadanía en la biología de un hombre vulnerado por el desgaste físico y la enfermedad, connaturales a la condición humana, el carácter carnal y óseo de los hombres del que tanto habla Unamuno en El sentimiento trágico de la vida.

Hablando de franceses, alguna vez por recomendación indirecta -a través de una entrevista televisiva- de uno de mis actores favoritos, el argentino Julio Chávez, leí una novela de esas que tienen lo que algunos llaman, “perfil comercial”. Una obra que en su tiempo cumplió con su misión de Best-Seller para después terminar en el olvido de lo que está hecho para ciertas modas según tales perfiles editoriales, siempre relativos aunque no del todo cuestionables. El libro se llama La impura. Su autor, Guy des Cars. Escritor suficientemente célebre en su momento como para merecer un lugar en Wikipedia, a pesar de los años y su muerte. En ella narra la historia de Chantal, una mujer que contrajo la lepra a raíz del rasguño de un gato siamés proveniente de Las Filipinas. Este último detalle es ignorado por ella. Chantal cree que su contagio tuvo que ver con la infidelidad que sostuvo con un joven asiático en dichas tierras. El autor nos ofrece la imagen desgraciada de Chantal, el duelo por la pérdida de una vida privilegiada, además del doloroso alejamiento de su único hijo. Queda retratado el vértigo de su angustia en la dantesca imagen que significó su traslado a una isla de leprosos, en un barco lleno de cuerpos deformados por tan terrible mal. Seres carcomidos, incompletos, consumidos y mutilados por una bacteria que también le afecta. La sola imaginación de la pérdida de su belleza es suficiente para someterla, al verse en el espejo del futuro, cuerpos que la acompañan en la derrota que los une, cuerpos que serán junto al de ella la misma masa contagiosa y en descomposición, cuando la enfermedad la destruya junto con la culpa que siente por haber sido la amante de aquel hombre filipino. Me imagino a dicha isla semejante a lo que pudieron haber sido los leprosarios en los que llevó a cabo su práctica profesional un joven médico, Ernesto Rafael Guevara de la Serna, cuando todavía se concebía como artífice de una misión personal de índole cristiana. Ese riesgo que significa salvar al que lo necesita, el riesgo de no terminar por necesitar la misma salvación a la que uno puede contribuir sin garantía alguna de su logro. La enfermedad es una intrusa en nuestro cuerpo, una invasora que ha vulnerado los procesos naturales de nuestra biología. En ese sentido, ser portador de una enfermedad es ser la habitación tomada de un intruso, del ejecutor de un malestar que, por lo mismo, no puede ser, en sentido estricto, un huésped. No lo hemos invitado, tampoco se puede elegir. Es una posibilidad que, por lo tanto, tan sólo podemos evitar… Sin embargo, por más cruel que resulte, probablemente en esta manera de comprender la enfermedad radique la gran incomprensión de nosotros mismos ante ella.

El veintiuno de Julio de este año se cumplen cuatro del fallecimiento de mi tía María Elena, hermana menor de mi madre, segunda hija de mis abuelos. Ante la ausencia de mi padre y la complejidad de ser madre soltera, Marie, como la llamábamos, se encargó de apoyar a su hermana mayor y de ser parte de la manutención, educación y protección de mi hermano menor y yo. El recuerdo de ella es el de una segunda madre capaz de la incondicionalidad de un amor semejante al que, probablemente, le habría profesado a los hijos biológicos que decidió no tener. A los cincuenta y tres años se le diagnosticó cáncer de ovario. Pasamos por la ruta áspera de tal enfermedad, tremendamente difícil para todos, incomparablemente dolorosa para ella. La acompañamos en sus quimioterapias, terribles, difíciles y tortuosas, tan graves como la enfermedad, igual de invasivas y agobiantes. Otro violento intruso, un veneno que era remedio contra la vida atrofiante del tumor. Sin embargo, veneno al fin y al cabo. A pesar del enorme y dedicado esfuerzo de las enfermeras de oncología y del oncólogo que atendió a Marie, no hubo forma de salvarla. Falleció después de que todos y cada uno de los tratamientos posibles se evidenciaran obsoletos ante el tipo tan violento de cáncer de ovario que padecía mi segunda madre. Ella, bajo tratamiento, estaba vulnerada por la inmunodepresión característica de la quimioterapia. Si estuviera viva y siguiera en tratamiento sería una de las probables víctimas, parte del sector más acechado, por el COVID-19. Leyendo la obra de des Cars y pensando en la impureza como estigma de la enfermedad surge la reflexión sobre “la culpa” de estar enfermo, acentuada en la novela por el estigma moral que implica el tipo de vida que llevaba su protagonista. Es inevitable pensar en mi tía, en la tremenda culpa que sentía por estar enferma, la impotencia de sentirse castigada por algo -En su caso, por Dios. Sí, ferviente católica- a pesar de jamás tener motivos típicos para desarrollar cáncer -un estilo de vida descuidado que incluyera falta de ejercicio o fumar-, si tomamos en cuenta las narrativas comunes al respecto. Su pecado, según ella, (el que jamás me compartió, manifiesto tácitamente en un tremendo miedo por la cercanía de la muerte) era más profundo. No sé qué le hizo más daño, la enfermedad, la quimioterapia o la culpa. El tremendo dolor e impotencia de sentirse merecedora de su enfermedad, a pesar del carácter indescifrable, indeterminable y emergente de la biología y sus accidentes, tan explicados por la ciencia más divulgada. Hay experiencias tan angustiantes, que son verdaderas pruebas para la razón. La enfermedad es una cara de la vida, una de las más adversas. Un ser vivo que se beneficia de su confrontación con la naturaleza de otros cuerpos por ser la suya opuesta a la de ellos. Vive a costa de tal determinación, de la derrota que provoca. Nos volvemos habitaciones de esa vida en la medida en que su complejidad nos invade con la justicia indescifrable de la fisis. Ante lo indeterminable de lo que puede un cuerpo, ¿cómo negar que la docilidad del mismo ante la enfermedad es congruente con la intimidad de su biología? Quizá lo único que dependa de nosotros sea aprender a hacer de la enfermedad un huésped, aprender a compartir el descenso a la materia.

Ciudad de México, 22 de abril de 2020.

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