Breviario del año de la pandemia

Juan Carlos Canales

A Sergio Mastretta y a Víctor Reynoso,

por los años de amistad que nos unen

Observo mis estados de ánimo como si no me pertenecieran, “no como fenómenos de mí, sino como fenómenos que ocurren en   mí.” Eso me permite conjurar el melodrama de toda confesión.

A diferencia de muchos, el confinamiento ha significado para mí un remanso, un oasis; incluso, una aventura en el sentido que Simmel daba al término. Aunque sigo dando clases en línea, de acuerdo a mis horarios habituales, he podido escapar a las presiones de productividad, eficiencia, “ex-posición”, que marcan hoy la vida académica y, me parece, están muy lejos de poder elevar realmente la calidad educativa, y sí, en cambio, pasan por nuevas formas de autocontrol a través del mito del rendimiento. Sin embargo, ni la educación ni la cultura pueden estar sometidas a la lógica de cualquier otra mercancía.

Me pregunto, si la dificultad de la gente para estar consigo, para habitar el espacio de la intimidad, esa invención de Rousseau, se debe nada más a la falta de costumbre o,  por el contrario, vivimos un mundo lleno de ruido porque ya nos es imposible estar con nosotros mismos, o en una relación de tú a tú con los otros. Posiblemente, ese mundo dominado por el ruido, ese mundo donde todos sus dispositivos están encaminados a la generación de ruido, sea a la vez la causa y el efecto de nuestras consecuentes crisis políticas y de una innegable transformación de la subjetividad.

Como los personajes de Boccaccio, en medio del caos y la epidemia, encuentro pequeños espacios para la alegría: la primera, relantizar la vida, leer más despacio, ver algunas de las películas que no pude ver a lo largo del año. Sobre todo, cocinar -no importa qué tan sencillo lo haga- o detenerme en una ventana a contemplar, sin prisa, un atardecer. Visito museos virtuales, oigo música durante la comida y la cena. Sí, me declaro un heredero de los estoicos y particularmente de Montaigne, con todos los tópicos renacentistas sobre el retiro y la soledad.

También he descubierto nuevas formas de solidaridad entre mis amigos: llamadas permanentes preguntando por mi estado de salud, ofrecimientos para realizar compras en mi lugar o acompañarme a realizar algún trámite de esos que el capitalismo no perdona pese a la dimensión de la tragedia que vivimos y de la cual no alcanzamos a ver su tamaño real. Desde luego, el vínculo más fuerte lo mantengo con mi hijo; pese a la distancia, hemos encontrado otra forma de proximidad. Nos cuidamos mutuamente, al grado de ya no saber si hemos intercambiado los papeles.

Son las 4 de la tarde del domingo 19 de abril. El sol cae a plomo. Me asomo a una de las ventanas de la casa; contemplo las jacarandas ondear sus banderas de luto. Más que una ciudad adormilada por el sopor de la siesta, por el peso del aire caliente, parece que soy el único testigo de una ciudad habitada por fantasmas. Sólo el piar de los pájaros, solo la respiración y el latido de la ciudad que parecen mantenerse más allá de nosotros, me otorgan un poco de tierra firme donde asentar los pasos.

Preparo un café, escribo, me esfuerzo en dar cuenta de aquello que de otro modo me devoraría. Lo que no logramos apalabrar, apuntaría Freud, es lo siniestro, o mejor, es siniestro lo que no logramos apalabrar.  Lo que más nos asusta, lo que más nos atemoriza de la pandemia es la insuficiencia de nuestros instrumentos, aún de nuestras metáforas, para integrar el fenómeno del COVID a una cadena significante: la eficacia simbólica a la que se refirió Levy Strauss. Y, aunque se trate de un lugar común, no por ello menos preciso, asistimos al perforamiento del registro simbólico por el Real, en la terminología lacaniana.

Paseo por los anaqueles de mi biblioteca, yo que también aprendí a mirar el mundo desde los libros, voy de Lucrecio, a Defoe, a Manzoni, a Camus; me desplazo de la literatura a la filosofía, a la historia, para encontrar las pistas que me ayuden a explicar la pandemia y no puedo encontrar por mí mismo. Me concentro en temas de biopolítica- de Foucault a Mbembe; me detengo, particularmente, en Esposito y el problema de la inmunidad. Reviso mis apuntes sobre El miedo en Occidente, de Delumeau, y sobre las obras de Sontag dedicadas a la enfermedad y sus metáforas. Pero posiblemente nadie nos ayude mejor que Bergman y “El séptimo sello” a entender lo que nos ocurre, e incluso, hasta unas cuantas imágenes del “Nosferatu”, de Herzog.

Me detengo abruptamente. Pese a la brevedad del texto, me ha costado un inmenso trabajo escribirlo; he pasado todo el día frente a la computadora para terminarlo hoy mismo. Concluyo enumerando algunos escenarios posibles que seguirán al estricto problema de salud. Soy pesimista. Contemplo un paisaje desolador que se avecina. Dudo mucho que, como sistema mundo, como proyecto civilizador, algo cambie. Caminamos hacia un desfiladero, como lo anunció Nietzsche hace más de un siglo y descreo en la posibilidad de detener esa marcha suicida. Por el contrario, vislumbro una creciente brecha, todavía más notoria de lo que hasta ahora ha sido, entre el desarrollo científico y tecnológico de la sociedad occidental y su impacto en el desarrollo moral de esa misma sociedad. Como Saturno, la modernidad capitalista no ha dejado de devorar a sus propios hijos. Pero también sé lo que ha significado para los hombres que nacimos después de la segunda mitad del siglo XX renunciar a intentar cambiar el mundo. Nuestra renuncia a la utopía.

Créditos: Jacqueline Steffanoni

Apunto, a modo de resumen, los temores que me asedian, los temores que me han convertido en un sonámbulo en esta pandemia:

  1. El vertiginoso aumento del desempleo a nivel mundial y con ello una creciente masa de hombres empobrecidos, al tiempo que una notable disminución del valor del trabajo y la aparición de nuevas formas de flexibilización laboral arrojando a millones de hombres a una vida cada vez más precaria.
  2. Un crecimiento exponencial de marginación y marginalidad con la consecuente fracturación social y aumento, cuantitativo y cualitativo, de la violencia.
  3. El fortalecimiento o aparición de nuevos liderazgos populistas acompañados de oleadas nacionalistas de corte xenófobo, estigmatizador y segregativo.
  4. La consolidación de un paradigma inmunológico que rija las formas de gobernanza y control de sociedades enteras
  5. El enraizamiento de prácticas religiosas subalternas de carácter redentorista que minen los procesos democráticos en nuestro continente, así como el eminente proceso de laicización de nuestras sociedades.
  6. La visualización del otro como un inminente agente de contagio, lo que redundará en nuestra ya frágil red societal
  7. Pero, sobre todo, y el más peligroso, la elección de nuestras propias sociedades a renunciar a la libertad y a la democracia a cambio de una mayor seguridad.

Puebla, a 19 de abril de 2020

                                                  

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