Tan cerca, tan lejos…

Rafael Ángel Gómez Choreño

Pasan los días y no terminan de sorprenderme dos cosas: la distancia que me separa de las personas que considero como las más cercanas a mis afectos y la desconcertante cercanía de muchos a los que considero extraños aunque vivan conmigo desde hace muchos años.

No debiera preocuparme ni una cosa ni la otra dadas las circunstancias extraordinarias que ha generado el desarrollo de una pandemia que nos afecta a todos, pero de algún modo sé que me va la vida en ello. Sé que si ignoro el detalle en estas dos situaciones que me causan sorpresa, incluso un cierto disgusto, podría terminar muerto o gravemente enfermo. Sobre todo porque cada una de ellas parecen implicar contradicciones, aunque no lo sean realmente, sólo por la manera como puedo hacer variar su sentido significativo al interpretarlas desde el actual desorden de mis pasiones, esto es, desde el extravío y la confusión en el que me tiene puesto el conflicto cotidiano entre las tribulaciones de la ciudad y mis propias tribulaciones.

El problema es que lo que es inquietante para la ciudad en estos momentos no coincide —ni tiene por qué coincidir— con lo que resulta inquietante para uno mismo en la intimidad de la casa. Lo cual no me parece tan sorprendente. Estamos en una posición en la que nos es inevitable cambiar todo el tiempo el sentido significativo de la situación que estamos viviendo, produciendo con ello una diversidad de estados de conciencia sobre dicha situación, la mayoría de ellos francamente contradictorios. Por eso uno puede creer fácilmente que todos estamos sufriendo ante todo tipo de contradicciones —las nuestras, las de otros, las de todos—, pero, sobre todo, ante las generadas por el mal gobierno de una ciudad o de toda una nación. Ha sido cuidando el mejor interés de la ciudad o el de la nación que muchos nos hemos visto obligados a mantenernos encerrados en la casa y semejante medida de contención para el cuidado de la salud pública es lo que nos ha confrontado —quizá sin querer o por mero accidente— con algunos de los mayores riesgos a los que puede someternos una pandemia: las monstruosas paradojas de nuestra circunstancia.

Las paradojas de la cercanía son la cercana lejanía del distanciamiento y la lejana cercanía del contagio. Las paradojas de la lejanía, en cambio, son la lejana cercanía del terror y la cercana lejanía de la esperanza. Lo que me resulta sorprendente, pues, no son las contradicciones de un mal gobierno ni las que solemos generar nosotros mismos —que de hecho eran de esperarse—, sino estas paradojas que no esperaba y de las que no sabía qué tanto podían afectarme.

Sobre la distancia de mis familiares y de mis amigos, es inmediatamente evidente que me duele la imposibilidad de estar cerca y sentirlos cerca, al alcance de un beso y un abrazo; aunque no tengo la menor duda de que es ese tipo de necesidades afectivas de nuestros cuerpos dolientes y atemorizados lo que constituye el mayor riesgo de contagio en estos días. Aun así, o justo por eso, me desconcierta dolorosamente que el llamado “distanciamiento social” haya puesto al descubierto otro tipo de distanciamiento entre nosotros, no tanto en el orden de los afectos, sino en lo que se refiere a las formas de pensar y de actuar. A pesar de la distancia, me queda claro de que a todos ellos los siento cerca de mí, todo el tiempo y de maneras muy diversas, porque los guardo en lo más íntimo de mis afectos; además sé que todas esas entrañables personas me conforman o constituyen, más allá de lo que puedo ser consciente, porque somos un cuerpo común y así ha sido desde siempre. Sin embargo, es justo por esta cercanía que a muchos de ellos los he podido descubrir profundamente distantes en lo que se refiere a nuestro modo de pensar y de actuar en circunstancias extremas; lo cual se explica por el simple hecho de que no nos ha tocado vivir en la misma situación y, en algunos casos, ni siquiera en situaciones semejantes o parecidas.

En cambio, en el caso de mis vecinos, esos extraños con los que me ha tocado por suerte vivir juntos, de pronto los tengo más cerca de lo que me gustaría, aunque cada quien se mantenga en su propio encierro y procuren mantener la “sana distancia” que nos han recomendado para mantener la “salud pública”, dejando al descubierto las necesidades y los intereses comunes que nos unen más allá de nuestra voluntad por la mera vecindad, incluyendo nuestras diferencias irreconciliables. Pero incluso en esto de diferir es en lo que encuentro la similitud más desconcertante, pues ha sido los mismos intereses comunes los que nos han hecho entrar en desacuerdo con demasiada frecuencia. De hecho, así es como he logrado percatarme de que la “sana distancia” —no la de la contención sanitaria, sino la de todos los días— es lo único que nos ha hecho manejable y tolerable el vivir juntos, y que ahora que estamos obligados a sufrir nuestra inevitable cercanía, en lugar de tolerarnos y vivir en paz, nos hemos visto forzados a confrontarnos todo el tiempo, pero —y esto es lo que me resulta más sorprendente— con una inesperada disposición a ser razonables, es decir, a ofrecer razones para favorecer nuestras conveniencias comunes y contra lo que no han resultado, a final de cuentas, más que simples y vulgares intereses egoístas.

Así es como, entre las paradojas de la cercanía y la lejanía, el terror al contagio se ha estado apoderando de nosotros día con día. Pero todavía hay tiempo y espacio para alimentar la esperanza de que —más allá de nuestra posible enfermedad y nuestra posible muerte— sabremos mostrarnos compasivos y solidarios con quienes sí están enfermos o muriendo; lo cual se ha hecho especialmente importante en los últimos días porque, en estas circunstancias, todos estamos padeciendo la enfermedad y la muerte aunque aún no estemos contagiados.

Ciudad de México, a 16 de abril de 2020.

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