Seguir educando en tiempos de contingencia

Helga Caballero Quiroz

Trabajo como Maestra de Ciencias en nivel básico, en una escuela al sur de la Ciudad de México. Descubrí mi vocación por pura chiripa (amo esa palabra que explica casi todo lo inexplicable, casualidad favorable dice el diccionario). Hace ya 6 años de un día para otro pasé de coordinar un Programa de Ecología en dicha escuela, en el cual daba pequeñas pláticas sobre biodiversidad y su conservación, a estar de tiempo completo frente a grupo. Tengo a mi cargo el laboratorio de ciencias de la escuela al cual asiste a clase toda la primaria (244 alumnos), e imparto la materia de ciencias a los tres grupos de sexto grado (45 alumnos). Dar clase para mí es una verdadera delicia, lo disfruto muchísimo. Escuchar las preguntas y comentarios de los niños y los no tan niños me llenan el espíritu y me inspiran a prepararme más para poderlos guiar. Quienes son maestros estarán de acuerdo conmigo que una vez que en un salón se da un diálogo y se conectan las emociones, sin importar el tema, el ambiente se invade de un placer y un sentir de bienestar inexplicable.

Ahora mismo, en la contingencia sanitaria y el distanciamiento social que vivimos extraño dar clases: el bullicio, la interacción en un aula.

Cuando todo esto comenzó recibimos la instrucción de que a partir del 17 de marzo debíamos establecer comunicación con nuestros alumnos vía la plataforma virtual del colegio (aulas virtuales), Zoom (Videoconferencias con mensajería en tiempo real e intercambio de contenido), y Google Classroom (plataforma que permite gestionar clases virtuales de manera colaborativa). Mis compañeros y yo de un día para otro tuvimos que adoptar estas plataformas (que ya usábamos esporádicamente) como la única forma para continuar con nuestras clases. Pensar que debía atender el proceso educativo de mis alumnos vía estas plataformas me abrumó muchísimo, aun y cuando manejo bien la tecnología.

Soy una persona muy serena y generalmente en momentos de crisis trato de acomodar mis emociones para poder encontrar su origen y poderlas controlar. Mi sentir estaba invadido por la angustia al intentar contestar la pregunta ¿cómo le voy a hacer?… Tuve que enlistar paso a paso mi proceder para resolver y atender lo que mi coordinadora y la situación de contingencia me pedía: “dar clases en línea”. Como primer paso tuve que instalar internet en mi casa, pues por convicción propia no lo había hecho, tengo una hija pequeña y me gusta mucho que pasa horas jugando sin ver la televisión ni pedir el celular.

Mi angustia creció cuando llamé a las compañías que prestan dicho servicio para solicitar la instalación y me dijeron que tenían mucho trabajo y que podían venir en 5 días. Cuando por fin llegó el mesías… perdón, el técnico de la compañía (es que así lo vi, como un salvador) quedó el servicio en un par de horas. Mi angustia bajo un poco pues ya tenía la herramienta para comunicarme con mis alumnos…

La herramienta para comunicarme… aquí comenzó mi reflexión y mis ganas de escribir algo sobre la educación en estos tiempos. Vivo en un país en donde la gran mayoría de los niños que asisten a la escuela y también muchos maestros no cuentan con internet en casa, por lo cual inmediatamente me pregunté ¿cómo le van a hacer? Fue entonces que me di a la tarea de investigar a través del contacto de diferentes maestros de escuelas públicas en la ciudad y algunas rurales. Escribí mensajes, hice algunas llamadas y muchas personas me compartieron información muy útil.  

En esta contingencia sanitaria del COVID-19, la mayoría de los maestros dan clase por WhatsApp, a través de su teléfono (con el costeo de sus propios datos) mandan diferentes trabajos y tareas a sus alumnos y en el mejor de los casos, si los padres tienen un teléfono con cámara, pueden sacar evidencia del trabajo y enviarlo de regreso por el mismo medio. El maestro da retroalimentación por esta vía también; lo que me hace pensar en las horas que estos últimos pasan en el teléfono y el consumo de sus datos personales. Varias escuelas, asimismo, aprovechan las transmisiones por televisión de la SEP (Secretaría de Educación Pública, de México) en algunos canales abiertos que comenzaron a salir unas semanas antes del receso de semana santa.

Los maestros envían a sus alumnos preguntas sobre algún tema de la transmisión y éstos envían sus respuestas por la aplicación mencionada. En zonas rurales los maestros usan la radio comunitaria para dar clase; eligen temas de las currícula de los diferentes grados y los desarrollan, y a través de altavoces pueden ser escuchados por las comunidades. No pude enterarme de cómo se da la retroalimentación con el alumno en este caso. Otros tantos van a casa del maestro con “su sana distancia” por trabajo y del mismo modo lo entregan de regreso. Hoy leí sobre una maestra que camina más de 10 km para entregar casa por casa el trabajo a los alumnos y después recogerlo y evaluarlo.

Una gran cantidad de la población estudiantil, a su vez, no está recibiendo clases. Las familias necesitan de los menores de edad en casa para resolver, en la medida de lo posible, el día a día de los recursos en casa. En Estados Unidos el alcalde de Nueva York anunció: “Las familias que no posean el equipamiento necesario recibirán ordenadores y tabletas en préstamo de la alcaldía. Un total de 175 mil ya fueron enviadas a niños de la ciudad. Nuestros maestros y padres son héroes y la ciudad los va a ayudar con lo que necesitan”.[1]

En mi entorno educativo, mis compañeros y yo hacemos videollamadas con nuestros alumnos. En ellas damos temas y podemos tener interacción con los alumnos casi como dar clase. Mandamos trabajos por aulas virtuales y hacemos evaluaciones en línea. Compartimos lecturas y videos que hemos hecho ex profeso o aquellos ya existen en la red, y a través de una evaluación valoramos lo aprendido.  

Yo soy bióloga no pedagoga, lo único que me acredita como maestra es mi vocación y el amor que les tengo a mis alumnos, y aunque tengo a la mano las herramientas para seguir “dando clases” puedo decirles que el proceso de enseñanza se queda trunco. He aprendido que en educación básica, preescolar y primaria, el contacto personal del alumno con el maestro es parte de su formación; he leído mucho, y he vivido personalmente la importancia del contacto emocional para un buen aprendizaje y hoy no lo tengo, hoy no lo tenemos. Cuando veo a mis alumnos en el monitor los siento y me siento a la deriva y ocupo un espacio de mis sesiones para preguntarles cómo están y cómo se sienten. Cuando les mando trabajo por aulas virtuales siempre comienzo con una frase afectiva y me despido con buenos deseos de que se cuiden y estén bien.

Se habla mucho sobre lo que nos dejará de enseñanza lo que estamos viviendo; que no podemos seguir igual; que debe haber un cambio en cada uno de nosotros. Nosotros no estamos en posibilidad, o al menos yo, de llevar internet a todos los estudiantes y maestros que no lo tienen, ni repartir ordenadores y tabletas, pero si estamos en posibilidades de apoyarnos compartiendo. Por mi parte no voy a esperar a que esto termine, voy a compartir a través de mis redes sociales y plataformas como YouTube todo el material audiovisual que yo misma vaya produciendo para mis clases. Ojalá llegue a muchos maestros y puedan usarlos con sus alumnos. Ojalá y realmente la experiencia nos cambie.

Ciudad de México, 18 de abril de 2020.


[1] https://www.jornada.com.mx/ultimas/mundo/2020/04/11/por-covid-19-escuelas-de-ny-permaneceran-cerradas-todo-el-ano-escolar-5708.html

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