La isla de los muertos sin nombre

Yahair Gil

Hacia el último cuarto del siglo XVIII los cartógrafos británicos nombraron Heart Island  ―debido a su forma que les recordaba al corazón humano­― a una pequeña isla que se encuentra a un costado de City Island, al noroeste del Bronx en Nueva York. Hoy la isla se llama oficialmente Hart Island, aunque es popularmente conocida como la “Isla de los muertos”. Se estima que yacen ahí más de 1 millón de cadáveres,[i] enterrados de forma organizada en rústicas cajas oblongas, en múltiples fosas comunes.[ii]

Hart Island es conocida también como The Potters’s Field[iii] (el campo del alfarero), término en inglés que hace de sinónimo para la fosa común, lo mismo que para designar un cementerio de indigentes. El término desde luego es ambiguo, puede utilizarse para designar tanto a la ubicación espacial (al cementerio o fosa) como a los tipos de cuerpos que yacen en esos espacios. De modo más claro, Potters’s Field es donde yacen “los más inútiles, generalmente en condiciones ‘comunales’”.[iv]

Hablar de Hart Island es hablar de una historia de la muerte. Pero no de cualquier muerte, sino de una muerte muy particular. Los cadáveres ahí enterrados pertenecen a los excluidos de la ciudad: los marginados, los apestados, ancianos, enfermos, indigentes, presos, gente improductiva, adictos, bebés, los sin nombre…

Así ha sido siempre. En esta isla fueron enterrados soldados que participaron en la Guerra de Secesión estadounidense, que finalizó en 1865. Años más tarde, en 1868, la ciudad de Nueva York adquirió Hart Island para convertirla en un cementerio público. Durante la epidemia de fiebre amarilla de 1870 en esta isla personas enfermas fueron confinadas en aislamiento, pero los entierros masivos comenzaron en 1875. Para comienzos del siglo XX la isla albergó un asilo de personas ancianas y un hospital de mujeres tuberculosas, también dio lugar a un reformatorio para jóvenes. En 1914 con la intención de desahogar el exceso de población de las cárceles de la ciudad de Nueva York, los ancianos prisioneros fueron enviados a Hart Island. Durante la Segunda Guerra Mundial la isla fue empleada por el ejército como cuartel disciplinario y una vez terminada la guerra la isla mantuvo un uso variable entre prisión, asilo, casa de rehabilitación e incluso base de misiles durante la Guerra Fría.[v]

Créditos: John Minchillo 

Los enterramientos masivos en esa isla no cesan. Hart Island sigue siendo el espacio destinado a la población que muere en la calle, la gente irreconocible, los vagabundos, los pobres, los parias urbanos.[vi] Recientemente su nombre volvió a llamar la atención, pues en esa pequeña isla son enterrados diariamente por decenas los cadáveres de neoyorkinos e inmigrantes de la ciudad, enfermos por COVID-19 que no son reclamados por sus familiares, simplemente porque no los tienen o porque si los tienen no pueden pagar sus servicios funerarios.[vii] Hasta antes de la pandemia las fosas comunes eran cavadas por presos del complejo penitenciario de Rickers Island. La metáfora es simplemente siniestra: vidas que no merecen la pena vivirse enterrando cadáveres de desconocidos que no merecen el llanto ni el reconocimiento.[viii]

Los modernos y gigantescos rascacielos de la ciudad de Nueva York, The city of cities, proyectan enormes y frías sombras en las que viven innumerables homeless. En la ciudad no hay espacio para estas personas indeseables, ni si quiera cuando mueren; el único espacio que tienen estas personas es el que sus cuerpos ocupan[ix] en la profundas zanjas del Potters’s Field.

Las ciudades primigenias tuvieron lugar gracias a la construcción, cuidado y protección de las tumbas, porque ellas permitían el vínculo de los vivos con sus muertos.[x] La tumba intenta hacer perdurable la estructura material y efímera del cuerpo finito. Así que la edificación de una tumba, logra, después de la muerte, la transformación del cuerpo en un monumento, en “la expresión tangible de la permanencia o, por lo menos, de la duración”.[xi]

Pero en el siglo XXI la ciudad no guarda ninguna relación con sus muertos, los muertos sin nombre, sin tumba y sin ritual de duelo están condenados al olvido, a la verdadera muerte. Los vivos seguirán muriendo y las ciudades morirán si no logran reivindicar su historia reconociendo a sus muertos. De lo contrario, nuestro destino no tiene sentido, nos enfrentamos a un presente sin memoria y a un futuro sin historia.

Mientras tanto nos corresponde pensar en nuestro país, en nosotros, en nuestros muertos. ¿Qué pasará con nuestros muertos? ¿Quién les dará nombre? ¿Se abrirán más fosas, se cavarán más zanjas, se abrirán campos enteros para todos nosotros? México era ya mucho antes de la pandemia el país de los muertos sin nombre.

Ciudad de Puebla, 17 de abril de 2020


[i] S/A., “History”, en The Hart Island Project (consultado el 14 de abril de 2020). Recuperado de: https://www.hartisland.net/history

[ii] En los últimos días se puede ver circulando las fotografías de estas cajas que hacen de féretros y las fosas cavadas de forma lineal en los medios de comunicación internacionales. Fotografías más antiguas pueden verse en “Rare photographs of Hart Island, New York’s potter’s field”, en New-York Historical Society.org (consultado el 16 de abril de 2020). Recuperado de http://blog.nyhistory.org/rare-photographs-of-hart-island-new-yorks-potters-field/

[iii] El nombre de “campo del alfarero” proviene del sitio donde los alfareros recolectaban arcilla roja de alta calidad para la producción de cerámica. Pero la historia del término tiene su origen en el pasaje bíblico donde se narra el suicidio de Judas (Mateos, 27: 1-8): Los sacerdotes del consejo que condenaron a muerte a Jesús habían pagado treinta piezas de plata a Judas, por haberlo entregado. Judas antes de suicidarse, sintiéndose culpable y arrepentido por la condena a muerte de Jesús, devuelve estas monedas a los sacerdotes, quienes las rechazan por tratarse de monedas que pagaron el precio de sangre inocente. Posteriormente deciden comprar, con esas monedas, el campo del alfarero [potter’s field] como campo de sepultura para extranjeros. “Por lo cual aquel campo se llama hasta el día de hoy: Campo de sangre [Field of Blood]”, S/A., “Mateo 27:1-8”, en Biblie Gateaway, (consultado el 14 de abril de 2020). Recuperado de: https://www.biblegateway.com/passage/?search=Mateo+27&version=RVR1960 Véase también la entrada al concepto de “Potter’s Field”, en Wikipedia (consultado el 14 de abril de 2020). Recuperado de https://en.wikipedia.org/wiki/Potter%27s_field#cite_ref-1

[iv] Graham Denvery, “The Potter´s Field”, en Comparative Studies in Society and History, vol. 60, 2008, pp. 539-568. Disponible en línea: https://www.cambridge.org/core/journals/comparative-studies-in-society-and-history/article/potters-field/AE06740FC31E23B169CFC8B8659A73C2/core-reader

[v] Allison C. Meier, “Pandemic victims are filling NYC’s Hart Island. It isn’t the first time”, en National Geographic, (consultado el 14 de abril de 2020). Recuperado de https://www.nationalgeographic.com/history/2020/04/unclaimed-coronavirus-victims-being-buried-on-hart-island-long-history-as-potters-field/ ; S/A., “City Cemetery Hart Island (Potter’s Field)”, en Correction History (consultado el 15 de abril de 2020). Recuperado de http://www.correctionhistory.org/html/chronicl/nycdoc/html/hart.html

[vi] Hago alusión al maravilloso libro de Loïc Wacquant, Parias urbanos. Marginalidad en la ciudad a comienzos del milenio, Buenos Aires: Manantial, 2001.

[vii] Redacción, “Coronavirus en EE.UU.: los entierros en una fosa común en Nueva York, la ciudad que tiene más casos de covid-19 que cualquier país del mundo”, en BBC Mundo (recuperado el 15 de abril de 2020). Recuperado de https://www.bbc.com/mundo/noticias-internacional-52243771

[viii] Aludo a la idea de las vidas que son lloradas, en el conocido libro de Judith Butler, Marcos de guerra. Las vidas lloradas, México, DF: Paidós, 2010. Actualmente existe un gran proyecto promovido por Melinda Hunt llamado The Hart Island Project para asistir a las familias e individuos de bajos recursos económicos para acceder a la información pública relacionada a los entierros y que ellos puedan registrar sus historias personales, como un intento de reivindicar la identidad personal y familiar de las personas enterradas en la isla, ver su sitio web: https://www.hartisland.net/

[ix] Juego aquí con la noción de espacio y lugar en los términos de Marc Augé cuando se rehúsa a la noción de lugar como el “espacio en la que el cuerpo es colocado, tal y como un cadáver ocupa una tumba”. Prefiero tanto como Augé una concepción activa de la noción de espacio y lugar relacional, ver Marc Augé, Los “no lugares”. Espacios del anonimato, Barcelona: Gedisa, 2008,  p. 59.

[x] Lewis Mumford, La ciudad en la historia, La Rioja: Pepitas de calabaza, 2002, p. 15 y ss.

[xi] M. Augé, op. cit.,  pp. 65 y 67.

Un comentario

  1. Tu texto es magnífico. Se abordan temas muy interesantes y los planteas con mucha naturalidad en pocas palabras. Ha sido muy estimulante leerte. Me haces preguntarme, por ejemplo, ¿qué pasaría con todos estos cuerpos sin la existencia de esta isla? ¿Acaso su existencia debiese condenarse? ¿No es producto de que la exclusión, el olvido, el repudio de algunos muertos o de sus cuerpos putrefactos es siempre anterior a la existencia de este tipo de lugares? Sí no fuera en esta isla, ¿dónde propones que tengan entierro este tipo de muertos? Y también me haces cuestionarme si es realmente esclarecedor el vincular el caso de esta isla, que es como una enorme “fosa común”, con el caso de los muchos muertos enterrados clandestinamente en México y otros países, que parecen corresponderse, por lo mismo, con la idea o imagen de una “fosa clandestina”. Los muertos sin nombre son resultado de muy diferentes voluntades de soterramiento, desaparición, silencio, ocultamiento u olvido. Así que me pregunto si podemos ganar algo teóricamente —o incluso en la práctica de los cuidados funerarios de nuestros muertos— al meterlos a todos en la misma olla.

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