Pandemia. Replegarse o morir

Arturo Aguirre

Todo empezó a baja escala.

Nos enteramos de un caso aquí y de otro allá. En realidad, la nota informativa del periódico no era de llamar la atención, dado que era una nota entre otras. Después se sumaron las breves radiofónicas: menciones de lugares muy lejanos, kilómetros de distancia en donde alguien moría. La televisión, las redes sociales, todo poco a poco se fue contagiando de la información.

Tuvimos la lentitud, esa temporalidad que viene cuando algo que dura crece sin prisa.

Créditos: Mauricio Moreno. EL TIEMPO

Nosotros, en México, somos muy afectivos con nuestros muertos, hasta somos reconocidos internacionalmente por esa virtud funeraria, producto folclórico en calidad de exportación, resultado de un proceso histórico que va de la cultura popular hasta la política cultural de nacionalización de la muerte (Lomnitz, Idea de la muerte en México). Sí, somos los de nuestros muertos y la ofrenda, los de la catrina y la familiaridad con ella, somos eso que nos hace gritar

si me han de matar mañana

Muy afectivos con nuestros muertos, los de casa, los de nuestra calle, los del barrio. Pero con los que no conocemos, pues hasta el afecto tiene sus límites y este es un país muy ancho desde el río Colorado hasta el Suchiate, desde Baja California hasta Veracruz. Quién puede atender con compasión a tanto muerto.

Hay sus excepciones, desde luego. Somos hermanos cuando las entrañas de la tierra en el “cinturón de fuego” balancean y derrumban edificaciones aquí y allá (19 de septiembre es la fecha que nos recuerda ciertos momentos en los que aquellos muertos, otros y de otros, se pueden hacer propios, pero eso es un rato nomás) o cuando llega el huracán, las inundaciones, los deslaves, etcétera. 

Eso quizá da una meridiana explicación de que cuando llegaron las noticias de algunos muertos, de cientos de muertos, de miles de muertos, no nos inquietamos. Ante un problema mayor se hace lo que humanamente se puede: se niega; cuando el problema crece y no cede entonces se minimiza.

Poco a poco la situación se enrareció. Las instituciones fallaron, los poderes fallaron, y por cansancio, fatiga moral o porque el híperindividualismo moderno que viene de lejos (injerto colonial) se juntó a la búsqueda egoísta de la salvaguarda personal… quién sabe lo que pasó, lo cierto es que todo eso nos llevó a replegarnos.

Créditos: AFP

Pasamos de nuestros días excepcionales de miedo a los otros de la normalidad cotidiana en el miedo.

Quienes pudimos nos bunkerizamos: privilegio de algunos, deseo de muchos. La estratificación social se alteró: supimos que los más privilegiados eran los que encontraban los espacios mejor resguardados y cuidados para refugiarse.

Así, del caso extravagante en los flujos de información, la situación se extendió a la normalización mediante la cifra y el dato. Los muertos nos sonaban cada día a números insaboros, porque eso tiene la abstracción: hace de alguien un número pulcro, sin rastros de hueso, sangre, anhelos, palabras…. Pero si lo pensaba uno, cada muerto implicaba desde sí la rotura de un mundo en sus vínculos familiares, societales, sociales, estatales, etcétera. Una estela de deudos, un espacio doliente.

Las cifras fueron desbordantes, también agobiantes a ratos. Llegado el momento, no había registro claro: municipios, estados, el gobierno federal, todos manipularon los números de muertos para mantener en mínima operación y credibilidad a las estructuras formales del poder que regaron y cosecharon gracias a la sangre de eso que llamaban sin bochorno el pueblo.

Nosotros, los vivos, tardamos mucho en reaccionar. Porque ahí estaban todas las estrategias del periodo histórico del espectáculo: la industria cultural y las técnicas de gobierno con todo el uso de la fuerza espectacular (G. Debord, La sociedad del espectáculo). Haciendo del espectáculo la realidad y de la realidad espectáculo. Se nos dosificaba la imagen y el dato; nosotros dosificamos la indignación, la crítica y el duelo por los muertos que no eran nuestros. Hasta las ciudadanías críticas, esas bienpensantes, eran alimentadas vía la información crítica (espectacular). Comenzamos a balbucear como un bebé hambriento palabras sin sentido, confeccionadas en idiomas que no eran el nuestro: biopolítica, estado de excepción, necropolítica, Estado fallido… señalamos con un remanente mesiánico al encargado del poder ejecutivo, como si fuera el monarca, olvidando la república, la división de poderes, la estratificación de gobiernos… es decir, señalamos en Facebook, Twitter, change.org, y cuanto espacio virtual se nos ponía de frente, porque así sentimos que algo podía cambiar diciendo cosas evidentes. La maquinaria del espectáculo funcionaba, porque los muertos eran cada vez más y estaban cada vez más cerca, y nosotros en las evidencias sentíamos que esclarecíamos algo. Las morgues estaban sobrepasadas, y no lo vimos venir porque creció lento y cuando se aceleró preferimos asumir que seguía en la lentitud de su extensión e intensidad.

No entendimos, pues, que esto era una epidemia, y desde antiguo fue algo temible para los pueblos y civilizaciones (Girard, La violencia y lo sagrado). Los griegos se referían a eso como lo epidemiós porque es lo que afecta al pueblo, a la organización integral de la polis (de sus ciudadanos, de sus instituciones sociales, políticas y económicas) que de por sí es sumamente frágil, y basta un agente desestabilizador en acción para ponerlo en riesgo.  

Las cosas fueron como fueron y quienes pudimos más nos recluimos más. Nos aislamos socialmente. Salíamos al trabajo lo mínimo indispensable. En la calle sentíamos la angustia de que algo podía pasarnos. Dejamos de ir al cine, dejamos de hacer ejercicio en los espacios abiertos, llevamos a los niños con miedo a los parques y después definitivamente dejamos de llevarlos. La posibilidad de ser un número más en la cifra de muertos creció.

Los periódicos, las ondas radiofónicas, el ciberespacio, todos los medios de comunicación, masiva y focalizada, enunciaban minuto a minuto la emergencia humanitaria por la que pasábamos; quiero decir, en la que nos instalábamos, porque todo se había propagado para durar. Conocimos la durabilidad del daño, cuando parece que el agente del daño no se cansa y no deja de expandirse, replicándose en otros. 

Tuvimos que aprender a hacer de la casa un lugar de despliegue vital: salíamos lo necesario ante la amenaza latente de los otros que cada vez eran más. En casa montamos los despachos de trabajo, los gimnasios, los espacios de arte, recluimos a los niños, cuidamos a los más vulnerables, consumimos más espectáculo a través del wifi y de los servicios streaming, nos alejamos de los amigos y los seres queridos porque tuvimos miedo de salir o hacerlos salir: viajar por carretera, salir de noche, tomar algo en las terrazas, abordar el transporte público o el uber.

Decidimos señalar al poder ejecutivo en las ciberprotestas, en las ciberdemandas, le dimos compartir a noticias fidedignas y con contenido crítico, porque vivíamos con miedo en casa o en los espacios de trabajo, pero no queríamos renunciar al mundo.   

Después llegamos a este 2020 y a aquella epidemia de muerte iniciada con la declaratoria de guerra contra el narco le sucedieron años y años de desatinos terribles por todos los poderes de la nación, por todos los niveles de gobierno, que instaló entre nosotros un proceso eliminacionista y de violencia en masa por los poderes fácticos de la delincuencia organizada (células delictivas, empresarios, políticos, fuerzas militares, fuerzas policíacas, civiles enrolados por las buenas y por las malas, y un amplio etcétera). Es este contexto que ha dado lugar a más de 300 mil asesinatos, más de 11 mil niños desaparecidos, en un país con 7 feminicidios al día… pero todo son cifras que no dimensionan los sufrimientos sociales de México hoy.

El COVID-19 hace lo suyo. Mis colegas en el Pensar la pandemia Project se esfuerzan por pensar no sus dimensiones epidemiológicas sino los procesos humanos de poder, de decisión y de acción; así como los deseos, las esperanzas y las prospectivas de cambio. A fines de febrero y principios de marzo el gobierno federal empezó con las acciones de desmovilización y distanciamiento social; era tarde, la sociedad había tomado ya sus propias acciones.

Mientras tanto, en el primer trimestre del 2020 el país registró los niveles más altos de muerte en un ambiente criminógeno sin par.

Nos han mandado a casa, pero algunos ya estábamos ahí. Los R15 y las 9mm sonaron esta tarde a 800 metros de casa.

Cholula, 14 de abril de 2020

Un comentario

  1. ¡Maravilloso! Da gusto leer algo que de inmediato nos saca de las superficies e inmediatez en las que nos mantiene colocados la opinión pública; algo que se elabora y nos mete en su entretejido con los delicados artificios de la pluma y el pensamiento. Es completamente atinado tener presente que el estado de excepción en México no es de ahorita, sino desde hace mucho tiempo. Aunque el texto me hace preguntarme, más allá de sus planteamientos, si los horrores de la muerte en México no son de mucho antes, si esa es justo parte de la explicación de lo que nuestras costumbres y ritos funerarios implican no sólo como expresiones de una cultura popular, sino como expresiones de un conjunto muy rico de estrategias de conjuro ante el horror de la muerte que han producido las profundas injusticias sociales desde la que se ha articulado nuestra historia. Los síntomas de algo nuevo en ese viejo drama de nuestra nación son las notas específicas del terror como política de Estado. Pero hay que tener en cuenta que el terrorismo no es sino producto de una cierta normalización del miedo, del temor, del espanto. Son las huellas del movimiento político del terror-pánico buscando producir nuestro encierro. Pero no todas las personas se han encerrado, hay bellas historias de lucha y resistencia en contra de la barbarie.

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