Ciudades atípicas

Alicia Paredes

Metropólis (1927), dirigida por Fritz Lang, presenta un concepto extraordinario de la Gran Ciudad del siglo XXI. En el filme, Joh Fredersen es el cerebro de la ciudad y punto cero que divide la forma de vida en la superficie, habitada principalmente por intelectuales, con determinados espacios de ocio, edificios, maneras de transitar y medios de transporte. En la parte de vida subterránea, está la ciudad de los trabajadores, a la cual Fredersen refiere como la Gran máquina: la sala de máquinas operada por los trabajadores.  

El cambio de turno hace notar dos bloques de trabajadores en una formación bien sincronizada; en el primero se perciben cuerpos dóciles sin expresión que se dirigen a la sala de las máquinas; en el segundo, los que van de salida, llevan una marcha forzada, movimientos sumamente lentos, igualmente inexpresivos. En la ciudad de los trabajadores solo tiene sentido la realización de labores extenuantes al ritmo de las máquinas.

Freder, hijo de Joh,  llega  por accidente a la sala de las máquinas y es testigo de una gran explosión. Abrumado, se dirige a su padre y le cuenta lo que ha visto; confundido lo cuestiona: “tu magnífica ciudad, Padre, y tú, el cerebro de esta ciudad, y nosotros bajo su luz…  ¿Y dónde está la gente, Padre, cuyas manos construyeron la ciudad? La respuesta es precisa: en las profundidades”.

La actual pandemia se ha gestionado desde el principio, y con seguridad, hasta su fin, a partir de una perspectiva económica, donde la preocupación en términos de salud pública ha sido secundaria. La economía ha sido el enclave de las decisiones de la gran mayoría de los gobiernos en los más de cien países afectados al día de hoy. El número de muertos por covid-19 sigue sumando, tanto que no queda espacio en funerarias y morgues. Se nos informa de la  improvisación de morgues temporales para almacenar los cuerpos en camiones frigoríficos, fosas comunes, o espacios recreativos como el Palacio del Hielo de Majadahonda en Madrid.

Para muchos, puede que la crisis sanitaria signifique que nos encontramos en una situación extraordinaria que rebasa las capacidades del Estado para contrarrestar su impacto; para otros, lo que se ve es bien distinto: la inconsistencia de las decisiones del Estado respecto al cuidado de la población, o que el cuidado de la población es inconsistente con las dinámicas económicas bajo las cuales funciona el Estado.

Fue difícil la decisión del confinamiento porque ello implicaba paralizar la actividad económica, pero finalmente fue impuesta aunque de manera parcial; los números no cedían y solo entonces se procedió a un confinamiento más rígido que duró tan solo una semana. La polémica decisión de permitir que las actividades industriales y de construcción volvieran a operar nos llevó a preguntarnos una vez más qué clase de estado de alarma es este que en cada prorroga se dice y desdice afectando a la ya de por sí machacada clase trabajadora.

Después de todo no hay nada nuevo. La Gran Máquina no puede parar, la sala de máquinas no puede permanecer vacía y los trabajadores tienen que hacerla funcionar, aun a costa de su propia vida. Resulta que no es grave que los obreros vuelvan al trabajo porque siempre fue el terceto de medidas de higiene  (distancia interpersonal, higiene de manos, extrema higiene en espacios públicos y privados) el camino hacia la desescalada de la pandemia, entonces ¿qué sentido tiene seguir bajo un confinamiento tan severo?

En este sentido, es ilustrativo el análisis de la ciudad moderna que hace Michael Foucault en Seguridad, territorio, población. En el texto precisa: “de eso se trata en el siglo XVIII: resituar la ciudad en un espacio de circulación”.[1] Herederas de esta idea, nuestras ciudades contemporáneas cobijan bajo su luz a la población conformada por turistas, estudiantes, gente de paso; y en las profundidades, en los espacios recónditos de fábricas, empresas, fosas comunes, etcétera, se encuentran las manos que construyen estas ciudades.

Estamos en una situación atípica que requiere de medidas atípicas, pero no podemos tolerar una ciudad atípica. Así que los trabajadores vuelven a sus puestos, en un gran experimento de desplazamiento y concentración en espacios públicos. Las bibliotecas, los teatros, los estadios, los parques, los cines, los museos, las playas, difícilmente estarán abarrotados por los trabajadores; es la movilidad en la superficie la que debe ser controlada porque es imprevisible, en cambio la movilidad de los trabajadores es calculable. Al final, la pandemia se perfila a hacer más exhaustivo el control de la circulación de habitantes en las ciudades y la movilidad internacional. Las fronteras del siglo XXI tienen forma de carnés.

Madrid, 17 de abril de 2020.


[1] Michel Foucault, Seguridad, territorio, población: Curso en el Collège de France: 1977-1978, Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica, 2006, p.29.

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