Habitar en tiempos de Pandemia (III)

José Antonio Mateos Castro

Vivimos la primera pandemia de la historia humana que seguimos en tiempo real, algo así como cuando se suscitó la primera “guerra nintendo” -la Guerra del Golfo Pérsico- a inicios de la década de  1990; una guerra que fue seguida virtualmente y publicitada a través de los medios de comunicación minuto a minuto.

Al igual que ayer, empezamos nuestro día contando a los nuevos infectados por el COVID-19, el aumento de los decesos, los descartados y los afortunados casos de recuperación, según los datos oficiales y, por supuesto, los casos  potencialmente que están en cualquier lugar (cine, supermercados, pasillos, parques, hogares, etc.), y que incrementarán las cifras. Todo se ha convertido en una cuestión de números, del aplanamiento de la curva (menos casos de infección en un periodo corto) ante este enemigo invisible que refleja la mundialidad de nuestra humanidad; una “igualdad” ante el virus (contagio-muerte) que no diferencia entre países del Norte y  países del Sur[i]; entre ciudadanos del primer mundo y los millones de pobres que habitan en los países en desarrollo (migrantes, desplazados, marginados, etc.)

Sin embargo, la trasparencia y contradicciones del modo de producción capitalista en esta media noche de pandemia, demuestra que no todo puede ser subsumido por la producción, circulación y acumulación de capital; de su individualismo exacerbado, de un mercado liberado de cualquier regulación y del sólo disfrute individual de sus fantasmagorías. Ideología que causó la crisis de los sistemas de sanidad tanto del Norte como del Sur (educación, energía eléctrica, agua, comunicaciones, la banca, etc.), desde hace más de treinta años. Y cuya situación se hace visible con la pandemia, ya que ésta ha rebasado los sistemas de salud públicos debilitados por la mercantilización y privatización por el hoy llamado neoliberalismo.[ii]

En ese marco, el sálvese quien pueda (egoísmo), es una forma de “dejar morir,” de dejar pasar. Por ejemplo, los médicos en Italia, asignan los ventiladores a la población que tiene más posibilidades de sobrevivir, dejando morir a los viejos y a los más frágiles (seres desechables). Y según la Guía bioética de aplicación de recursos de medicina critica, publicada en la página del Consejo Salubridad General de nuestro país, aunque en este momento no es una decisión ejecutiva, establece  que “se deben salvar la mayor cantidad de vidas-por-completarse. Y de entre las vidas-por-completarse hay que elegir aquellas que están en etapas más tempranas.” En otras palabras, los pacientes más jóvenes recibirán atención de cuidados intensivos sobre pacientes de la tercera edad en caso de que haya que tomar una decisión. La Guía tiene la función de ayudar a tomar decisiones cuando hay una mayor demanda en los recursos de medicina crítica que no es posible satisfacer.[iii]

Y es a través de los diferentes medios de comunicación y redes sociales, que observamos también la histeria de compras irracionales (agua, papel higiénico, guantes, gel, etc.) de una población que pierde poco a poco la “conciencia por los sistemas democráticos y por sus derechos más elementales”, afirmando su sólo poder adquisitivo (supervivencia egoísta), porque comprar hace libres, brinda seguridad y es refugio para los miedos y la “frustración depresiva” que provoca el aislamiento. Tal vez ello se deba a los imaginarios del cine hollywoodense que han poblado nuestro mundo de la vida: films de epidemias, zombis y plagas que anuncian el apocalipsis de la humanidad y, que han moldeado las formas de responder ante circunstancias extremas, aunque en esta ocasión los héroes y heroínas que tratan de salvar a la población son anónimos (médicos (as), enfermeras (os), camilleros (as), personal de mantenimiento), de carne y hueso; frágiles y susceptibles de ser contagiados.

Ante la ausencia de una vacuna, ya que la investigación científica aún no la encuentra, se ha recurrido a métodos tan básicos y antiguos como la higiene, el aislamiento y la cuarentena, medidas de supervivencia que desafortunadamente no nos aseguran la inmunidad, pero parece que por el momento son la mejor opción. Es así que autoridades de los países más afectados –hoy el nuestro- comenzaron a aplicar la política de distanciamiento social: la no proximidad entre la población. Y se ha asumido esta medida, mal que bien, con voluntad y cierto optimismo como una estrategia moral y responsable. Sin embargo, tales acciones harán más lento el esparcimiento del virus, pero no lo curará. Aunque, ordenar el encierro de la población es una difícil decisión para quienes consideran un dilema entre salvar vidas de una amenaza desconocida todavía y destruir la economía, entre atentar contra los derechos individuales y actuar para salvaguardar a la población. Sin embargo, lo más importante será lo que sigue después de dichas decisiones y acciones, ¿cuáles serán las siguientes medidas para anular el virus y continuar con nuestras vidas? ¿Qué habrá que cambiar si es que es posible cambiar algo ¿Qué habremos aprendido de dicha lección?

Pues, por el momento refugiados en casa en compañía de Televisa, Netflix, Amazon, Claro video, etc. Nuestra vida depende de la comida, medicinas y bienes a domicilio. En ese sentido, nos hemos convertido en una comunidad de soledades (digitales), aunque también la soledad puede ser una llama,  ¿Qué vendrá después de la soledad? (Mario Benedetti)


Ciudad de Tlaxcala, 15 de abril de 2020.


[i] Aunque reconocemos que una parte de la población es más vulnerable al virus; la población de la tercera edad, aquella con enfermedades degenerativas y los que no tienen acceso a la salud pública.

[ii] Para este modelo económico, la competencia es fundamental en las relaciones sociales, pues el mercado siempre producirá beneficios que no se conseguirían a través de  la planificación, convirtiendo así a los ciudadanos en meros consumidores, cuyas opciones político-democráticas se reducirían a comprar y vender (se premia el mérito y se castiga la ineficacia). Todo lo que limite la competencia es contrario a la libertad. Hay que reducir los controles y privatizar los servicios públicos. De esa manera, la desigualdad es una virtud: una recompensa al esfuerzo y un generador de riqueza que beneficia a todos. No existe la pretensión de crear una sociedad más equitativa, ello es contraproducente y moralmente corrosivo, ya que el mercado se asegurará de que todos reciban lo que merecen (George Monbiot).

[iii] GUIA Bioetica FINAL 13 Abril2020

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