Co-vivir después del Covid

Luz Mariel Flores Bautista

En un mundo con más de siete mil millones de personas se sigue creyendo que estamos solos. En estas circunstancias en las que se obliga a replegarse al espacio privado de los hogares, se evidencia que en realidad las personas están más acostumbradas al aislamiento de lo que se cree. El problema no es estar solo, sino que se prohíbe estar juntos. Durante largo tiempo se forjó un individuo autónomo, ensimismado, que permanece ceñido frente a las pantallas de los dispositivos que lo mantienen ignorante de quienes están a su alrededor; se encierra en su disciplina teórica o académica, en su actividad deportiva o entregado en su trabajo hasta el hartazgo. No hay tiempo para salir, para conocer, para criar, no hay tiempo para nada, no hay tiempo para el otro. La hipocresía e idiotez que impera en el mundo se muestran con mayor claridad ahora que se siente la amenaza de perder la vida propia o la de quienes nos importan. Sobresale el egoísmo al punto de casi extinguir la virtuosa preocupación por la muerte del otro, lo que ciertamente interesa es no morir y salir de esta situación, se finge inquietud por los demás, pero lo que se esconde es esa jugada estratégica del beneficio propio, (hoy por ti mañana por mí, no sé cuándo necesitaré de ti).

Créditos: El País

Hoy en día el ser humano que habita el mundo es el idiotes porque no se preocupa de los asuntos de la vida en común, sino que narcisistamente se centra en sus intereses particulares, no se atiza una sincera relación con los demás. Es sorprendente que pese a la era de la información, el individuo esté más aislado que nunca; se mantiene desinformado irónicamente por el exceso de información, está desconectado e incomunicado al punto de sentir soledad y depresión. He aquí el mundo de millones en el que, aunque sean demasiados, surge el arraigado sentimiento de soledad que hace creer que no hay nadie.

El problema no es la técnica ni la tecnología, no es el trabajo o las vicisitudes, sino el modo en el que se ha formado todo un sistema para aislar cada vez más al uno del otro, ejemplo de ello es el encierro en la virtualidad, se podrán tener miles de seguidores, centenares de amigos, pero ¿realmente a cuántos se conoce?, ¿con cuántos de ellos se permite ese contacto?

El malestar del individualismo, que es más un atomismo, no se limita a una sola parte de la vida, está presente en el trabajo, con la familia, en la sociedad. En el ámbito académico se han formado nichos de pensamiento tan cerrados que ni siquiera se puede decir que exista una comunicación o relación entre las distintas disciplinas, se han especializado tanto los temas que si se intenta comprender al virus y a la pandemia solo desde la economía, desde las áreas de la salud, desde la filosofía o desde cualquier otra óptica, se seguirá pensando que la propuesta es unilateral, que se está dejando de lado otros aspectos relevantes para poder comprender la magnitud de lo que pueda significar la pandemia para la humanidad.

Se sigue sin reconocer que los individuos son limitados, no se puede abarcar todo desde una sola trinchera, nadie puede tener la respuesta definitiva y tampoco se puede pensar que en una propuesta resida la verdad absoluta de todo. La realidad es polimorfa, contradictoria, múltiple y afecta a partir de distintos perfiles que necesitan ser tratados a la vez desde la propia multiplicidad, en un diálogo continuo, en una comunicación real y sincera con los demás que permita formar un pensamiento conjunto de los problemas que afectan la vida en común.

No estamos solos, no obstante, es necesario abrir las puertas hacia los otros, abrir las fronteras de pensamiento, cuestionar las fronteras territoriales y aceptar de una vez por todas, como dice Jean-Luc Nancy, que tenemos un compromiso con los demás que se afirma a cada instante.[1] ¿Qué tipo de vida se pretende defender, una en la que predomine el dominio sobre el otro, el egoísmo y la soledad, en la que la vida se condicione al trabajo al punto de que ni siquiera importe si hay espacio para la familia o para uno mismo, o aquella que desde múltiples trincheras atienda a la vida en común, en la que se luche por mejores condiciones de salud, de trabajo, en la que nuestras relaciones sean más honestas y permitan sentir al otro?

Cuando se termine el confinamiento, esperemos presenciar un genuino encuentro y entrega al otro que tanto se añora en este momento, y no toparnos con la hipocresía de salir a nuestro aislamiento irremediablemente cotidiano.

Ciudad de Puebla, 12 de abril de 2020.


[1] Véase, Jean-Luc Nancy, ¿Un sujeto?, La cebra, 2014, p. 61-63.

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