Réplica a “Y, sin embargo…” de A. Romero

Por Sarah Zanaz

Hace algunos días fue publicado en este International Pandemic Project una reflexión breve titulada “Y, sin embargo…” escrito por Arturo Romero. En este texto el autor defiende una tesis sugerente que nos invita a pensar que no hay ninguna lección que podamos aprender de esta pandemia de COVID-19. Señala que los problemas que hoy alarman al mundo entero ya existían antes del virus, y sobrevivirán a él. En una de sus más interesantes propuestas sostiene que esta pandemia no significa de ningún modo la derrota del capitalismo. La solidaridad a la cual están apelando los gobiernos no proviene de ningún espíritu altruista, sino de una necesidad de evitar gastos y de mantener activa la “máquina frenética de producción y reproducción de mercancías”.[1]

Considero pertinente discutir algunas ideas de este escrito.

Esta réplica no contestará al texto en su globalidad, puesto que comparto muchos de los argumentos expresados por su autor, en cambio atenderé a ideas específicas que me parecen importantes precisar. Quisiera comenzar por el párrafo inicial de este texto que textualmente dice lo siguiente:

¿Y si no hubiese lección alguna qué aprender de la pandemia por el coronavirus? Muy rápido se ha dicho que estamos presenciando la venganza de la naturaleza por nuestro maltrato hacia ella. Pero la multitud de seres naturales existentes no constituye ninguna totalidad movida por otro propósito que el ciego mecanismo de su reproducción. Detrás de la supuesta venganza no hay nada más que una máquina replicándose, sin ninguna moraleja para nosotros.

Algo es seguro: no estamos presenciando la venganza de la naturaleza por el simple hecho de que la naturaleza no se venga. Pero la naturaleza sufre, contrariamente a la visión mecanicista, según la cual la naturaleza no es más que un “ciego mecanismo” enfocado en su reproducción. Parte del léxico de este párrafo parece provenir de una postura cartesiano-mecanicista, principalmente cuando defiende la idea de la naturaleza como simple “máquina […] sin ninguna moreleja para nosotros”. Aquí sería interesante preguntarse qué engloba este concepto de naturaleza. ¿Los animales forman parte de la naturaleza aquí descrita? Implícitamente podríamos asegurar que sí, al menos eso deja ver el autor cuando se refiere a la “multitud de seres naturales existentes”.

Créditos steemit

Debemos a Descartes la teoría del “animal-máquina”. Según él, un perro que llora no es en nada diferente a un mecanismo que chirria por falta de aceite. Los animales tienen cuerpo pero no tienen mente y no sienten el dolor: no piensan, entonces no son. Así que la explotación o maltrato animal no suponía, para él, ningún problema ético, ninguna “moraleja”. Descartes desarrolló esta teoría en el siglo XVII. Pero en nuestro siglo, a pesar de lo que demuestran las evidencias científicas tanto como la simple observación, afirmar que los seres naturales no son movidos por otro propósito que el “ciego mecanismo de su reproducción” es problemático. Esta visión es la que contribuyó, a través de los siglos, a crear un abismo ontológico entre los humanos y el resto de lo viviente, llevándonos a los ecocidios y genocidios modernos. Es la misma concepción mecanicista de la naturaleza la que nos invita hacernos “dueños y poseedores de la naturaleza”, y todo el mundo viviente está ahora pagando las consecuencias violentas de esta idea.

Hegel, que no fue un filósofo conocido por su animalismo, escribió que el animal es siembre habitado por sentimientos “de incertidumbre, de ansiedad, y de miseria”.[2] Son tres palabras de gran peso filosófico que operan una ruptura mayor con la visión cartesiana: los seres vivos son más que una simple “máquina replicándose”. La vida del animal es una existencia (para Hegel, el animal no solamente vive para su reproducción, sino que existe) siempre preocupada por sí misma. Pero más que mera inquietud, los animales también sienten sufrimiento físico; el animal es más que una máquina, es una subjetividad y una sensibilidad. Son sintientes (como lo demostraron Darwin y tantos científicos después), poseen un sistema nervioso muy complejo que les permite sentir el dolor tanto como a los humanos. Eso debería imponer una cierta moraleja para nosotros.

Lo que me lleva a una segunda objeción. En el párrafo 5 del texto, podemos leer lo siguiente:

Mencionemos, finalmente, a los que han desatado una ola de reflexiones morales disfrazadas de crítica social. Se trata de todos aquellos que destacan las capacidades destructivas del ser humano, señalando que el verdadero virus es éste. El mal humano ha destruido bosques y selvas, ha aniquilado especies, ha contaminado el planeta y ha puesto su marca incluso sobre las rocas, hecho que hemos bautizado como antropoceno. El virus, dicen, nos permite ver finalmente la plaga humana […].

Concuerdo con el hecho de que este virus no nos permite ver la plaga humana. La plaga humana no esperó la emergencia de este virus para hacerse visible; ya lo era. En efecto, tanto las ciencias duras como ciertas ramas de la filosofía práctica llevan años alarmándonos. Romero hace aquí, no sin cierta ironía (aún más perceptible en la versión en inglés del texto “Evil Human Beings”[3]) una lista de las destrucciones humanas. ¿Es justificable esta ironía cuando conocemos nuestra situación de emergencia ecológica? La negación (o debería decir el negacionismo) del impacto negativo del ser humano sobre el cambio climático ya no se puede justificar: ya no tiene viabilidad ni filosófica ni científica. Al respecto quisiera problematizar que la capacidad humana de destrucción no tiene límite, el párrafo anteriormente citado continúa de este modo:

Pero esta mezcla de culpa y de soberbia (porque después de todo se le concede a la especie la grandeza de producir sus propias eras geológicas) o de soberbia invertida (eso en consiste precisamente la culpa) pretende hacer pasar el resultado de una especie más por el planeta (los humanos) como una catástrofe cósmica. Las extinciones pertenecen a la vida de la vida, a los ciclos del planeta. Las especies dejarán huella según su grado de extensión geográfica y duración temporal.                                                                  

Así como es posible ver una visión mecanicista de la naturaleza hay también ciertos rasgos de un escepticismo climático. La grandeza técnica de la civilización humana moderna puede acabar con una era geológica entera, que puede crear una “catástrofe cósmica”.

Desde el principio de la vida en nuestro planeta, especies desaparecieron, y otras nacieron. Así va el ciclo natural de la vida: cada especie tiene una duración temporal limitada a algunos millones de años. Fuera de este proceso de extinción normal, nuestro planeta conoció, en los últimos 540 millones de años 5 episodios de “extinción masiva” (lo que quiere decir que 75% del total de las especies desparecieron). Estas crisis biológicas pertenecen “a la vida de la vida, a los ciclos del planeta”. Sin embargo, lo que estamos presenciando es una sexta extinción masiva. Y esta no es natural, la debemos casi enteramente a nuestra era ultra-tecnologizada: el antropoceno.

Según varios reportes científicos, las actividades humanas han multiplicado la tasa natural de extinción por 100 a 1000 veces[4]. Las desapariciones forman parte del ciclo natural de la vida. Pero estamos acelerando este ritmo natural de extinción, creando un ciclo no-natural de la muerte. Numerosas especies están declinando más rápidamente que nunca. No dejamos que las especies dejen naturalmente “su huella según su grado de extensión geográfica y duración temporal”. La huella, la estamos dejando nosotros, acabando con estas especies. La denuncia de ello ni es “soberbia”, ni es “culpa”. Es la realidad científica que tenemos que confrontar, y más aún desde la filosofía práctica, que tiene esta responsabilidad más que cualquier otra disciplina.

Entre 1970 y 2018, es decir, en menos de 50 años, la población de los vertebrados en el planeta disminuyó la mitad y 60% de la fauna total desapareció.[5] Desaparecieron 39% de las especies terrestres, 39% de las especies marinas y 76% de las especies de agua dulce. Una estimación publicada en la revista Nature concluye que75% de las especies actualmente vivas podrían estar erradicadas de ahora a 2200, lo que constituiría oficialmente la sexta extinción masiva. Tenemos la capacidad técnica de crear nuestra “propia era geológica”, y ya lo estamos haciendo. Las consecuencias ecológicas del impacto humano son gravísimas.

No esperaría tampoco, ingenuamente, que esta epidemia cambie nuestra forma de relacionarnos con lo viviente. De hecho, estoy segura, tal y como lo parece estar también Arturo Romero, que nada cambiará. Pero incluso sabiendo eso, es necesario denunciar que esta pandemia tiene mucho que ver con nuestra violenta invasión de los espacios naturales de los animales salvajes, con la manera que tenemos de confinarlos en “mercados húmedos”, con nuestro consumo de carne, favoreciendo así el pasaje de la “barreras de las especies” para los agentes patógenos. Nuestra responsabilidad en esta pandemia es comprometida. Defender lo viviente no da prueba de soberbia ni de moralismo o de ideología. Responde a la realidad abrupta de nuestros tiempos, con la que tenemos que vivir, y que debemos tratar de cambiar positivamente. No importa el momento cuando “se aplique el reloj geológico”: lo único que tenga relevancia filosófica y política es lo que ocurre dentro del marco de la humanidad, no lo que pasó antes, ni lo que pasará después. Denunciar los maltratos, la destrucción masiva, la violencia, la explotación y el sufrimiento, con el riesgo que eso pase por una “reflexión moral disfrazada de crítica social” es, me parece, uno de los deberes fundamentales de la filosofía. La crítica social siempre esta entintada de sentido moral. Y la moral, es justamente lo que nos hace falta como sociedad.


[1] Arturo Romero (7 de abril de 2020).Y, sin embargo…” en Pensar la pandemia. Philosophize with Face Mask International Pandemic Project, recuperado dehttps://pensarlapandemia.com/2020/04/07/y-sin-embargo/ 

[2]Georg Wilhelm Friedrich Hegel, Encyclopédie des sciences philosophiques II, Philosophie de la nature, Paris, Vrin, 2004, § 368, p. 324 (traducción personal)

[3]Arturo Romero (10 de abril de 2020). “And yet…” en Pensar la pandemia. Philosophize with Face Mask International Pandemic Project, recuperado de https://pensarlapandemia.com/2020/04/10/and-yet/

[4]Véase, por ejemplo: Gerardo Ceballos & co. “Accelerated Modern Human–Induced Species Losses: Entering The Sixth Mass Extinction”, Science Advances Vol 1, No. 5, 2015 o también TEEB. “The Economics of Ecosystems and Biodiversity: Mainstreaming the Economics of Nature”. Brussels, Belgium, 2010.

[5]WWF. “Living Planet Report 2018”. Grooten, M. and Almond, R.E.A. WWF, Gland, Switzerland, 2018. p.90.

Un comentario

  1. Tal vez habría que considerar también que la idea que rige una comprensión de los seres naturales como una no “totalidad movida por otro propósito que el ciego mecanismo de su reproducción” es “hija de su tiempo y de su patria”, pues este pensamiento mantiene en vilo el presupuesto “capitalista” y “moderno” de la reproducción como aquello que gobierna la conciencia, el mercado y la vida. Considerar que la “totalidad” (lo que eso quiera decir) de seres naturales se rige por una reproducción, es pensar también que existe tal cosa; es decir, es pensar una “reproducción” (capitalista) dirigiendo la “totalidad” de seres vivos, cosa que parece demasiado exuberante como para sacar una conclusión: justamente el pensamiento capitalista (el de la producción infinita = reproducción) no permite “concluir” nada, no saca ninguna “conclusión”, porque piensa que bajo su propio presupuesto subyace (y estaría el subjectum) la “totalidad” (obviando la individualidad del ser “reproducido”, su conclusión –su finitud–); por eso mismo, no ve el “ciego mecanismo”, ni su “trastienda”: su propia re-producción.
    Saludos.

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