El miedo a la enfermedad y la muerte como tribulación del alma

Rafael Ángel Gómez Choreño

Uno de los más violentos efectos de la enfermedad, cualquiera que ésta sea, es la pérdida de la salud, como quiera que ésta sea entendida. A mí, sin embargo, no me queda claro si perder la salud es algo que sólo le puede suceder a mi cuerpo o si es algo que también puede sucederle a mi mente.

Hasta hace no mucho, la creencia común de la gente —muchas veces dualista, aunque no necesariamente conscientes de ello— distinguía entre las enfermedades del cuerpo y las enfermedades del alma, gracias a que era una práctica común separar teóricamente el alma del cuerpo. Después se supone que dejamos de hacerlo, aunque no tengo claro con qué beneficio, con tal de favorecer a una perspectiva claramente científica sobre las enfermedades del cuerpo, desacreditando o minimizando las enfermedades del alma e incluso la existencia de ésta.

Yo me inclino a pensar —no porque tenga un mejor conjunto de creencias sobre estas cuestiones, sino sólo por mera preferencia personal— que todas las enfermedades del cuerpo también lo son del alma y viceversa. Sin embargo, esto no me impide distinguir entre los malestares anímicos y los malestares corporales que aparecen como síntomas de una enfermedad o pérdida de la salud, especialmente porque no los considero como dimensiones contrapuestas en el caso de ninguna específica pérdida de la salud, sino como formas complementarias en todos los casos.

Lo único que pasa en cada caso es que alguna de esas dos formas de pensar nuestras dolencias logra predominar en la conciencia de nuestro estado de salud, en función del tipo de desequilibrio o disfunción que nos resulte más preocupante en un momento determinado. Así es como a veces preferimos pensar y asumir los síntomas de una gripe como parte de una depresión, del mismo modo que, en otras ocasiones, lo que preferimos es considerar que los complejos síntomas de una depresión no son sino los efectos de una gripe que no hemos sabido atendernos adecuadamente.

Lo que realmente me importa, en medio de estas complicaciones metafísicas, es que tanto las enfermedades del cuerpo como las enfermedades del alma son, en igual medida, formas de tener o darnos noticia sobre la fragilidad de la condición humana de la que formamos parte, ya que ambas tienen su violento o sutil acontecimiento afectando nuestra vida de maneras específicas, poniéndola en riesgo en diversos grados de gravedad o simplemente mostrando nuestra vulnerabilidad; sin embargo, hablamos de ellas de un modo o de otro porque siempre preferimos privilegiar una perspectiva sobre la otra, en función del tipo de malestar que nos resulta más preocupante en el momento en que hacemos conciencia de la enfermedad en cuestión. La diferencia, a final de cuentas, es una cuestión de enfoque.

Ahora bien, la evidencia más definitiva e irrefutable de la fragilidad de la condición humana es la muerte. Pero en la enfermedad, esta fragilidad nunca parece ser tan definitiva porque preferimos creer que toda enfermedad puede tener remedio mientras tengamos vida, aunque sólo sea en una cierta medida, excepto cuando estamos enfermos de algo mortal e incurable. Así que podemos estar enfermos en diversos grados de gravedad, los cuales solemos determinar en relación con las distintas medidas posibles y las distintas maneras de comprender la fragilidad humana en términos tanto de vulnerabilidad como de mortalidad. No sólo necesitamos saber si estamos enfermos, sino que también queremos saber qué tan enfermos estamos y si nuestra enfermedad puede o no causar otras enfermedades, o si es posible que, en los peores escenarios, la enfermedad que padecemos nos lleve finalmente a la muerte.

Lo interesante es que, gracias a este tipo de retruécanos intelectuales, es como podemos percatarnos de que hay diversas formas de entender y sufrir nuestra fragilidad personal en la enfermedad. Pero esto siempre sucede en función de que seamos capaces de determinar nuestra vulnerabilidad corporal o psicológica, que siempre se complica debido a los diversos elementos que participan de una más compleja vulnerabilidad social, económica, cultural o hasta política, cuyas variantes determinan justo, no sólo lo que entendemos por salud mental o por salud física, sino la forma como finalmente sufrimos nuestras enfermedades y padecimientos.

A la larga, resulta que el modo de sufrir nuestra vulnerabilidad cuando estamos enfermos es lo que se convierte realmente en una tribulación del alma y que es justo este tipo de inquietud o intranquilidad del alma lo que en verdad sufrimos en circunstancias como las de una epidemia, aunque no estemos enfermos o contagiados de ninguna enfermedad mortal o incurable, ni estemos en un real peligro de muerte. Porque lo que nos hace perder la salud en circunstancias así, no es la epidemia, sino el incremento de la ansiedad y la angustia en medio de las específicas tribulaciones del alma provocadas tanto por el miedo a enfermar como por el miedo a morir; los cuales se sintetizan y detonan en la vida cotidiana, cualquier día de estos, a través del simple y aparentemente inofensivo miedo de ser contagiados.

A mí me resulta valioso saber que actualmente todos estamos atribulados, mas no enfermos.

Ciudad de México, 10 de abril de 2020.

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