Epifanía

Gustavo Ogarrio

Invitado especial al Pensar la Pandemia Project International

Si los diarios personales tratan de encerrar los días en un orden fatuo, el virus y su serpiente venenosa de aparente ruptura del orden de los días tampoco es que haya liberado el tiempo… no del todo. Quizá lo mantiene suspendido. No sé si lo que está adentro de este tiempo suspendido se transmitirá con la misma intensidad que el tiempo externo de la pandemia. Tampoco sé si se tendrá una amplia memoria de la epidemia más allá de su momento histórico, 2020: una pandemia de coronavirus que mantuvo en vilo a la humanidad entera, comenzando en la ciudad de Wuhan, en China, viajando como una bala invisible y suave de plutonio, envuelta en un lípido que le da su razón de ser, que recorrió Asia y Europa, América y África, quizás Oceanía, que vino a instalarse en la avenida Insurgentes esquina con el Eje 1 Norte y también en noches malignas con lunas rosadas de hermosa circunferencia, en madrugadas cuyo céfiro cruzaba la avenida Aztecas en Santo Domingo y subía de golpe hasta Contreras y que, al mismo tiempo, se integraba al pulmón derecho de Acueducto de Guadalupe. ¿Qué diario colectivo era capaz de registrar y multiplicar el orden de las voces que la recibieron en ese asalto a las mucosas y a la tráquea?

La tarde del 9 de abril de 2020, el Jueves Santo, después de una lluvia diáfana que estimuló la fotosíntesis inmóvil de la ciudad, que hizo explotar el olor de los árboles y el color violeta de las jacarandas, me decidí a recorrer en automóvil algunas avenidas de la Ciudad de México. Lo que vi fue algo parecido a una epifanía, una revelación que se iba desplegando como si se inflara lentamente un globo; algo silencioso estremeciéndose, una murmuración sin bocas que se expresaba a través de la imagen de una ciudad a la que le escurría el agua de aquella lluvia de manera translúcida y solemne, una ciudad magnífica y espantosa a un mismo tiempo. Vi la proliferación de vagabundas y abandonados, ahora más deshabitados en el cuadro imbatible de la soledad absoluta, sin los torrentes de seres humanos que los escondían de la foto turística. Vi un puesto de tacos al pastor lleno de bocas hambrientas, once o doce. Vi la calle de Francisco Sosa como un río de piedras en el que se repetía el tiempo de mi infancia, ahora sin testigos. En Santa Úrsula vi una calle cerrada en la que un sacerdote oficiaba la liturgia con tapabocas y feligreses alejados entre sí que abrían sus manos para comenzar el padrenuestro. Sobre San Antonio Abad vi los juegos abandonados de una feria: las tazas apátridas y descompuestas; en el piso estaba la marquesina del tiro al blanco y los rifles, todavía de diábolos, diseminados en tarimas verdes; los caballitos detenidos en el compás de su movimiento simulado, escuché sin escuchar las risas de los últimos niños que los habían montado. En la colonia Valle del Sur, en Iztapalapa, a una calle de la casa de mis padres, vi un mercado sobre ruedas detenido en las sonrisas intemporales previas a la pandemia, en la textura de naranjas jugosísimas y en los gritos que divulgaban los precios del pescado, la carne y la tripa. En un hospital de Tlalpan vi a familias enteras replegadas en el camellón; me vi entre ellas con tapabocas y guantes quirúrgicos. En el balcón de un edificio vi a cinco o seis personas haciendo una carne asada y tomando cerveza, como si fueran elevándose en un platillo volador que los alejaba de la Tierra. Vi sonreír a Bertín –mi amigo de la infancia– y a su hermano Abraham, en su tienda encapsulada de refrescos y dulces del Mercado de Coyoacán, en el yermo de fin del mundo.

Ciudad de México, 10 de abril de 2020.

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