COVID-19. Oscilaciones vitales entre la biopolítica y la bioética

Alejandra Rivera

Los acontecimientos actuales derivados de la pandemia de COVID-19 han demostrado de manera contundente –y prácticamente irrebatible– la implicación de la política en la vida biológica de las poblaciones. En otras palabras, una crisis de salud de la magnitud que vivimos hoy, nos debe conducir al análisis de los presupuestos básicos mediante los que Michel Foucault acuñó las nociones de biopoder, anatomopolítica y biopolítica.

El concepto de biopolítica es sumamente importante, tanto así que a más de cuarenta años de haber sido acuñado por Foucault, hoy mismo nos resulta actual y pertinente, pues nos brinda la posibilidad de entender el panorama de una crisis de salud de dimensiones globales. Aún así, creo que es responsabilidad de quienes nos dedicamos al estudio de dichas perspectivas reflexionar en torno a las siguientes consideraciones:

  1. No es válido desdeñar los efectos de este virus –ni de cualquier otro– con base en el argumento de que la biopolítica pone en entredicho la manera en la que la dimensión biológica y la dimensión política se entretejen en las relaciones de poder. Hay análisis apresurados que han preferido asumir la actual crisis de salud como un pretexto para que los Estados implementen mecanismos de control capaces de generar y perpetuar estados de excepción, al tiempo que aluden a la idea de que el virus es equiparable a una simple gripa. Esa clase de señalamientos, aunque de entrada parecen pertinentes, tienden a desconocer que el desarrollo de las ciencias de la vida ha posibilitado, en buena medida, que la esperanza de vida de las poblaciones a nivel mundial alcance los 72 años, o que los avances científico-técnicos en biomedicina han dado lugar a que enfermedades virales antes consideradas como mortales, hoy en día puedan tratarse como enfermedades crónicas. En síntesis, la perspectiva biopolítica no es equivalente a una actitud anti-científica, en todo caso, lo que la noción de biopolítica nos permite ver es la implicación cada vez más fuerte de los discursos biológicos y los discursos políticos, para bien y para mal.
  2. Tampoco es conveniente desestimar las implicaciones biomédicas de las pandemias so pretexto de que el análisis del biopoder debe centrarse en la manera en la que los gobiernos asumen y realizan (o no) acciones orientadas a “hacer vivir y dejar morir”. A mi juicio, es importante comprender que los Estados implementan acciones epidemiológicas diferenciadas de acuerdo al tipo de sistema de gobierno que poseen, de forma tal que países con  gobiernos centralistas y dictatoriales son más propensos a implementar rápidamente medidas drásticas de control sobre las poblaciones para evitar la propagación de la enfermedad (medidas como cierres fronterizos y toques de queda, por poner un par de ejemplos). Ciertamente, gobiernos que en apariencia pueden ser evaluados como más democráticos y horizontales, tenderán a endurecer sus actos de poder para intentar “contener la crisis” conforme la pandemia cobre mayor fuerza en sus territorios y ello, en su momento, será digno de un análisis puntual. Sin embargo, no debemos dejar de observar cómo es que actualmente existen un cúmulo importante de enfermedades con tasas de morbilidad y letalidad mayores, y que pasarán a un segundo plano para los gobiernos durante y después de la crisis epidémica del COVID-19; que la comunidad científica será conminada a trabajar arduamente para encontrar la cura para el coronavirus y que las instituciones no priorizarán investigaciones biomédicas que no estén vinculadas directamente al tratamiento de esta enfermedad. En otros términos, vale la pena analizar las estrategias de poder vinculadas con esta pandemia más allá de los Estados, para intentar comprender cómo esta crisis traerá efectos secundarios en los ámbitos científicos, particularmente en el ámbito biomédico. 
  3. Cualquier análisis de actualidad que pretenda introducir las nociones de biopoder, biopolítica e incluso necropolítica, debe tomar en cuenta el a priori histórico de los términos, y que su vigencia se encuentra íntimamente relacionada con la episteme que nos es contemporánea. En ese sentido, es atinado señalar la manera en la que las sociedades se repliegan y son susceptibles de ser controladas en medio de una pandemia, pero aún antes de que la biología fuera capaz de explicar la existencia de los virus y las bacterias, las epidemias eran atajadas por medio del aislamiento social. En todo caso, vale la pena situar las cuarentenas como dispositivos de control asociados a las enfermedades desde épocas remotas, y como tal, el dispositivo de la cuarentena implementada a partir del COVID-19 posee singularidades que ameritan un examen mucho más minucioso. La cuarentena que experimentamos actualmente debe ser entendida en correlación con otros dispositivos de control que ya venían siendo utilizados a escala global (por ejemplo, las herramientas digitales aplicadas al trabajo, el uso de redes sociales como confesionales contemporáneas, la conducción de tendencias de consumo mediante el análisis de macrodatos concentrados en internet, etcétera). Quizás ninguna cuarentena en la historia de la humanidad había sido tan espectacularizada como esta y tampoco, en ninguna otra época, las personas en estado de cuarentena tuvieron tal acceso a la información producida a nivel mundial en torno a la pandemia que los aísla. Por ello, quizás sea conveniente no apresurarnos a pronosticar cambios radicales en los modos de producción, en los medios de comunicación o en las formas de sociabilidad a partir de esta crisis, sin antes haber puesto a prueba la concomitante histórica que permitirá entender si las transformaciones que vaticinamos son resultado de la pandemia o son, más bien, consecuencias de procesos previos que ya se habían puesto en marcha.
  4. Las nociones de bioinformática, bioseguridad y bioeconomía requieren ser reexaminadas con detenimiento a partir de esta crisis, pues parece que traerán aparejadas consigo estrategias de poder que rebasarán los ámbitos de comprensión disciplinar. La bioinformación y la bioseguridad son, hasta el momento, nociones con un campo de aplicabilidad limitado, por ejemplo, en los protocolos de tratamiento de material biológico con un potencial de alto riesgo, o en la gestión computacional de datos biológicos (desde el ADN hasta las medidas antropométricas de una población). Por otro lado, la bioeconomía junto con el capitalismo cognitivo (Fumagalli, 2010) siguen siendo conceptos poco explorados en economía y en filosofía política, pero que describen en muchos sentidos la forma de acumulación del trabajo intelectual de la clase media. Así pues, antes de caer en la tentación de generar neologismos y multiplicar conceptos que intentan describir, por ejemplo, la forma en las que las relaciones laborales se ajustan a condiciones de encierro, vale la pena examinar si los conceptos que ya poseemos se encuentran inalterados, o en su defecto, si han encontrado un nuevo uso en la terminología propia de la pandemia.
  5. Por último, quisiera apelar a una forma ética de comprender la biopolítica, pues en boca de algunos, la noción cobra el amargo sabor de la catástrofe. No hace mejores análisis de la dimensión biopolítica de la pandemia quien afirma que el mundo como lo conocíamos se va a acabar, ni tampoco es más certero el que sostiene que la humanidad es el verdadero virus (tema aparte es entender la verdadera potencialidad de los virus como cadenas de información que logran replicarse con mayor efectividad cuando no comprometen la vida de sus portadores). Recordemos que el mismo Foucault sostiene que “donde hay poder hay resistencia” y que en muchos sentidos, incluso fuera de nuestros alcances, la vida encuentra formas de resistir y prosperar. En todo caso, nos corresponde plantearnos genuinamente cómo y en qué términos la vida humana requiere de ciertas formas de cuidado de sí y de los (as) otros (as); a mi entender, ese es el reto actual al que nos enfrentamos tanto en términos individuales como colectivos. De nueva cuenta, una noción de la década de 1970 se advierte como irrenunciable: la bioética como ámbito multidisciplinar, pero también como un campo de conocimientos que implica compromisos con el saber científico-técnico desde una vocación humanística, tiene mucho que decir y que hacer ahora mismo y, más aún, después de que la etapa crítica culmine.

Ciudad de México, 10 de abril de 2020.

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