¡Certeza para llevar, joven!

Luis Avena

Si existe en estos momentos un lugar común, ese es el de la incertidumbre. Hace mucho tiempo que ahí nos encontrábamos, pero no lo habíamos querido reconocer ni aceptar. Más bien, ya nos hemos acostumbrado y aprendido a vivir con ella. Ese lugar de la certeza moderna le generaba aversión a un Nietzsche que prefería la movilidad, la sensación, un sensualismo intelectual, sobre todo le agradaba caminar por horas diarias en las veredas cerca de los mares de Engadina. Mientras que Descartes, tipo enfermizo y de cuerpo frágil, desconfiaba de sus sensaciones. Prefería la certeza de su duda y encerrarse en cuatro paredes a preguntarse si podría estar soñando o si estaba despierto. Dos formas de relacionarse con la idea de certeza. Dos modos de entender y orientarse en la realidad. ¿Qué forma nos parece mejor por ahora? Parece, en realidad, que vivimos en un mundo cartesiano de preferir las certezas. Sin certezas nos atrapa la inseguridad, el pavor, el pánico, la paranoia, la obsesión. Somos una cultura que ha valorado la aprehensión intelectual y la representación abstracta para orientarnos en la realidad. Sin embargo, no es así como está diseñada nuestra epistemología social. Nuestras certezas son nuestras emociones reptilianas más básicas.

Hace mucho que en nuestra vida cotidiana la desactivación de la aprehensión intelectual ha tenido lugar. Tiempo atrás que la representación intelectual del mundo dejó de ser pragmática. La acción sin reflexión tiene un alto valor económico desde el punto de vista del consumidor. La incertidumbre es una gran amiga del escepticismo. Ambas figuras nos acompañan a dondequiera que vayamos. Las dos nos fueron implantadas y forman parte de nuestra educación. Nos han enseñado a pensar solamente en el presente. El pasado y el futuro son palabras carentes de sentido, no evocan ninguna imagen en nuestra conciencia colectiva. Y ahora, de la nada, se nos pide entender conceptos abstractos, números en gráficas, recomendaciones generales, datos y tendencias fuera de nuestra inmediatez. Parece no haber duda de los niveles de abstracción conceptual que se han inventado para gestionar a los individuos, a las instituciones, a las sociedades y a los Estados. Esos procesos nos pasan frente a las narices sin poder ser registrados o percibidos. Mientras que nuestro mundo mental y visual son hiper-estimulados por imágenes de shock, casi como las Schockerlebnisse que Benjamin diagnosticaba en las ciudades de masas de principios del siglo pasado. Se nos pide comprender procesos no evidentes. El ataque de imágenes con mensajes cortos de lenguaje simple, aunque no por ello poco graciosos, domina nuestra percepción de lo cotidiano. En el imaginario actual del coronavirus se alimenta la superstición. Ya había dicho Stephen King que para generar terror sólo hay que introducir imágenes de algo que rebase la capacidad de explicar lo que sucede, algo fuera de las leyes o reglas con las que comprendemos la realidad. Sentimos una inferioridad ontológica frente a un virus que en su foto tiene puesta una corona.

Créditos: Franco Fafasuli

Atestiguamos el escepticismo social generado por una máquina de distracción digital. Estas imágenes despiertan en nosotros los centros cerebrales de las emociones. Somos movidos por emociones básicas como las de la aversión o el placer. Nuestro pensamiento es, por lo tanto, más binario que nunca: bueno y malo, responsable y culpable, verdad y mentira. Es decir, nos encontramos en un momento de contradicción: hay información masiva y no hay ninguna certeza. Ahora, más que nunca, deseamos certezas que nos ayuden a tener tranquilidad. Pero esa tan buscada y deseada certeza es dependiente de la situación de emergencia, es decir, se quiere la certeza de que todo se va a controlar y de que todo se reestablecerá. Cosa que ninguna persona del cosmos lo podrá sostener. Entonces, se pide a las personas que esperen, que pospongan la satisfacción de necesidades, es decir, que suspendan la gratificación inmediata. Estas reglas se ven como un atentado a la libertad individual, según ellos, algo muy importante para sus sociedades, algo que se les respeta y se les otorga por parte de los gobiernos. ¿No hay ahí un pequeño problema? Es decir, si la libertad sólo puede existir bajo acuerdos sociales, no parece tener mucho sentido el que se defienda la libertad individual de ser conducido a un modo de vida de consumo controlado por aversión o placer. Obviamente, la reacción frente a esto es de enojo por limitar su modo de vivir la vida. En este sentido, las certezas que buscamos tal vez son certezas que todavía no hemos notado que ya existían y que nos han llevado al lugar en el que nos encontramos. ¿Quién sabe? La sensación de no tener certeza podría ser la llave que abra nuevos horizontes.

Ciudad de México, 10 de abril de 2020.

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