COVID-19 y el cese ecocida (segunda parte)

Arizahy Sergio Reyes Torres

Pensemos por un momento en el sistema-mundo económico neoliberal. En una situación como la que vivimos es normal sentir una especie de pánico conforme transcurre el tiempo. Sucede que, desde la infancia, nos someten a un ideal de vida concebida en la lógica del desarrollo. Tememos “quedarnos atrás y no salir adelante”, no realizarnos como individuos. Todo el malestar que podamos sufrir en nuestras vidas es culpa de nosotros mismos, y si no sobresalimos es porque no estamos poniendo todo nuestro empeño y esfuerzo.

Sin embargo, ¿es verdad que el éxito que pueda tener depende solo de mí? En la época contemporánea vivimos algo llamado globalización, y sería inocente pensar que lo que hago, o esté haciendo alguien más, no tendrá repercusiones aquí y al otro lado del mundo. Las decisiones individuales también tienen consecuencias globales. [i] Pero ¿por qué lo que sucede al otro lado del mundo tendría que afectarme directamente?


Nos encontramos en una estructura global que trata de esconder sus mecanismos de sometimiento a través de diversos tipos de violencia, haciéndonos creer que nosotros tenemos la culpa de todo, por ejemplo, el cambio climático desbocado por el calentamiento global de atribuye como culpa del consumidor. En parte sí, pero sobre todo es consecuencia de una producción industrial desenfrenada que sobre explota multiplicidad de ecosistemas, a nivel internacional, manteniendo un status quo. ¿Y para qué? Para que un reducido grupo de personas posea más riquezas que la mitad de la población mundial, mismo que tiene el poder para cambiar la estructura global, pero: “¿por qué alguien ayudaría a cambiar las estructuras si no está en sus intereses personales inmediatos?” [ii]

En el primer texto [iii] mencioné el temblor que el COVID-19 provocó a este sistema global y cómo puso en cuestión su efectividad, pues ha resultado ser una estructura frágil, vulnerable ante cualquier imprevisto, causando dolor y sufrimiento a los estratos más bajos de la cadena social. Volvamos al asunto de la restricción de fronteras. Ha comenzado a mostrar los inconvenientes de un mundo económicamente globalizado, con industrias, corporaciones, empresas y maquiladoras trasnacionales, incluso supermercados y tiendas departamentales. Todos afectados al interrumpir las cadenas comerciales. Parece que el sistema-mundo económico neoliberal se ha parado por un momento.

Consideremos otro hecho. Quienes tienen redes sociales, como Facebook, habrán encontrado en las últimas semanas diversas mecánicas de interacción virtual. Museos de todo el mundo dan acceso libre a material exclusivo, permitiendo incluso recorridos a través de los dispositivos móviles o equipos de cómputo. Las relaciones humanas presenciales se han sustituido con videollamadas o comentarios dentro de estas redes sociales que describen cómo eres. Sobresale también la promoción del consumo local. Ante la falta de productos básicos dentro de los supermercados, y la crisis económica que podría llevar a la pobreza a miles de personas, la gente usa las mismas redes para motivar el consumo de negocios pequeños y locales. Lo anterior reduce la movilidad de las personas, evitando que salgan de sus casas o varios kilómetros a la redonda, reduciendo también nuestro impacto ambiental.

Ahora pensemos en esto. Supongamos que un grupo de personas, cansadas del sistema-mundo neoliberal, que influye gravemente en sus vidas, encuentran su límite en hechos recientes y se plantean la siguiente pregunta: ¿por qué una parte de lo que suceda en mi vida las próximas semanas depende de lo que alguien hizo en  una ciudad alejada en China? Tal vez esto los motive a buscar alternativas, una forma de no ser impactado totalmente por las decisiones internacionales. Una especie de autonomía.

¿Y si logran autoorganizarse y formar una cooperativa, logrando insertarse en un pequeño mercado local? Esto quizá les permita llegar a la autogestión y hacer un uso más racional de los recursos, comenzando con un proceso de emancipación de las estructuras económicas globales, ecocidas y sobreexplotadoras, que sólo benefician a un reducido grupo de la población mundial.

¿Y si esta cooperativa, junto con otras, tienen éxito? Como las organizaciones sociales que pertenecen al “Consejo Tiyat Tlali en defensa de nuestro territorio”, de la Sierra Norte de Puebla. [iv] ¿Y qué pasaría si un pueblo entero se convierte en un grupo organizado de autogestión? ¿Y si logran, junto con otros, construir una “economía al servicio de los pueblos” [v] que esté en contra de la estructura neoliberal? Tenemos, por ejemplo, los Túmin, una especie de papel moneda que fue creada por maestros de la Universidad Veracruzana Intercultural con el objetivo de fomentar la economía local, ante la falta de dinero para comercializar productos y ante la invasión de grandes tiendas transnacionales.

¿Y si el libre mercado no está en una estructura global neoliberal sino en el intercambio que pueda existir entre cooperativistas de manera local?, ¿y si el COVID-19 es una breve pausa para buscar alternativas a un entramado global que a largo plazo no beneficia a nadie?

Ciudad de Puebla, 30 de marzo de 2020.

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