A través de las pantallas. Vida social en cuarentena

Giovanni Perea Tinajero

Estoy cansado de la pantalla. Me despierto y veo las noticias en el teléfono, respondo los primeros mensajes. Tomo café mientras me llegan más correos, me relajo y no contesto. Comienzo mis lecturas matutinas. Es más de medio día y comienzan las videollamadas que para un extranjero como yo, acercan a la familia, amigos y colegas del otro lado del Atlántico. Prendo la computadora para escribir. Es tarde, son las cinco de la tarde y he tenido que bajar el brillo del teléfono porque me molesta los ojos. Prendo la tableta para hacer una llamada más. Son las ocho y tengo que salir a aplaudir por el balcón; los vecinos hacen lo mismo mientras se observan entre sí como en un mutuo pase de lista. Estoy abrumado, voy a cenar y aun me queda una última video llamada y algunos mensajes por responder. Lo hago, respondo y me dispongo a dormir con la vista cansada y los ojos irritados.

Créditos: AFP

Lo anterior me dice que la comunicación a la que estábamos híbridamente acostumbrados, en tiempos de pandemia solo tiene lugar a través de las pantallas. Estábamos acostumbrados al mundo digital del cual algunos somos nativos y otros migrantes. Mundo híbrido del tiempo real del streaming, de la videollamada o del mensaje instantáneo. Quiero leer los blogs de amigos, los ebooks de libros físicos que no pude traer, ver las clases y videoconferencias de mis colegas, etcétera. No me da tiempo, al menos, no de hacerlo con la atención que quiero, tengo que priorizar. Quiero prestar atención a cada videollamada, como de niño lo hacía cada sábado cuando esperaba, con un teléfono alámbrico a la llamada de mi padre quien vivía en una ciudad del norte. Era importante, era caro, era cada semana. Había que prestar atención.

Estar en cuarenta restrictiva ha supuesto la necesidad, ahora imperiosa, de comunicarnos con el exterior, únicamente con una conexión a internet. ¿El exterior? Sí, ese espacio que está fuera de los muros de esta casa. No puedo encontrarme con alguien en el elevador ni en los pasillos del edificio, no debo ser irresponsable. Quizá pueda quedar ingeniosamente con alguien en el supermercado, sin que el guardia de seguridad a más de un metro y medio de distancia se dé cuenta. Parece que la distancia física es, para guardar y respetar la cuarentena, la frontera de la comunicación. No obstante, como diría Lefebvre, la interacción nunca desaparece, por más que se impongan modos de concebir el espacio, porque nos adaptamos a las condiciones y generamos nuestros propios medios.[i] Nos quedan los dispositivos.

La epidemia del nuevo coronavirus COVID-19 que ha inundado el espacio urbano, sus tejidos y también relaciones; ha demostrado que la fibra óptica es el nuevo protagonista de las ciudades del siglo XXI. El peatón y los autos en tránsito no son tan imprescindibles cuando tienes datos. Las carreteras y calles vacías no suponen un problema cuando puedes pagar con transferencia electrónica, pedir comida y provisiones por tu app, o tomar un café mientras estás en una clase online. Resalta así una manera diferente de habitar, una disposición distinta frente a la comunicación del big data y la ciudad. ¿Qué nos dice el dato, la imagen o el algoritmo de nuestro habitar? ¿Qué experiencia tenemos con una ciudad que se ha vuelto paradójicamente intramuros? ¿Qué nos dicen nuestros cuerpos de nuestras relaciones mediadas a través de las pantallas?

La pandemia, la cuarentena y mi condición de extranjero no me permiten prescindir de las pantallas si quiero mantener mi vida social. Forma paradójica de socializar que antes criticaba, porque más que acercar me alejaba de la interacción… La fibra óptica y la comunicación satelital ahora son parte del tejido urbano, se convierten en la materia y medio de las relaciones para hacer ciudad, constituyéndose como elementos ineludibles de nuestro siglo. Sin embargo, ¿hasta qué punto la infraestructura digital ha permitido y fomentado, acortar y mantener las distancias, a tal nivel, que quizá también nos ha hecho perder la cercanía íntima que ofrecía el cara a cara, la mirada, las sensaciones, los olores… el con-tacto?

Richard Sennett

Como sea, la pandemia continua, y me pregunto antes de abrir y leer el siguiente mensaje ¿cómo sería la cuarentena sin ciudades inundadas de wifi? En Carne y piedra, Richard Sennett muestra la histórica relación entre el cuerpo y la materialidad de nuestros espacios y construcciones.[ii] Historia que conocíamos de manera habitual en la relación del cuerpo con nuestros edificios de piedra, pasando por el cristal, el acero o el asfalto modernos, además de los recientes materiales sintéticos. Ahora, la cuarentena evidencia que lo que hace posible la continuidad de relaciones de nuestra época, de manera protagónica, mas no única, es una urbe tejida de fibra óptica.

Barcelona, 8 de abril de 2020.


[i] Henry Lefebvre, La producción del espacio, Capitán Swing, Madrid, 2015.

[ii] Richard Sennett, Carne y piedra. El cuerpo y la ciudad en la civilización occidental, Alianza editorial, Madrid, 1997.

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