Salud infinita

Luis Avena

En nuestra actual modernidad tardía se vuelcan contra nosotros, una y otra vez, sus promesas incumplidas. Hay dos conceptos metafísicos que hechizaron a las mentes más brillantes de épocas pasadas: infinitud y eternidad.

La modernidad ha basado su discurso en la promesa de hacer infinito lo finito y de hacer eterno lo perecedero. La vida, la salud, la felicidad, la seguridad, el amor, la familia, las relaciones, la comida, la inteligencia. Cómo hacer que cada área de la vida humana sea cada vez más duradera y estable ha sido una de las promesas más arrogantes de esta época, si lo contrastamos con las religiones que, cuando menos, aseguraban que moriríamos y ya después veríamos que podría suceder con nosotros; sabíamos que el cuerpo y su salud tenían límites, que en cualquier momento el destino se pondría en frente y haría de las suyas, que la fortuna podría terminar con nuestras malas rachas o con las buenas, que en este tiempo y espacio humanos hay límites. Las religiones prometían la infinitud y eternidad fuera de nuestra experiencia humana; nuestra modernidad nos las ha prometido dentro de nuestras existencias terrenales. Lo inesperado de todo esto es que las experiencias actuales tardomodernas se debaten entre la angustia y el miedo, en lugar de tranquilidad y calma prometidas.

La política y la tecnología al haber controlado, racionalizado, modificado, transformado el mundo a su imagen propia se han arrebatado a sí mismas la inexorabilidad de realidades premodernas anteriores. La disponibilidad (Verfügbarkeit, concepto de Hartmut Rosa) del mundo a través de las transformaciones tecnológicas y científicas ha sido el logro de nuestra época racional. Se quería tener disponible en todo espacio y tiempo la posibilidad de satisfacer todas aquellas necesidades antes no cubiertas y dependientes del mundo externo. Se tenía que esperar a que llegasen las condiciones meteorológicas y geográficas necesarias para cultivar, pescar, cazar, beber agua. Ahora ninguna de esas actividades forma parte de nuestras vidas cotidianas en la ciudad; todo está disponible en los mercados y supermercados. Hay técnicas científicas para producir alimentos que duren más tiempo del que su tiempo interno les permite. El tiempo interno de nuestros cuerpos se ha alargado gracias a todas las técnicas científicas de salud. Sabemos que se hacen investigaciones neuropsicológicas para volver disponible en todo tiempo y espacio el placer, la alegría, todos los afectos positivos y activos de los que es capaz cada cuerpo. La disponibilidad del mundo a nuestro servicio está transformando nuestras experiencias de lo vivido.

El tiempo y el espacio no se están acelerando como lo creerían sociólogos y algunos filósofos actuales, más bien se empieza a universalizar un modo de percibir y experienciar la realidad. La espera y la paciencia ya no tienen sentido en un mundo instantáneo; la desesperación y la impaciencia brillan como las experiencias básicas de nuestra realidad digital. Lo que se ha perdido es más bien el sentido del momento. Vivimos en un mundo que empieza a olvidar lo que significa tener momentos, es decir, esos espacio-tiempos incalculables, impredecibles, indisponibles, casi como la memoria involuntaria de Proust. Esos tiempos perdidos se valoran en términos económicos capitalistas. Hoy no tenemos tiempo de perder el tiempo; debemos usarlo bien, planearlo bien, organizarlo bien, someterlo a los principios del reloj mecánico. En tiempos como estos de pandemia inesperada e impredecible se ha logrado desmontar la existencia basada en el reloj y ahora, más que nunca, estamos a contrarreloj frente a un virus que parece venir de otro mundo, se mueve de formas que no podemos percibir, se traslada a velocidades que no se pueden calcular, que amenaza nuestra metafísica de la infinitud y eternidad. No podemos disponer del mundo y de nosotros mismos como estábamos acostumbrados. De ahí que haya tanta angustia y tanto pánico.

Créditos: Andina

La posibilidad de no hacer se supone que era lo que se había perdido en nuestras sociedades, pero ¿qué sucede en la situación de la obligación de no hacer? Las sociedades de alto desarrollo técnico y económico, las actualmente llamadas “sociedades del rendimiento” (Leistungsgesellschaft), sobre todo las europeas que es hacia dónde va la nueva forma de practicar el capitalismo, ven con angustia y ansiedad el no poder hacer nada. Lo que supone Agamben que podría curar las enfermedades (tener la posibilidad de no hacer), paradójicamente y en refutación directa de sus ideas, expresa la neurosis social de no querer dejar de hacer, de sentir necesidad de hiper-estimularse, de gozar el auto-explotarse, de relajarse al auto-consumirse. En este momento inesperado en el que el espacio interno de la casa, donde tiene lugar la vida privada, a la que Benjamin le parecía que era vivida como una funda por la burguesía, es el lugar donde menos se quiere permanecer. El espacio privado se ha vuelto insoportable. Ahí donde las paredes no ofrecen nada nuevo ni diferente, lo único que reverbera son los recuerdos de la memoria involuntaria. El tiempo social está ahora detenido. El reloj mecánico deja de tener sentido en el momento en el que no hay que apurarse ni llegar a ninguna parte. El estímulo que reciben de sí mismos y de sus recuerdos, de lo que olvidan en la actividad interminable, es un encuentro que sólo esperan el día del juicio final, ahí donde el dolor no los puede alcanzar.

Se quiera o no llega la salud inesperada de recuperar el tiempo perdido. La memoria y lo inconsciente se pueden sincronizar de nuevo. La aceleración social que devora nuestro tiempo de vida está en pausa obligatoria. La aceleración había hecho que la atención de las personas estuviera sometida a la hiperestimulación tecnológica, ahí donde no se pueden lograr vínculos emocionales, y, por lo tanto, no es posible la formación de memorias episódicas. Detenerse un momento a contemplar sensorialmente el mundo es un contrasentido. Sin embargo, lo que sucede es que el encierro genera paranoia y estrés a causa de la incertidumbre de no saber cuándo se regresará a la vida normal. No se preocupen, ella volverá, y ustedes podrán perderse a sí mismos de nuevo, como de costumbre, en las actividades y ocupaciones interminables que generan un olvido de sí. Volveremos al mundo de la instantaneidad basado en la necesidad de infinitud y eternidad. El híper-control conductual y social se reforzará con la tecnología digital y así podremos volver a estar tranquilos y, al mismo, tiempo quejándonos de tener menos libertad, como sucede en muchas sociedades. La salud eterna e infinita seguirá en las agendas de los Estados para asegurar que no se interrumpa de nuevo su modo de vida.

Ciudad de México, 8 de abril de 2020.

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