Carta a un amigo colombiano o una habitación de la eternidad

Eduardo Ledesma

Querido Metal Hero:

El día de hoy tuviste la deferencia de preguntarnos por nuestro ánimo en medio de la pandemia. No sé si puedo realmente compartirte algo relevante al respecto. Sin embargo, aprecio tu intención al procurar nuestra compañía, la de tus seres queridos, sin negar la adversidad que compartimos sabiamente en dicho gesto. Ya sabes ir hacia el dolor, eso también es vivir intensamente. Es legítimo sentirlo, contemplarlo, no juzgarlo, observarlo en su acontecer y aprender a habitar dicha angustia, quizá así nos encontremos con el gozo.

Ahora que lo pienso, desde una particular paciencia, novedosa, casi extraña para mí, te puedo compartir un hallazgo de belleza. Se me acabó el enjuague bucal y, antes de ir a comprar alimentos -prácticamente lo único para lo cual me he permitido salir de casa- pasé a una farmacia cercana y a la cual nunca había ido. En ella me encontré con una amable dependiente. Sin embargo, su amabilidad no fue lo que realmente me emocionó sino su belleza. Una chica morena y alta, de infinito cabello castaño lo suficientemente recogido y con unos ojos negros, profundos como un abismo, resaltados por un tapabocas que, por su función discrecional, hacía de ella una odalisca de bata blanca, vestimenta que fallidamente ocultaba su esbelta y delgada figura. Me costó trabajo disimular mi interés y asombro -probablemente lo notó- lo cual ojalá sea ventajoso si es que corresponde a ello como un halago honesto de mi parte, en alguna futura visita. Me llevé el enjuague bucal no sin antes recogerlo de su fina mano cubierta por un guante de látex. Me gustó su mirada, ojalá también le haya gustado la mía.

Hace poco vi una gran película, muy recomendable en esta época, ojalá también puedas verla. La dirigió uno de los pocos cineastas valiosos que ha dado “mi” país -uno de esos pocos conscientes de lo urgente e importante. Me refiero a Luís Felipe Cazals y a su película “El año de la peste”. Pensando en la dependiente de la farmacia, recordé el cuerpo desnudo y hermoso de la actriz de películas de ficheras -género satanizado por los moralistas altoculturizantes de mi país. Aquí si digo mi país, de las enfermedades del mismo me hago responsable, no por autoridad sino por mínima conciencia- que Cazals convocó para protagonizar su película, la bella Rebeca Silva. Un cuerpo radiante de vida en medio de la enfermedad que, como todo cuerpo, a través de la putrefacción, se reintegrará a la materia por obra del karma, valga la metáfora. Me permito una breve digresión, ¿no es acaso también la enfermedad, más que parte de la vida, vida misma? ¿Desde cuándo su entidad biológica ha dejado de ser parte de las dinámicas de la materia? ¿No es también su efervescente afirmación luminosa irradiación de la vida, la fisis? Quizá sea una dulce perversión la de aquellos que lamen las heridas del leproso, no por culpa, sino por placer.

Ese cuerpo será parte de algún vegetal que comeré; de una flor que, como ella, quizá pueda admirar; parte del ala de un ave sobrevolando el cielo tóxico de metálicas lágrimas, pantanos aéreos encima de toda gran metrópoli. Quizá sus átomos acaben depositados en el surcar de su vuelo y en este pueda volver a verla en la instancia de alguna de mis vidas próximas o, por lo “menos” sentirla, a falta de ojos pero pleno en mi atomicidad; quizá se vuelva parte del agua anegada de dicha lluvia en un charco, en el que quizá se refleje el rostro de una niña antes de saltar al mismo, en medio del juego de la vida. Niña que, quizá, será una mujer hermosa como aquella chica que me atendió en la farmacia. “La muerte no es nada”, afirma Epicuro.

Queda claro que, como bien afirma Tom Waits, “God’s away on bussines” (Dios está de viaje de negocios). Tú y yo, querido amigo, hace tiempo que perdimos la esperanza, no somos hombres de fe sino del presente, ¿por qué entonces darle cabida a esa sublime soledad, terrible magnitud que, lejos de acompañar, nos deja vacíos ante el mismo desierto de lo eterno? ¿No es ese abismo lo que tanto hemos querido y defendido? “La vida de los hombres le es indiferente a los dioses”, también afirma el antiguo materialista. Me bastó con ir a la farmacia, salir al mundo y permitirme su accidente, su emergencia, para encontrarme con la belleza. A veces ella me busca, al final de cada uno de estos últimos días ha llovido como hace tiempo no sucedía. Sé que no es tiempo de salir al mundo. Sin embargo, en las pocas, necesarias y suficientes fugas que nos permite, hay que dejar que nos encuentre, saludarlo a través de la sensación y, sin duda, éste nos tocará la puerta de nuestros sentidos para dar con nosotros y ofrecernos su instantánea plenitud. Para eso sirve esta calma, la inactividad de la paciencia. “El placer es fácil”, los átomos están dispuestos a la indeterminabilidad de su movimiento, son de múltiple naturaleza, nuevamente recurro al Tetrafarmacon, con un poco de ayuda de Leucipo, Demócrito y en aquello en lo que quizá Marx haya coincidido en su tesis doctoral.

De Warner Bros. Records

Es más, querido amigo, te invito a que vayas a tu computadora y, si quieres algo cercano a ese Dios que algunos extrañan tanto, recurre a la prueba más exacta e infalible que la materia ha ofrecido de su existencia. Basta con ir a YouTube o a cualquier servicio de streaming y teclear una palabra: “Bach”. Y si no es de tu preferencia -lo cual te haría un ser desconcertante para mí, quizá ello complicaría nuestra amistad (sic)- busca en dichos servidores a Black Sabbath que tanto te gusta, verás así lo fácil que es el placer.

Se ha hablado tanto del dolor últimamente, más que de la muerte. Se le ha “nombrado” de la peor manera, casi sin mencionarlo, evadiéndolo en lugar de ir hacia él. Esa experiencia tan profunda, única e intransferible -como toda experiencia- de nosotros mismos que, por ello, resulta tan importante. Desde un abuso del silencio se le disfraza malsana y perversamente de aliento, se inocula culpa -la peor y más exitosa de las pandemias- a través de ella, haciendo del miedo que puede llegar a atravesar al cuerpo su portador. Ahí está la fetidez, la invitación a la podredumbre. Ve hacia el dolor, contémplalo, no lo juzgues y te darás cuenta de que, como también dice Epicuro, “El dolor es breve”. En “realidad”, la vida es lo uno y lo mismo, esa habitación de la eternidad que habitamos a través de nuestro cuerpo.

Te manda ese fuerte abrazo que supuestamente no podemos darnos, tu hermano Eduardo.

Ciudad de México, 7 de abril de 2020.

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