Y, sin embargo…

Arturo Romero Contreras

¿Y si no hubiese lección alguna qué aprender de la pandemia por el coronavirus? Muy rápido se ha dicho que estamos presenciando la venganza de la naturaleza por nuestro maltrato hacia ella. Pero la multitud de seres naturales existentes no constituye ninguna totalidad movida por otro propósito que el ciego mecanismo de su reproducción. Detrás de la supuesta venganza no hay nada más que una máquina replicándose, sin ninguna moraleja para nosotros.

Con espíritu humanista se afirma también que esta catástrofe podría haber sido evitada, que debemos aprender lo verdaderamente importante: igualdad económica, buenos sistemas de salud, pago digno. Pero la catástrofe de la desigualdad, los malos sistemas de salud y su privatización rampante, así como los malos pagos y la precarización laboral no tuvieron que esperar al coronavirus y seguramente le sobrevivirán. En realidad, este razonamiento sigue siendo parte del narcicismo humano pretender que podríamos haber estado preparados. Imaginemos un sistema justo y eficiente. Otro virus con otra letalidad y otros mecanismos de contagio podría haber barrido con la especie. La humanidad solamente existe dentro de determinados valores de ciertos parámetros materiales que, si se rebasan, hacen imposible que perseveremos en nuestro ser, con todo y nuestros recursos técnicos, científicos y materiales.

Que la pandemia signifique la derrota del capitalismo es también algo de lo que deberíamos dudar. Los gastos del gobierno en la población no provienen de ningún espíritu solidario, sino de la simple y llana necesidad de evitarse gastos desproporcionados en sus sistemas de salud, así como de mantener la fuerza productiva andando. Esto no será sino una mera pausa, un mal momento del cual nos recuperaremos (no parece que este sea el momento del final, después de todo) para volver a desatar la máquina frenética de producción y reproducción de mercancías. Todo lo que los gobiernos gasten en la población (seguros de desempleo, anticipación de pensiones, préstamos), en empresas (condonación de impuestos, diferir pagos de tarjetas de crédito) o en empleados del sector salud (contrataciones masivas) son medidas orientadas a evitar la verdadera catástrofe para nuestro mundo: una crisis económica.

Nada, pues, que aprender. Todo parece darle la razón a los pesimistas. Hay, entre ellos, algunos que, con todo, mantienen una especie de discurso crítico. Si bien afirman que todo seguirá igual, toman la pandemia como una nueva evidencia o como la prueba de un escalamiento en lo que había comenzado hace ya mucho tiempo. Se trata de los delirantes paranoicos que ven sospechosa la creación de un virus con motivos políticos, sociales o económicos. Los menos insensatos creen en lo accidental del virus, pero confirman sus hipótesis de que los gobiernos o las empresas están manejando la situación a su antojo para enriquecerse, para controlar a la población, para introducir medidas autoritarias, etc. De nuevo, no había que esperar al coronavirus y esta coyuntura no será seguramente peor que una crisis humanitaria debida a un bloqueo económico o al calentamiento global. A este barco también se han subido aquellos que creen reconocer en la acción estatal la vieja respuesta totalitaria y fascista, del biopoder, del control social y la colonización de los cuerpos, etc., queriendo alertarnos a todos de la gran hipocresía. Pero como ya lo dijera Lacan, un paranoico que es realmente perseguido no deja por ello de ser un paranoico. Que haya intentos de control y búsqueda de beneficios de grupo es algo esperable: a río revuelto… Por eso dichas posiciones no constituyen ninguna explicación de la singularidad de la situación, ni aportan nada nuevo. Su actitud oscila entre el pesimismo: no hay nada nuevo, y una actitud de oportunismo para ver una ilustración de sus pensamientos.   

Mencionemos, finalmente, a los que han desatado una ola de reflexiones morales disfrazadas de crítica social. Se trata de todos aquellos que destacan las capacidades destructivas de el ser humano, señalando que el verdadero virus es éste. El mal humano ha destruido bosques y selvas, ha aniquilado especies, ha contaminado el planeta y ha puesto su marca incluso sobre las rocas, hecho que hemos bautizado como antropoceno. El virus, dicen, nos permite ver finalmente la plaga humana. Pero esta mezcla de culpa y de soberbia (porque después de todo se le concede a la especie la grandeza de producir sus propias eras geológicas) o de soberbia invertida (en eso consiste precisamente la culpa) pretende hacer pasar el resultado de una especie más por el planeta (los humanos) como una catástrofe cósmica. Las extinciones pertenecen a la vida de la vida, a los ciclos del planeta. Las especies dejarán huella según su grado de extensión geográfica y duración temporal. Pero nada que pueda hacer el humano tendrá relevancia cuando se aplique el reloj geológico y los tiempos se midan en millones de años. Lo que ha destruido nuestra especie ha sido su propio entorno, ese que le ha acompañado y le ha permitido sobrevivir, pero también que lo ha amenazado. 

En el mejor de los casos el coronavirus mostrará lo que ya sabíamos: que nuestra especie tiene pies de barro y que dichos pies se llaman cuerpo; que ese cuerpo no es un templo glorioso, sino un conjunto temporalmente estable de moléculas, cuya frágil integridad puede ser destruida por una molécula todavía más frágil y elemental. La complejidad de las neuronas, la especialización de las células madre en tantos tejidos, nuestro código genético, nuestra diferenciación corporal, etc., toda esa complejidad ganada en la evolución resulta impotente ante la relativa simplicidad del virus. Esta espeluznante desproporción es lo que nos empequeñece hasta el punto de cuestionar todo derecho trascendente a salvarnos. Es verdad que ahora vemos con claridad la interdependencia de las especies, pero solamente nos interesa aquella en la cual nosotros existimos. Además, dicha interdependencia no contradice nuestras aspiraciones a controlar ese espacio de relaciones para ponerlo a nuestro servicio. La utopía con la que convivimos todos los días consiste solamente en saber explotar las cosas sin rebasar su punto crítico. Eso es el pensamiento de la sustentabilidad. Es también cierto que en este momento límite vemos las ventajas de la cooperación humana: el flujo del conocimiento, la colaboración entre naciones y las personas (que hacen colectas y donaciones). Pero al igual que en el caso anterior, nos podemos representar perfectamente bien una cooperación forzada y una interconexión en beneficio de algunos, limitada solamente por las condiciones de la sobrevivencia propia. Explotar sin destruir la base social que hace posible la explotación. Esa es la filosofía de la empresa socialmente responsable. 

Objetivamente no hay lección alguna que podamos obtener de la pandemia. Y, sin embargo, lo deseamos con toda ingenuidad e incluso con estulticia. Nos rebelamos contra la nulidad naturalista y la irrelevancia a la que ésta nos condena, aunque estrictamente no la podamos refutar. Hay algo. Una dignidad ilimitada en la existencia humana que, al menos para nosotros, resguarda todo tipo de objetos improbables pero venerables. Contra toda proporción, contra todo buen sentido, contra lo más evidente de la experiencia, insistir aquí y ahora en cada uno de los improbables es lo que redime la existencia y permite forzar una moraleja ante la pandemia: que aquí comience el fin de la explotación sistemática de humanos y naturaleza, que esto revele la interdependencia natural y social y nos comprometa a su cuidado y cultivo, que esto se convierta en el llamado, imposible de ignorar, contra la dominación en todas sus variantes. He aquí ese frágil “y, sin embargo” que justifica e incluso convoca las esperanzas más improbables. La fragilidad que más nos concierne no es la del cuerpo, ni siquiera la de la vida, que pueden ser destruidos con un soplo. Lo que nos atañe es la fragilidad de eso que hace de la vida algo más que mera vida y para lo cual no existen más razones que su puesta en acto. En los momentos de crisis los espíritus se dividen entre la resignación y la esperanza. La primera es lo que requiere menos esfuerzo. Lo segundo tiende a pasar cuando se deja atrás el momento de crisis. Lo difícil consiste en mantenerse neciamente en la frágil convicción de lo improbable cuando todo comience a regresar a su perversa normalidad. 

Ciudad de Puebla, 7 de abril de 2020.

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