La comunidad de los afectos en la ciudad atribulada

Rafael Ángel Gómez Choreño

Una de las razones de mi extraña preferencia de usar imágenes e imaginaciones para pensar lo que me ocupa y me preocupa cotidianamente como simple ciudadano del mundo, como simple habitante de una ciudad, es que algunas imágenes —como la de la ciudad atribulada—de inmediato me permiten establecer vínculos con el mundo, con otras personas, con otros planos de existencia, con otras formas de vida o incluso conmigo mismo, a través de imaginaciones que se mueven dentro de mí con vida propia.

Me entusiasma que así sea ya que es de esta manera como he logrado hacer conciencia, no necesariamente de las “cosas”, sino de la importancia que tienen las “imágenes de las cosas” en la construcción de mis más simples y complejos estados de ánimo. Pensar en una ciudad atribulada, es lo que me ha permitido preguntarme por mis propias tribulaciones y hacer conciencia de que éstas —por ejemplo— se mueven de un modo muy diferente a las de la ciudad que trato de habitar todos los días y que hoy se encuentra aterrorizada y desolada por el efecto retórico de sus propios discursos. También así es como he podido percatarme de que hay algunas imágenes que se comportan fantásticamente en mi pensamiento, es decir, como experiencias que no han tenido lugar —al menos que yo sepa— y que no forman parte de mi vivencia personal sino por la acción directa de mi fantasía: son experiencias estrictamente imaginarias o meras fabulaciones de mi mente. Lo cierto es que algunas de ellas las celebro profundamente porque suelen desatar en mí otras potencias creadoras, pero otras simplemente me preocupan porque traen a mi mente todo tipo de sombras y obnubilaciones; para las primeras he preferido conservar el término de fantasías, pero para las segundas, en cambio, he preferido usar la palabra fantasmas.

Aclaro todo esto porque la experiencia de la ciudad que hoy en día puede tener cualquier persona, en tanto que simple ciudadano o habitante, está conformada, sobre todo, por imágenes fantásticas que nos ayudan a darle una dimensión afectiva a todos nuestros vínculos con ella o que tienen lugar dentro de ella. Es cierto que muchas de estas imágenes han sido articuladas por una memoria colectiva, pero también es cierto que articulan nuestra memoria personal, conectando de diversas maneras nuestras vivencias pasadas con las vivencias presentes, así como nuestras más viejas nostalgias del pasado con nuestras más complejas e improbables expectativas de futuro. Parece problemático que así sea, pero justo eso es lo que hace posible la construcción de esos complejos contenidos afectivos de la vida cotidiana, como la tristeza, el miedo, la ira, la angustia o la desesperación; o incluso también aquellos otros ligados a la melancolía, la alegría, el entusiasmo, la compasión o la esperanza. Comúnmente los conocemos como pasiones; yo prefiero pensarlos bajo la perspectiva conceptual de los afectos. La razón de ello es que me interesa mucho poder reflexionar sobre la construcción social del sentido común, el cual —en caso de existir y no ser más que el producto de una fantasía optimista — sólo es posible por estas construcciones afectivas de la memoria, lo cual, paradójicamente, no sucede a partir del establecimiento de una memoria común de las cosas o de los acontecimientos, sino a partir de formas de sentir compartidas, esto es, formando un mismo tipo de cuerpo en los afectos.

Este cuerpo común es la famosa “comunidad de bienes y de males” de la que tanto han hablado los filósofos a lo largo de los siglos. Pero lo realmente importante en esta extraña e inesperada identificación que ahora hago en estas líneas, es que una comunidad de este tipo no se refiere a los objetos a los que se refiere, es decir, a las “cosas buenas” o a las “cosas malas” que nos pasan todos los días a los habitantes de una ciudad, sino al modo en cómo nos afectan las cosas y los acontecimientos que consideramos así, al modo en cómo estas cosas se convierten en “males” o “bienes” en nuestros diversos modos de sentir, especialmente en aquellos que se articulan a partir de los afectos.

Es por esta razón que me parece conveniente vincular las ideas antes mencionadas sobre la naturaleza del sentido común, con esas viejas ideas con que algunos filósofos en la Antigüedad diferenciaron el funcionamiento del sentido interno (la inteligencia) del de los sentidos externos (esos que comúnmente llamamos “cinco sentidos”, pero que —como dice una amiga— bien podrían ser mucho más sin ninguna dificultad); sin concederle mayor importancia al hecho de que nuestros modos de hablar nos hayan obligado a asumir equivocadamente que el sentido común solo tiene que ver con los sentidos del cuerpo, ya que el asunto que intento plantear es que no compartimos las “cosas sentidas” tanto como las “formas de sentirlas”; y eso se hace completamente evidente en casos como la amenaza que representan en estos días la enfermedad y la muerte en la ciudad atribulada.

Muchos sentimos miedo ante la declaración oficial de una pandemia —que es un asunto altamente técnico en el que la mayoría de las personas no podemos intervenir porque no tenemos la debida competencia técnica para hacerlo—, y eso nos está obligando a sufrir los “fantasmas” que produce en la mente el tener que vivir la experiencia de un cuerpo común, aterrorizados, angustiados o incluso desesperados, sufriendo todas las vicisitudes cotidianas que se desprenden del dominio que pueden ejercer los sentidos del cuerpo sobre la sensibilidad humana, desde su más cruda e insensible inmediatez. Pero esto no es tan grave como parece, pues resulta entonces que también somos un cuerpo común para construirnos o reinventarnos desde la comunidad de los afectos que se puede conformar, en cualquier momento, bajo la perspectiva del sentido interno, es decir, desde la inteligencia afectiva de todo lo que está sucediendo a nuestro alrededor, con los otros —tanto con los que consideramos “familiares” como con los que consideramos “extraños”— o con nosotros mismos. El miedo hecho “terror” es cosa de quienes cuidan de los grandes intereses para su propio provecho o para el provecho de unos cuantos privilegiados, instalándonos a todos los demás en la más profunda depresión o en la más irrevocable desesperanza; a diferencia de esto, el miedo convertido en ternura o compasión, en preocupación por los otros o por nosotros mismos, o en un inesperado entusiasmo o en una desconcertante alegría, ese sí puede ser cosa nuestra, especialmente si lo usamos para habitar nuestra ciudad atribulada con todo tipo de nuevas esperanzas. No importa cuáles, mejor si cada quien se construye sus propias imágenes, desatando libremente sus más locas y soberanas imaginaciones.

Ciudad de México, 7 de abril de 2020

Responder

Por favor, inicia sesión con uno de estos métodos para publicar tu comentario:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s