La casa: el territorio hostil

Arturo Aguirre

Fue lo terrorífico del relámpago y un instante después el trueno; o posiblemente fue el acecho de las bestias salvajes (solitarias o en manada); ni qué decir de la insondable oscuridad de la noche, de los ruidos y la imaginación en un ambiente hostil; no descartemos la amarga probabilidad de vivir en vilo a causa de otro u otros iguales, que quisieran arrebatarle a éste los magros recursos que el territorio brindaba: la muerte en manos del otro es un asunto inmemorial.

El caso es que un buen día el homínido buscó y encontró refugio en la caverna dada, donde las hubiera. Sapiensalmente, después, las cavernas y recovecos (como las de Mitla o Yagul, Oaxaca), de ser sitios indistintos, se convirtieron -a fuerza de pintura y recolección de piezas para adornar el sitio- en el espacio doméstico: se entabló otra relación con ese espacio de refugio a un espacio de experimentación de las relaciones humanas. Entre la caverna y el dolmen, o las mínimas estructuras de leña y hojas, el ser humano edificó su lugar para habitar.

A la construcción le llamamos edificio. Al espacio interior de vínculos con uno mismo y los otros cercanos le llamamos habitáculo, habitación, domus, casa.

Edificio y habitación son dos cosas distintas, aunque se remiten a la acción de habitar. Necesitamos la estructura para habitar, y si se mira bien hay edificios que son más estimulantes para habitar que otros; aunque en condiciones inauditas hasta el bajo de un puente brinda refugio temporal a los humanos que no tienen casa, que requieren refugio.

En contrasentido, el tiempo excepcional frente al COVID-19 (pues las pandemias siempre han sido excepcionales para la humanidad, por los estragos y el drama, tanto de la enfermedad como la muerte), ha desatado la reacción generalizada de volver al espacio propio como una calamidad; un espacio propio por lo demás que resulta hostil, y frente a lo cual se han utilizado eufemismos del más variado cuño para el aislamiento como medida sanitaria: resguardo, repliegue, distanciamiento social, cuarentena (sin que sean cuarenta los días a guardar).

Hartos unos con y contra otros, los cohabitantes de la casa están ociosos: sin soportarse a sí mismos, a los hijos, a la pareja, al roomie, terminamos haciendo y siendo enemigos de todas las cosas de casa y de todos los de casa, llegados hasta el fastidio con los más diversos dispositivos, conexiones y artículos recolectados del variado mundo ahí afuera; luego, ingeniosos en la búsqueda del pretexto adecuado para salir de casa, aun y cuando la amenaza para la integridad física es tangible.

La casa se yergue hoy (para un amplio sector mundial) como el espacio hostil para estar, espacio al cual hay que domesticar a fuerza de tecnologías, embriagantes y reacciones de cuño infantilizante en la comunicación con los otros conectados a la red.

Parece lejano, entonces, aquel tiempo en el cual los homínidos y nuestros antecesores sapiens fueron capaces, con los elementos más rústicos, de habitar la estructura y hacer de la fría piedra oquedada en la montaña, una casa para refugiarse y planificar su despliegue ahí fuera, en un mundo que debería ser modificado para habitarlo en toda su extensión. 

Ivan Ilich denomina a estos momentos, críticos en la historia de la humanidad, modificaciones a los “umbrales de habitabilidad”; lo que llama la atención es la resultante de la casa como un espacio hostil y, con ello, las alteraciones drásticas de nuestras relaciones en casa, porque descubrimos que aquello antes que nuestro domus era más un edificio: refugio efímero cotidiano para dormir, asearnos, alimentarnos y salir a cazar el sustento día con día.

Tal vez deberemos comenzar a pintar las paredes con escenas de lo que aspiramos ser o de lo que admiramos de la vida.

Cholula, 5 de abril de 2020.

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