Dimensiones del dominio nano para una catástrofe planetaria.

Arturo Aguirre

La peste, la plaga… la pandemia. Cada pueblo, cada civilización pensó que no podía, que no debía pasarle; que eso era algo que le pasa a otros, los otros que mueren en contagio: mueren, así, los malos, los condenados, los propensos, los enfermos desde antes, los pueblos castigados, los que aún son bárbaros y hacen cosas que los más avanzados en el camino de la historia no hacen (comen, visten, hablan, son… dignos de ser apestados).

La plaga de Justiniano acabó con 50 millones de personas en todo el mundo a lo largo de los siglos VI y VII.

Sin embargo, un microorganismo no está para andarse poniendo remilgos: se hospeda, replica, se extiende y aniquila. ¡Qué le importa a algo de dimensiones nano (tan pequeñito, decían los griegos) el drama, la economía, la nacionalidad, lo que sabe éste, lo bueno que fue aquél, el origen humilde de aquéllos, el capitalismo de otros!

Invisible y letal el virus hace lo que todo existente quiere: trascender y perpetuarse con el hábitat que le da sustento. El virus se replica en la minimalista constitución de su ARN y la cápsida, rastro asombroso del desempeño eficiente de un ser en su desenvolvimiento temporal, adaptación sin igual. Si para nuestra existencia de porcentajes dos porciento de letalidad es poco, para algo tan increíblemente diminuto, inimaginable e invisible, dos por ciento de la humanidad ha de ser algo así cómo galaxias, universo en expansión.

pandemias

A lo largo de la historia, la humanidad ha sido asolada por enemigos invisibles simples (para los ingenuos que esperaban al alienígena en naves de plasma y seres multicelulares), y en cada ocasión ha mostrado la incapacidad de maniobrar o hacer las cosas correctas frente al cuarto dominio de los seres vivos que son los virus (las bacterias son otra cosa, son seres con vida que conviven con nosotros y a las que hemos domesticado a fuerza de antibióticos cada vez más fuertes), porque las dimensiones de lo que pasa en las pandemias supera todo acto, todo cálculo y toda previsión.

Lo nano no es nuestro dominio, nosotros los humanos soñamos en grande y tenemos palabras mayores: el tiempo, el devenir, la historia, la vida, el Estado o pensamos en abstracto: átomo, inconsciente, alma, ser, infinito, índice de incidencia letal.

Dominar al pánico, contener la rapiña, aminorar el daño, bajar la cifra es lo que queda para quienes toman decisiones… para los otros están los restos de normalidad; pero con la pobreza a los hombros, la desilusión de la historia, la decepción de los gobernantes, las vacaciones pagadas sin reembolso, los niños en casa, el acreedor insistente ¿qué demonios va a importar el nano mundo? Ese no existe para una era planetaria megalómana. Entonces queda para nosotros aferrarse a la suspicacia de lo que dicen que pasa en otros lados, a los otros que mueren, pensando que ese mal no llegará porque algo hay aquí que impide que eso suceda (nuestro sentido del humor, nuestra raza, los olvidados que siempre hemos estado del mundo y de la noticia en esta casa, en esta colonia, pueblo, estado o país). Hasta que sucede. El veneno llega y ni las redes sociales ni la sociedad del conocimiento ni las ciudadanías digitales ni las ciudades inteligentes, ni el folclore, ni la mucha ciencia ni el paseo de la imagen religiosa ni la risa ante la muerte nos salvan: todas las estrategias reproducen lo que durante milenios la humanidad ha intentado al depositar su confianza en la ciencia, la política, la religión o la cultura en general (científicos, políticos, religiosos y personas sabias mueren igualmente ante la pandemia).

Guayaquil

Al final, los escenarios espectaculares de hoy (en Lombardía, New York o Guayaquil) son tan terribles como han sido narrados desde Constantinopla, o como han quedado consignados en aquello que creímos historias fantásticas de pueblos doblegados por el sol, las llagas o las pulgas. No es gratuito que el término virus (veneno) se le diera a este dominio entre lo vivo y lo no-vivo, dominio aparte de entre los seres vivos, para lo cual el remedio es el mismo de siempre para los humanos: esconderse en el rincón más oscuro de casa y evitarlo, a la espera de que pase de largo sin percibir nuestras células vibrátiles como su posible morada.

Ahora tenemos las siglas y el número para este mal (COVID-19), nominación tan neutral y ajena; quizá eso lo haga más abstracto y maleable para los sabedores de lo diminuto, pero ni así logramos escapar de él.

Arturo Aguirre

Cholula, Puebla, 2 de abril del 2020.

Responder

Por favor, inicia sesión con uno de estos métodos para publicar tu comentario:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s