Quedarse en casa. Sobre el aislamiento, la afectividad y la condolencia

Yahair Baez

En tan sólo tres meses un virus ha impuesto a la humanidad entera permanecer aislada en sus hogares. La paradoja es la siguiente: ¿cómo podemos colaborar, mostrar empatía y afectividad guardando distancia del otro cuando se está recluido en casa? Ante la falta de una vacuna efectiva para curar o prevenir este virus, la mejor opción sigue siendo el aislamiento, la suspensión de las actividades consideradas no esenciales y la implementación de medidas extraordinarias en el orden político global. Hoy nadie cuestiona que el cierre de fronteras, la cancelación de vuelos internacionales, la xenofobia como medida institucionalizada, la prohibición estricta de reuniones sociales en espacios públicos bajo represalias económicas o penales severas, sean medidas exageradas. Incluso el pánico colectivo, el miedo al contagio y a la muerte en masa por este virus han obligado a la sociedad a exigir a sus gobiernos tomar este tipo de medidas necesarias.

El pánico, la incertidumbre, el número de casos positivos y de muertos debidos al COVID-19 aumenta paulatinamente en nuestro país, lo que veíamos como una situación lejana proveniente del extremo asiático y europeo, es ahora una realidad tangible. Las compras de pánico son un reflejo de esta situación. La gente acude a los centros comerciales y supermercados llevando consigo grandes cantidades de alimentos y todo tipo de suministros con el temor de que la cuarentena, ahora obligatoria, se extienda y deje tras de sí el desabasto prolongado.

Las escenas absurdas de gente comprando papel higiénico en cantidades desorbitantes se repite. Algunas teorías sociológicas y psicosociales intentan explicar este hecho que tanto pasa en países híperdesarrollados y civilizados como en los más pobres. De acuerdo a estas teorías la incertidumbre de esta situación excepcional orilla a la sociedad a actuar de la misma manera, es decir, excepcionalmente. Al no saber lo que este virus nos depara en un futuro inmediato la población intenta tomar la situación en sus manos, y esto lo manifiesta con las compras compulsivas de objetos que nos dan seguridad y confianza. Lo cierto es que la compra excesiva de papel higiénico, productos de limpieza y alimentos, ha causado desabasto en muchas ciudades, también ha generado la implementación de políticas que limitan el consumo a cada persona de acuerdo a sus necesidades. Lo más preocupante es que ha dejado a familias enteras de baja adquisición económica a la espera de estos productos.

Lo que este virus nos enseña es que en tiempos de pánico generalizado la sociedad reacciona de forma hostil, individualista y poco cooperativa. Uno de los debates más interesantes de las últimas semanas es la disputa entre quienes piensan que esta situación excepcional representa el colapso del capitalismo tardío; según esta postura asistimos al final de una era de un sistema económico de reproducción que es inviable y que ha mostrado sus deficiencias en pocas semanas. Siguiendo con esta tesis este virus nos enseñaría una nueva forma de cooperativismo y comunismo basado en la confianza de la ciencia, postura ampliamente difundida por el filósofo Slavoj Žižek. Por otro lado, una visión más realista asegura que el capitalismo se alimenta de las crisis. En la Doctrina del shock, Naomi Klein nos demostró que es bajo periodos de crisis o situaciones excepcionales que el capitalismo se perpetúa a través de la implementación de medidas políticas y principalmente económicas, que en situaciones de normalidad serían rechazadas. El filósofo surcoreano Byung-Chul Han cuestiona la idea de que la cooperación y la reinvención de un nuevo comunismo basado en la confianza y la ciencia sea viable. De hecho, asegura que el virus inclinaría a la sociedad a sus formas de individualismo y aislamiento donde cada individuo se preocupa por su propia supervivencia.

Lo cierto es que las medidas de reclusión obligatoria están replanteando la manera en la cual nos relacionamos con nuestros seres queridos, nos comunicamos por medio de las redes sociales y, lo que me parece más importante, nos estamos replanteando formas sociales de afectividad. Al estar en casa, recluidos sin interacción social que implique el roce y la cercanía, la humanidad parece comenzar a valorar las reuniones familiares, las citas en los cafés, la salida habitual en un fin de semana, citarse con un amigo en un espacio abierto; se echan de menos los abrazos y las formas directas de interactuar con los otros. Hoy la población recluida en casa se lamenta, desde sus sofás o camas y frente a una pantalla que los conecta con el mundo exterior, de hechos que habitualmente no valoraban en su total dimensión.

Será interesante ver de qué forma nuestra percepción de la afectividad y la solidaridad se transforma conforme la pandemia se agrava en nuestro país. Las medidas implementadas por el gobierno mexicano además de ser cada vez más severas, como en tantos otros países, apelan a la responsabilidad social, a la solidaridad y fraternidad, también a una colaboración histórica que caracteriza a la población mexicana, pero ¿es posible basar toda la estrategia de salud en la responsabilidad social de una sociedad fragmentada, en una sociedad que ha vivido uno de los periodos más violentos de la historia moderna y que se ha desarticulado por el temor y el odio? ¿Qué ha transformado este virus de tal forma que empuja a un Estado que se ha mostrado indolente ante el sufrimiento, la desaparición y la muerte de miles de mexicanos a llamar a la solidaridad y la fraternidad de su población?

Foto por Jorge Guerrero / AFP

Nunca antes las cosas cambiaron demasiado rápido. El hecho es que nadie tiene idea de lo que pasará a mediano y largo plazo, ni siquiera sabemos con certeza lo que pasará mañana. Esta incertidumbre nos conlleva a la imperiosa necesidad de vivir al día, dejar de planificar nuestra vida en un futuro inmediato nos ahorraría no sólo decepciones sino también nos evitaría la angustia y la ansiedad que comienzan a manifestarse explícitamente en sectores sociales de determinadas edades, en su mayoría jóvenes. Nadie tiene respuestas, en cambio las preguntas sobran. De cualquier manera cuestionarse es el quehacer predilecto de la filosofía y lo que hemos tratado de comunicar en esta reflexión es la multiplicidad de problemas que se nos presentan y la importancia de tematizarlos. Quizás estemos en un momento fundamental de nuestra sociedad donde se restituyan los lazos y el tejido social que la violencia, el odio y la indiferencia han roto. Quizás este virus sea el punto de inflexión entre un antes y un después de nuestro sentido colectivo de la afectividad, la cooperación y la condolencia. Este virus y esta situación extraordinaria nos podrían estar preparando para hacer una sociedad más resiliente ante los problemas más graves que sin duda nos esperan ansiosamente en la calle: la violencia, la pobreza, la desigualdad…

Lo que quedan son preguntas que podrían responderse en las próximas semanas conforme la situación se desarrolle: ¿realmente esta situación mundial causada por un virus nos está obligando a replantearnos nuestras vidas y los presupuestos políticos de nuestra civilización? ¿Seremos capaces de desarrollar nuevas formas afectivas de relaciones sociales? ¿Desarrollaremos un sentido colectivo de la empatía y de condolencia frente al aislamiento y las miles de muertes que no podrán ser lloradas? ¿La población mundial aprenderá la lección y replanteara sus formas de vida y de relacionarse con el mundo natural sin la dominación y la destrucción de por medio? ¿Es posible que este confinamiento nos ayude a replantear el uso de las redes sociales como un vehículo de comunicación de saberes, de prácticas y valores como un primer paso de una sociabilidad más profunda en la vida práctica o es que ellas se perpetuarán como medios de comunicación efímeros, aniquiladores de los nexos afectivos y sociales en la vida práctica?

 

Ciudad de Puebla, 30 de marzo de 2020.

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