La crisis del covid-19: Reparar nuestro mundo.

Sarah Zanaz

Arrastrados hasta nuestra más natural corporeidad, nos encontramos reducidos a la materialidad absurda de nuestra existencia. No hay escapatoria: nos tenemos que enfrentar al hecho de que somos completamente dependientes de condiciones biológicas, sanitarias, medioambientales… En una palabra: el Übermensch es, en realidad, vulnerable.

La vulnerabilidad es, etimológicamente, el hecho de poder ser herido, dañado (vulnerabilis: vulnus, herida, y el sufijo –abilis, que indica una posibilidad). Y justamente somos, como cuerpos, vulnerables: “amenazados por la pérdida”, como lo dice Judith Butler[1]. Esta vulnerabilidad resalta nuestra interdependencia con los demás -humanos y otros animales- y con los ecosistemas. La crisis del COVID-19 subraya, de manera flagrante, el hecho de que el humano es un ente relacional y ante todo corporal. La filosofía de los derechos humanos fue, sin duda, un momento muy importante, y absolutamente necesario para la humanidad, pero ha construido un humanismo basado en una ficción: la ficción teórica de un sujeto abstracto, despojado de su cuerpo, de su materialidad: de su animalidad.  Me parece importante refundar la ética y la política en una reflexión sobre la condición humana, que tome con seriedad nuestra corporeidad y nuestra materialidad, lo que permitiría conjugar ecología y existencia humana, dándoles así un lugar político y ético central a todos los seres vivos. Nuestra vulnerabilidad representa nuestro lazo más íntimo con los demás animales y con este concepto, nebuloso, de “naturaleza”.

Pero esta vulnerabilidad también implica nuestra responsabilidad filosófica, política, cultural: soy directamente impactada por lo que le pasa al Otro. Esta pandemia, que atestigua de la cadena de los vivientes, nos remite a la responsabilidad de nuestras acciones. Una responsabilidad cuya estructura se ha visto completamente modificada con la globalización y el impacto ecológico de nuestros estilos de vida. Ahora puedo dañar a los demás sin quererlo. Puedo infectar a los demás sin saberlo. Cuando me compro unos jeans, cuyo zíper fue fabricado en Camboya, en un taller de miseria, me vuelvo co-responsable, cómplice, de las condiciones de vida de los que lo han fabricado. Estamos todos vinculados los unos con los otros, incluso con los que viven a la otra punta del mundo. Eso hace la globalización: mi responsabilidad se encuentra extendida.

Este fenómeno también se encuentra ilustrado con nuestra alimentación. Nunca estamos a solas cuando comemos, aun cuando nadie nos acompaña: siempre respaldamos a tal o tal modo de producción, a tal o tal circuito de distribución, y sobre todo aceptamos las condiciones de vida y de muerte infligidas a los animales no-humanos. Aceptamos la violencia y la muerte que la acompaña. Es más: permitimos que esta violencia entré en nuestros cuerpos, comiéndola, sin pensar en el cadáver que, antes de encontrarse en nuestro plato, era un ser vivo y sensible.

Esta pandemia no debería sorprendernos: en la era del Antropoceno, nuestra responsabilidad en esta crisis es grande. De tanto invadir el espacio de los animales salvajes, terminamos frecuentando especies de las cuales no deberíamos acercarnos. Los agentes patógenos de un virus están en continua búsqueda de huéspedes y, debido a la nueva proximidad entre humanos y animales salvajes, terminan cruzando las barreras de las especies. Es importante pensar esta pandemia como consecuencia de la irracionalidad de nuestro modelo económico, ciego a los límites del planeta, ciego a cualquier límite. Como lo escribe Jean-Luc Nancy, esta pandemia está poniendo en duda toda una civilización[2].

En el caso del COVID-19, y de muchas epidemias más, la correlación entre la violencia contra los animales y la pandemia es evidente. El primer punto común entre COVID-19, Ebola, el VIH, el MERS, el SARS, la enfermedad de las “vacas locas”, la gripe porcina o la gripe aviar (y tantas más), es que todas originan en un virus zoonótico: eso significa que son enfermedades que se transmiten de los animales no-humanos a los humanos. El comercio de animales, su tráfico, completamente descontrolado, aumenta el riesgo de las enfermedades zoonóticas. El VIH empezó por el consumo de carne de chimpancé; Ebola, por el consumo de murciélago; la gripe porcina y aviar, y la enfermedad de las “vacas locas” empezaron en ganaderías industriales; y ahora, el COVID-19, lo debemos a los “mercados húmedos” en China que comercializan animales de todo tipo, incluso animales salvajes y en peligro de extinción, mantenidos vivos en jaulas minúsculas para poder masacrarlos a pedido. Va sin decir, pues, que el segundo punto común entre todas estas enfermedades se encuentra en su vínculo con la explotación de animales no-humanos. Es nuestra responsabilidad. No es la culpa de los chinos, y mucho menos de los murciélagos o de los pangolines: es la responsabilidad de toda la humanidad.

Un reporte conjunto de la Organización Mundial de la Salud, de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura y de la Organización Mundial de Sanidad Animal lo formula con mucha claridad: el incremento de la demanda de proteína animal es uno de los factores riesgos más importantes: la explotación, y el consumo de los animales aumenta el riesgo que pandemias así aparezcan[3].  Lo más irónico en todo esto, no sin cierta tragedia, es que nuestro consumo de animales no-humanos genera pandemias al mismo tiempo que nos impide curarlas. En efecto, la alarmante resistencia a los antibióticos, que está desarrollando un gran porcentaje de la población mundial, es en parte debida al consumo de animales que han recibido muchos tratamientos antibióticos a lo largo de su corta vida. Eso representa un peligro mayor para la humanidad.  

¿Cómo pueden argumentar que el consumo de carne es una cuestión de elección y de ética personal, cuando muy bien sabemos que hacerlo no sólo causa la matanza de billones de animales sensibles cada año pero que también hace correr a toda la humanidad el riesgo de pandemias mortíferas? ¿Cómo pueden condenar a la cultura china cuando también explotan a los animales no humanos, en amplitudes industriales, creando así cada vez nuevas enfermedades? ¿Y cuándo vamos a, por fin, darnos cuenta que toda vida está interconectada,  que todos somos vulnerables, que todos compartimos un mismo planeta, y que tenemos que aprender de nuestros errores?

Es necesaria una reparación de nuestro mundo. Una reparación de nuestros lazos con lo viviente, lazos en los cuales la consideración ética, más que todo, debería importar: la humildad, y la aceptación de nuestra fragilidad, de nuestra vulnerabilidad inicial. Es necesario aceptar nuestra vulnerabilidad para, por fin, aceptar nuestro lazo con las demás especies. Darnos cuenta de nuestra responsabilidad para, por fin, dibujar el punto final a nuestras masacres.

Ciudad de Puebla, 30 de marzo de 2020.


[1] Butler, Judith. Vida precaria. El poder del duelo y de la violencia. Traducción de Fermín Rodríguez. Paidós: Buenos Aires, 2006, p. 46.

[2] Nancy, Jean-Luc. « Une exception virale ». Antinomie (27/02/2020): https://antinomie.it/index.php/2020/02/27/eccezione-virale/

[3] WHO, FAO, OIE. Report of the WHO/FAO/OIe. Joint consultation on emerging zoonotic diseases. https://apps.who.int/iris/bitstream/handle/10665/68899/WHO_CDS_CPE_ZFK_2004.9.pdf, p. 40.

Un comentario

  1. Pienso que la carne, específicamente la carroña, es parte esencial de la dieta humana, el problema viene en el sistema económico que garantiza una parte del cadáver a quien pague su precio. Pero el precio de este botín debería incluir aspectos éticos, no convirtiéndolos a valores monetarios, sino verdaderas retribuciones biológicas.

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