La ciudad atribulada por la enfermedad y la muerte.

Rafael Ángel Gómez Choreño

Conforme pasan los días, me parece más y más atinada la imagen medieval de la ciudad atribulada para tratar de comprender el movimiento de las pasiones en estos días de encierro o distanciamiento social.

No es que no existan razones de sobra para sentirnos atribulados todos los días, por el contrario, hoy en día las tribulaciones cotidianas de cualquier persona están relacionadas con la atrocidad y el horror en niveles completamente inusitados. Se sufre diariamente ante los vestigios más aborrecibles de la miseria humana, frente a su violento e inesperado acontecimiento en nuestras vidas cotidianas, pero también se padecen las noticias cotidianas de dicho sufrimiento porque, en la sociedad mediática en la que actualmente vivimos, el sufrimiento de la gente frente a la miseria humana se ha convertido en un espectáculo terrorífico y en un producto de consumo.

En México, además, la miseria de la gente hace mucho que no sólo está ligada a las condiciones de pobreza y explotación de un sector muy amplio de la población sino que también está ligada al estrepitoso derrumbe y fracaso de un modelo civilizatorio y al desmoronamiento de la propia condición humana, pues las atrocidades que sufrimos todos los días han roto por completo los límites conceptuales y existenciales de lo que implica la civilización humana.

Tenemos rotas nuestras imágenes de la ciudad y del ser humano, ya no hay memoria ni esperanza de la civilización ni de la humanidad que pueda salvarnos del horror. Todo parece indicar que el horror que experimentamos los mexicanos todos los días, nos impide imaginar nuevas formas de hacer ciudad o nuevas formas de vivir la experiencia de ser humanos. Vivimos, pues, con la experiencia dañada por los horrores de la miseria humana, lo que desafortunadamente quiere decir que no sólo está dañada nuestra capacidad de hacer una experiencia crítica de las cosas presentes, sino también nuestra capacidad de crearnos o reinventarnos a través de la memoria y de la esperanza. Esto es lo que implica vivir agobiados por las tribulaciones cotidianamente.

Me pregunto entonces, ¿en qué han cambiado nuestras tribulaciones cotidianas con la declaración de una pandemia y el despliegue de una impresionante maquinaria gubernamental y empresarial con la que se busca instalar todo tipo de dispositivos de vigilancia y seguridad para la contención de la pandemia? ¿Cómo puede resultar esclarecedora la vieja imagen medieval de una ciudad atribulada por la enfermedad y la muerte? ¿Acaso no hemos aprendido nada con el paso de los siglos?

No tengo ni me interesa tener respuestas claras ni contundentes. Pensar en todo esto cumple más bien una función problematizadora. Pero sí hay algo que quisiera tener en claro, pase lo que pase: en la imagen de una ciudad atribulada por la enfermedad y la muerte —como si se tratara de una pintura de Brueghel— no se trataba de contemplar las tribulaciones o el drama humano de nadie en particular, sino de aprender a mirar el conjunto de las cosas y ya luego, justo al interior de esa mirada de conjunto, aprender a observar el sutil acontecimiento de los pequeños detalles en el funcionamiento orgánico de semejante visión. Así que la pequeña gran diferencia que yo noto ahora, respecto a las tribulaciones cotidianas de la gente, consiste en que ahora, en medio de las circunstancias extraordinarias generadas por la propagación de una pandemia, así como por su diaria difusión y seguimiento en tiempo real, son las ciudades mismas. Las ciudades son ahora ellas mismas las que muestran claros signos de estar atribuladas con independencia de la angustia de sus habitantes, paralizadas por el espanto, como lo pueden dejar ver esas miradas de conjunto que cualquiera puede formarse mediante el uso crítico de imágenes o metáforas como la de la ciudad atribulada. Sin embargo, muy contrario a este uso crítico de imágenes y metáforas, las personas concretas estamos aprendiendo a dejar de lado nuestras tribulaciones cotidianas, para aprender a sufrir de manera extraordinaria las que están viviendo e imponiendo las ciudades atribuladas alrededor de todo el mundo.

No pretendo negar la existencia de una enfermedad ni las muertes que ésta está causando en todo el planeta; ahí se están registrando dolorosamente sus huellas. Se trata simplemente de aprender a mirar cómo es que el miedo de las ciudades a la enfermedad y la muerte, a diferencia del miedo que atribula a las personas en la vida cotidiana —aunque éste también incluya todo tipo de aflicciones por la enfermedad y la muerte—, es en sí mismo la epidemia, es decir, lo que hace emerger y desarrollar las condiciones del contagio. De ahí que las tribulaciones de la ciudad se hayan centrado en la ansiedad que genera el estar esperando como algo deseable la contención de la epidemia y en la angustia que causa imaginar que esto no será posible antes de que el contagio consolide la diseminación de la enfermedad por todo el mundo, hasta consolidarla como una pandemia con millones de muertos. Mientras tanto, entre las nuevas tribulaciones de la gente en una ciudad atribulada, están todas aquellas que surgen en el encuentro de todo esto con sus viejas tribulaciones, pues la ciudad propone y está imponiendo el distanciamiento social, pero a las personas les preocupa saber cómo podrán salvarse —y salvar a sus seres queridos— cuando de cualquier modo están obligados a salir a trabajar o a conseguir su sustento como sea que puedan hacerlo y, para ello, deben usar el transporte público y deben estar en todo tipo de espacios comunes sin poder controlar el flujo de personas o incluso dependiendo de ello. En fin, sin poder participar libremente en las estrategias de poder desplegadas para la contención del contagio, quedando así doblemente expuestos a la epidemia, ya que si no los mata la enfermedad, entonces los matará el hambre o la desesperación. Estamos sufriendo el remedio tanto o más que la enfermedad.

Ciudad de México, 1 de abril de 2020.

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