Ciudades suspendidas. Interpretaciones del espacio urbano en estado de pandemia.

Giovanni Perea Tinajero

El espacio urbano es un asunto de interpretación, acción y configuración continua entre los elementos que lo conforman; entre sus calles, plazas, edificios, habitantes, y entre cada cuerpo y lugar que comparten un espacio común. Tanto en sus dimensiones físicas como morales, políticas, estéticas y ontológicas. En los últimos meses las ciudades del mundo han visto viajar y expandirse al ahora conocido COVID-19, llamado así al coronavirus causante del síndrome de dificultad respiratoria aguda. Esto supone un nuevo elemento en la constitución urbana de las ciudades, y como tal, también implica una interpretación distinta.

Escribo esto desde España, actualmente uno de los países con mayor número de infectados, donde hace un mes las calles de Madrid y Barcelona, dos de sus ciudades más importantes, estaban llenas de personas en terrazas, calles y plazas, con un tránsito constante. Al día de hoy la ciudad esta suspendida. Suspendida sobre la incertidumbre de sus habitantes ante una situación que ha cambiado el panorama y la forma de habitar hasta entonces conocida. Esta interpretación del espacio urbano pretende mostrar una visión pandémica de las ciudades y con ello ver ¿qué espacios se configuran, fortalecen o prevalecen de manera alternativa?, es decir, ¿qué espacios urbanos aparecen cuando se genera una pandemia?

Militares de la UME se dirigen a desinfectar residencias (David Zorrakino / EP)

Pandemia ha demostrado ser no solo una epidemia que abarca todo sitio, también ha mostrado que las ciudades se configuran y se comportan en función de esta. Desde Wuhan, hasta Ciudad de México, pasando por Roma, Madrid, Nueva York o Berlín, las ciudades del mundo solo muestran en los noticieros un encabezado general: “Crisis por coronavirus”. Parece el tema de todos los días; habitamos, entonces, con la omnipresencia del virus. Sin embargo, el espacio habitado de la ciudad reconoce, se adecua y cuando le es posible resiste a las crisis. A lo largo de la historia hemos visto a las grandes y pequeñas ciudades resistir y asimilar guerras, violencia urbana, gentrificación, inseguridad y desastres naturales, ahora vemos nuevas configuraciones ante esta pandemia del siglo XXI.

Retrato de Hannah Arendt

En La condición humana, Arentd mostraba que los muros de una ciudad hacían diferencia entre el espacio público y privado. Cuando la pandemia entró como intruso, atravesando los muros también disolvió el espacio privado e incluso el íntimo, en todo caso, hizo ver la ambigüedad del espacio en que vivimos. De ahí que el espacio aparezca como un asunto de interpretación. Hace unas semanas las calles eran tránsito, encuentro y vida; hoy son prohibidas, epidemia e incertidumbre. Son las mismas pero la manera de habitarlas ha cambiado. Aquí en España la situación ha pasado a ser un asunto de salud y, a la vez, de seguridad pública. El gobierno ha mostrado la ambigüedad del espacio público y privado, cambiando nuestras prácticas socioespaciales con el uso de la administración policial. En situaciones excepcionales como de guerra o pandemia, el Estado puede hacer uso de inmuebles privados; convertir un hotel o un edificio de apartamentos en un hospital provisional.

Con la suspensión de las constantes y regulares actividades, y la manera habitual de realizarlas, aparece una nueva cotidianidad que genera un paisaje urbano distinto, alternativo. Protagonizada por la familiaridad íntima de la casa y la comunicación a través de las pantallas que resalta una infraestructura urbana hecha de fibra óptica. El virus había entrado con la facilidad que promueve un mundo interconectado y así había penetrado en la vida cotidiana atravesando los muros, diluyendo y difuminando, con la promoción del miedo, la idea de una ciudad segura. El asunto de la pandemia, ahora inevitablemente constante, abre en sus dimensiones sociales un nuevo urbanita, no el flâneur paseante, sino aquel responsable, confinado desde su terraza, a las conversaciones verticales con los vecinos del piso de abajo y en interacción constante con la pantalla de algún dispositivo wifi.

El nuevo panorama urbano promueve nuevos dispositivos y estrategias de control, que frente al miedo al contagio se desean. Nadie quiere contagiarse, se quiere el pronto regreso a la ciudad que fluye, aunque esto implique dar un poco de control y ceder libertad al Estado. “Hay que ceder algo de libertad para vencer al terrorismo” decía una sobreviviente del 9-11, al permitir que un policía le registrara el bolso. Aquí, ceder libertad pretende frenar la expansión de un virus. Seguido de esta entrega de garantías, también aparece una moralización del contagio, del apestado (que lleva consigo la peste). Contagiado también de potencial amenaza y pena, marginado y señalado con un estigma de imprudencia y falta de urbanidad que exige, durante una pandemia, un urbanita competente.

Barcelona, 31 de marzo de 2020.

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